Quiero estar allí para verlo alzar el vuelo

May 27, 2019   |   Los médicos

El Servicio de Cardiología y Hemodinamia del Hospital J.M. de los Ríos está prácticamente inoperativo desde 2014, cuando el equipo para practicar cateterismos dejó de funcionar. Desde ese momento, Federico Borges, prominente cardiólogo con 34 años de experiencia, no ha podido hacer más intervenciones por cateterismo: solo atienden consultas. Y aunque ya podría jubilarse, persiste en continuar allí: quiere ser testigo y protagonista del resurgimiento del servicio por el que tanto trabajó.

Armando Altuve

Fotos: Régulo Gómez

—En este momento no podemos hacer cateterismos. No estamos en capacidad —responde el cardiólogo infantil Federico Borges, sentado en su consultorio del Servicio de Cardiología del Hospital J.M. de los Ríos, a la madre de uno de sus pacientes.

¿Cuántas veces les habrá dado esa respuesta a los padres de niños que, debido a alguna cardiopatía congénita, requieren tal procedimiento?

Muchas, deben ser muchas. Es la que viene repitiendo, una y otra vez, desde 2014. Son cinco años desde que el equipo de hemodinamia, clave para llevar a cabo cateterismos, se dañó y dejaron de hacerlos.

Hasta ese 2014 el J.M. fue uno de los hospitales que más intervenciones de ese tipo hacía en Latinoamérica, aunque muchos médicos ya se habían comenzado a ir del hospital y del país. Con varios que quedaban, sin embargo, Federico Borges se quejó, redactó cartas, elevó su voz ante la catástrofe que significaba la paralización de las intervenciones. Insistió, insistió, insistió.

Quizá pensaba que podía alcanzar la hazaña de 2006, cuando con sus colegas, en alianza con la organización civil Cecodap, denunció que se necesitaba dinero para poner en funcionamiento el servicio: hacían falta equipos de hemodinamia, ecografías e insumos varios.

Esa vez lograron que el gobierno aprobara los recursos.

—Comenzamos a resolver quirúrgicamente a 350 niños con cateterismos cada año. Eso era mucho, mucho.

Pero la suerte que corrieron en 2014 fue distinta. Las quejas fueron desoídas: los equipos siguieron dañados y, años después, siguen sin poder echarse a andar.

—No podemos. No estamos en capacidad.

Federico Borges estima que repite esa respuesta una o dos veces por día. Pero pudieran ser más, porque entre él y el otro cardiólogo del servicio reciben en consulta a unos 900 pacientes cada mes, muchos de los cuales, por motivos diversos, requieren de ese procedimiento con el cual se introduce un fino tubo en el sistema vascular para poder llegar al corazón y hacer diagnósticos más seguros o directamente tratar algunas patologías.

—Pueden averiguar en una clínica e ir a fundaciones o instituciones como Pdvsa a solicitar ayudas económicas —alcanza a recomendarles a los padres, para que no se vayan con las manos vacías; para que no salgan sin una pizca de esperanza.

Y se los dice, claro, sin dejar de sentirse frustrado, de manos atadas por no poder llevar a los pequeños al quirófano y resolver el asunto con sus propias manos, como bien sabe hacerlo.

─Es una verdadera tragedia que no podamos operar. En Venezuela nacen 600 mil niños al año, de los cuales unos 6 mil tienen alguna cardiopatía congénita. De ellos, unos 3 mil 600 ameritan cirugía o cateterismo terapéutico. Actualmente, por las fallas en el sistema público de salud, solo 1% de ellos llegan a realizarse un cateterismo— dice, con ese dejo de impotencia, en el consultorio en el que tantos “no” ha repetido.

Una vez, sin embargo, la historia tuvo un final distinto: una paciente suya logró entrar en ese minúsculo porcentaje.

Fue lejos de aquí.

El espacio donde el doctor Borges pasa consulta está ubicado en el piso 1 del hospital. Allí llegó Ana María con 3 años de edad y un defecto en el tabique ventricular de su corazón, patología conocida como comunicación interventricular (CIV). Necesitaba el cateterismo que le corregiría la falla de por vida.

Era un día de 2018 cuando les dio la respuesta de siempre a los padres de la niña.

—Aquí no se lo podremos hacer.

El procedimiento en una clínica costaba entre 14 y 15 mil dólares, un monto —astronómico en medio de una economía hiperinflacionaria— que la familia no tenía y se le hacía imposible conseguir. Por eso decidieron emigrar a Argentina, con la idea de encontrar por allá alguna vía para operar a la pequeña. Y con la esperanza, también, de dejar atrás una crisis que los apretaba cada vez más.

Le comentaron al doctor que se irían del país. Él, tan involucrado en sus casos, les recomendó a los papás ponerse en contacto con el doctor Jesús Damsky, jefe del servicio de hemodinamia del Hospital Pedro de Elizalde, en Buenos Aires.

—Él podría atenderla y operarla —les dijo.

Salieron de allí sintiendo que tenían una parte del camino andado: ya sabían, en esa ciudad enorme y desconocida para ellos, a donde se dirigían, a dónde podían acudir.

Federico Borges confiaba en el médico argentino Jesús Damsky como confían los maestros en sus buenos alumnos. Que era el caso. Damsky visitó el país años atrás, cuando Venezuela era otra y no se veía en el horizonte la debacle que se aproximaba. Fueron dos veces que vino a formarse, a aprender de los médicos venezolanos. Borges, en el J.M. de los Ríos, compartió conocimientos con él, lo invitó a quirófanos y allí le enseñó a hacer cirugías de cierre de comunicación interventricular (CIV) por cateterismo.

Damsky recuerda todo lo que aprendió esos días: Borges es, para él, una eminencia.

—Federico es uno de los cardiólogos infantiles que suma más casos de CIV realizados en el mundo.

Por eso, cuando en noviembre de 2018 una empresa argentina que distribuye aparatos para cateterismos decidió auspiciar una jornada quirúrgica para atender varios casos, Jesús Damsky lo llamó a Venezuela para invitarlo. Necesitaba la asesoría de su maestro, sus manos en esas operaciones.

El doctor aceptó. Y no era algo nuevo para él. Ese año, organizaciones prestigiosas lo habían invitado a operar en el exterior: nada más en República Dominicana intervino a 15 niños.

El equipo de hemodinamia no está operativo desde 2014, por lo que los cateterismos quedaron suspendidos.

De ese mismo modo se enrumbó a Argentina a sanar corazones. La empresa que apoyaba la jornada le cubrió el pasaje y la estadía en Buenos Aires.

Las operaciones serían en el Hospital Pediátrico de Garraham, de cuya área de cardiología Damsky era el jefe. El día que llegó allí para poner manos a la obra, Borges se sorprendió. De los cinco casos que le correspondía atender, había uno que ya conocía muy bien: era Ana María, cuyos padres, siguiendo la recomendación que él mismo les diera, habían llegado hasta la consulta de Jesús Damsky para que la operara.

El destino los volvió a poner frente a frente para que resolviera lo que no había podido hacer en Venezuela.

─Al final, le terminé salvando su corazón —recuerda, orgulloso.

Pero aquel es un caso excepcional.

Después de ese viaje a Buenos Aires, Federico Borges volvió a su realidad.

Asiste dos veces por semana al J.M. de los Ríos a pasar sus consultas. Allí trabaja con tres médicos adjuntos y con un único residente. Cuando se ausenta es porque está operando en alguna otra parte. El 3 de marzo de 2019, por ejemplo, viajó hasta Barquisimeto a intervenir a un niño de pocos días de nacido. Lo llamó uno de sus alumnos, porque en el Centro Cardiovascular Regional, donde estaba el paciente, no había un cardiólogo que pudiera llevar adelante el procedimiento. El niño requería el cateterismo de inmediato. En su caso, era una cirugía paliativa que le daría más tiempo a los padres de hacer miles de diligencias para concretar las otras dos operaciones que requería para, definitivamente, repararle el corazón.

Borges fue y allá, al enterarse del caso —y de que los padres del niño no podían pagar lo que costaba la operación— no titubeó en descontarles 70% de sus honorarios.

Después volvió a Caracas y retomó su rutina en el J.M.

Llega muy temprano, a las 7:00 de la mañana. Pudiera quedarse en casa, dormir un poco más o atender su consulta privada. Después de todo, ya cuenta con 34 años de experiencia y 25 de servicio y tiene el derecho de jubilarse. De recoger la cosecha sembrada a lo largo de tanto tiempo. Pero esa no es, para él, una opción. No todavía. Quiere permanecer allí para ver (“en un futuro no muy lejano”) cuando el J.M. vuelva a alzar el vuelo.

Cuando la unidad de cardiología se reactive con equipos que vuelvan a estar en uso y pueda operar —como en la época dorada— a 350 niños al año.

Cuando los médicos ganen lo que deberían, y no un sueldo que para nada les alcanza.

Cuando el postgrado de cardiología y hemodinamia, donde fue alumno y luego enseñó a varias generaciones, deje de estar desierto: quiere verlo repleto, graduando a centenares.

El servicio cuenta solo con 3 médicos adjuntos y 1 residente.

Cuando llegue ese momento —de eso está convencido—, recibirá en el servicio el apoyo de unos 40 cardiólogos que, en su mayoría, salieron de Venezuela, pero que, como él, esperan ese renacimiento.

Volverán.

Eso visualiza. Es lo que lo motiva a quedarse en el país. Porque le han llovido ofertas: de España, de Perú, de Argentina y República Dominicana.

“¿Qué haces ahí si no hay nada?”, le pregunta mucha gente a Federico Borges.

—Yo sigo aquí por una decisión personal —responde— y porque renunciar a todo, después de tantos años de formación, es difícil. Para mí no es fácil decir: “Me retiro” y dejó el cuento hasta aquí.

 

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7 Comentario sobre “Quiero estar allí para verlo alzar el vuelo

  1. El Dr Borges es maestro de maestro, un hombre de ímpetud y un corazón grande, con amplios conocimientos y arriesgado por sus pacientes, que siempre da sin esperar nada a cambio. Mi admiración y respeto siempre

  2. Profesor y maestro siempre alzando la voz por los desprotegidos. Admirable la la labor realizada y la enseñanza que el y todos los adjuntos de la más alta calidad humana y profesional, han laborado allí. Por vocación. Por altruismo. No hay palabras para describir la destrucción de estructuras y sueños de muchos pacientes y personas, pero peor ha sido la destrucción de vidas. Renacerá el vuelo profesores. Volveremos a nuestra casa. De eso estoy seguro. Saludos y bendiciones Cardiofamilia.

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  4. Maestro, sin palabras… lloro de emoción al imaginar nuestro Hospital renacer, y con usted y todos mis maestros volver, para levantar un Servicio que, de la mano de ustedes, ha formado profesionales que amamos lo que hacemos! Gracias por persistir e insistir! Grande Maestro!

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