Diana guarda su carta como un preciado tesoro

Dic 10, 2019   |   Personal de apoyo

Diana Durán es una de las 13 enfermeras del Servicio de Nefrología del JM de los Ríos. Llegó allí hace 12 años, apenas meses después de graduarse de técnico superior universitario en enfermería. Ha sido testigo de cómo han muerto tantos niños solo en 2019 han sido más de 10—, a quienes atendió con mucho esmero en sus diálisis. Los ha llorado. Y reza por las noches para que no se mueran más. 

Sofía Torres

Fotos: Javier Ramírez Carril

En su acto de graduación de técnico superior universitario en enfermería, Diana Durán sentía esa sensación agridulce de la felicidad incompleta. Aquel día de noviembre de 2007, rodeada de seres queridos, estaba materializando una meta que le había costado mucho trabajo. Pero faltaba alguien. No estaba ese a quien quería dedicar su momento de gloria; ese que tanto la apoyó en las noches de desvelos universitarios: su tío y padrino Gregorio. Había fallecido siete meses antes.

Para Diana, el tío Gregorio había sido más bien un padre. Fue él quien la acogió con mucho cariño en su casa en Caracas cuando en 2004, a sus 18 años, ella decidió salir de su natal Trujillo a estudiar. De niña, Diana jugaba a que era doctora y repetía que cuando creciera iría a la universidad para aprender a curar a la gente, cosa que estaba dispuesta a hacer. Como en Trujillo ninguna universidad impartía la carrera, con el apoyo de sus padres se instaló en la casa del tío Gregorio y aplicó para medicina en la Universidad Central de Venezuela; pero no quedó. 

Cuando la vio afligida por ver su sueño desinflado, la esposa del tío Gregorio, que era enfermera, habló con ella. Le dijo que la enfermería era una carrera bella; que las enfermeras eran tan importantes como los médicos; que podía acompañar a la gente; que también podía ayudar a que se sanaran. Después de aquella conversación, Diana sintió que sus horizontes se ampliaron. Presentó el examen de admisión en el Centro Médico de Caracas para estudiar el técnico superior universitario en enfermería. Fue seleccionada y al cabo de unas semanas comenzó sus clases con mucho entusiasmo. 

En las aulas encontraría una vocación que nunca se le extraviaría.

Cuando tenía poco más de un año en la carrera, su tío Gregorio comenzó a padecer diabetes: tuvieron que amputarle las piernas. La enfermedad afectó sus riñones: comenzaron a dializarlo. Diana dividía su tiempo: atendía las tareas universitarias con el mismo afán con el que cuidaba al tío Gregorio. Lo ayudaba a vestirse, a asearse, le preparaba la comida. Lo acompañaba a las diálisis: pasaba esas horas con él. 

 

Luego de graduarse, en medio del duelo por la pérdida del tío, Diana hizo cursos de primeros auxilios y se inscribió en la sede del estado Vargas de la Universidad Rómulo Gallegos, para continuar con la licenciatura. Asistía a clases dos fines de semana al mes. En eso estaba cuando la esposa de su tío fallecido le comentó que en el hospital JM de los Ríos estaban buscando enfermeras. 

—¿No te animas a probar suerte? 

Diana nunca había trabajado. Sus padres le habían pedido que se enfocara en los estudios. “Ya tendrás tiempo para ejercer, primero lo primero”, le decían desde Trujillo, al tiempo que le mandaban dinero para ayudarla con sus gastos en Caracas. Pero ya graduada de TSU, se emocionó con la idea de poner en práctica lo que estaba aprendiendo: no se imaginaba trabajando con niños, pero buscó su título, los certificados de los cursos que había hecho y se fue al JM. Dejó los recaudos y a los pocos días la llamaron: el puesto vacante era suyo.  

Acudió el día que le indicaron. Y apenas llegó le informaron cuál sería su lugar de trabajo: piso cuatro, torre de hospitalización, Servicio de Nefrología, unidad de hemodiálisis. 

Allí, muchas imágenes se revolvieron en su mente. Vio a su alrededor: encontró en los rostros de los niños en diálisis el de su tío Gregorio. Quizá sintió ganas de llorar, pero no lo hizo. 

Desde entonces Diana no se ha apartado nunca del JM. 

 

Todos los días se despierta muy temprano, lleva a su hijo Christopher al colegio, hace los quehaceres en la casa en la que vive alquilada en Catia, en el oeste de Caracas; y luego se va al J.M. Desde hace meses su jornada arranca con la tarde y termina por las noches. 

Diana es una de las 13 enfermeras que quedan en el Servicio de Nefrología.

Cuando comenzó a trabajar allí, no había comenzado la debacle. Era 2008. Laboraban en su área unas 20 enfermeras. Todavía se hacían trasplantes, no faltaban las medicinas ni fallaban los servicios de agua y electricidad. A los niños se les prestaba la atención adecuada. No podía imaginarse que al cabo de una década las cosas serían muy distintas. 

Ahora son tantas las carencias que pierde la cuenta al tratar de enumerarlas. Sabe que en el laboratorio del hospital a veces no tienen cómo hacerles a los niños ni siquiera exámenes básicos. Ni siquiera una hematología. Soporta las fallas de electricidad. Y las del suministro de agua corriente: lleva botellones de su casa, como también hacen algunos médicos. 

 

 

Pero lo que más le preocupa es la catástrofe de nefrología; el epicentro de la tragedia que enfrenta cada día. 

Se estima que el déficit de enfermeros en el hospital es de 40%.

Aunque la Comisión Interamericana de Derechos Humanos otorgó, en 2018,  medidas de protección a los niños que atienden ahí, en 2019 más de diez pequeños han muerto por distintas fallas: diez niños que se han sumado a una lista que ya era larga. Demasiado larga. 

Las bacterias proliferan en el Servicio de Nefrología. Se alojan en los tanques de agua que surte la planta de ósmosis que abastece las máquinas a las que se conectan los niños con insuficiencia renal para recibir las diálisis. Los pequeños se infectan. Y en el JM no hay antibióticos para mitigar tales infecciones. 

Evito hacer comentarios de cuando mueren los niños. Algunos de ellos creen que ya dieron de alta a sus compañeros; pero otros, más grandes, saben la realidad. 

Diana los ha llorado a todos. En silencio, sin que nadie la vea; en las esquinas del hospital, apartada, o en su casa. Algunas de esas ausencias le han estrujado el alma. La han empujado a un vacío muy profundo del que le ha costado salir. La han llevado a hacerse preguntas que no tienen respuestas. 

Como, por ejemplo, cuando murió Samuel Becerra. 

A los diez días de nacido, a Samuel Becerra le diagnosticaron insuficiencia renal crónica. Estaba condenado a la diálisis, razón por la cual nunca dejó de frecuentar el JM: se convirtió en su segundo hogar. Cuando Diana comenzó a trabajar allí, él tenía poco menos de 3 años. Lo vio crecer, siempre de la mano de Judith Bront, su madre, y de Miguel Becerra, su padre. En esos pasillos, Samuel dio los pasitos cortos y tambaleantes de quien está aprendiendo a andar; y caminó más tarde con la seguridad de quien tiene un futuro por delante. “Es un campeón”, pensaba Diana cuando lo veía y recordaba su historia.

El personal de enfermería ha salido a protestar a las puertas del hospital exigiendo mejoras salariales y dotación de uniformes.

A veces Judith y Miguel tenían que salir a hacer diligencias, o buscar insumos que el hospital no le proveía al niño, y Diana se quedaba con él. En esos ratos jugaban, hablaban, se reían. Él a veces tomaba una hoja y un lápiz, y escribía. Decía que cuando fuera grande sería escritor y que Diana era su novia. Quizá era una forma de expresarle lo mucho que valoraba esa compañía cálida, familiar.  

Un día le obsequió uno de sus escritos; una carta que decía: “Te quiero mucho, novia”. 

Diana la guarda como un preciado tesoro. 

En 2017, cuando Samuel falleció luego de una severa infección que no cesó, tenía 12 años. Diana lloró como se llora a los seres queridos. Fue a su funeral y, con la cara ensopada de sus propias lágrimas, se preguntó que por qué, se preguntó hasta cuándo, se preguntó que a cuántos velorios más tendría que ir, se preguntó cómo enfrentaría eso Judith Bront. 

Cuando se imagina lo que la pérdida de un hijo puede significar para una madre, vuelve a llorar. Y cuando ve a Judith Bront en los pasillos del hospital ayudando a otros, como voluntaria de la organización Prepara Familia, piensa que no todo está perdido. Que todavía hay esperanza.  

Por las noches, reza por Samuel y por otros que han muerto.

Y reza por sus madres, para que tengan fortaleza en el duelo.

Y reza por los niños que siguen en el JM.  

A veces se queda hasta tarde pensando cómo hacer más por ellos. 

Un enfermero en el JM de los Ríos devenga menos de 4 dólares mensuales.

No puede quedarse con los brazos cruzados: muchas veces ha salido junto a las madres a protestar en la calle que está en frente del hospital. Grita consignas con ellas, esperando que alguien escuche lo que tanto claman: que no se mueran más niños. Y que les paguen mejor. Un enfermero en el JM puede ganar unos 180 mil bolívares mensuales, que son menos de 4 dólares. 

Diana, por fortuna, cuenta con el apoyo económico de Alaín, su esposo, quien se fue a Lima a vivir y desde allá le manda remesas para que se puedan mantener ella y Christopher, el hijo de ambos. 

Aunque Alaín le ha insistido en que se vayan con él, ella no ha querido. Teme no poder ejercer su profesión allá. 

—A pesar de las penurias, me siento privilegiada de formar parte de estos niños —dice—. Un abrazo y una sonrisa de ellos, a pesar de lo que están pasando, me ata a seguir en el JM. No me veo en otro lado; no me veo yéndome, como han hecho tantas.

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