Debajo de un puente al que todos llaman Figueredo

Antonio José Valbuena es un paciente esquizofrénico que, debido a la escasez de medicamentos, debió interrumpir el tratamiento farmacológico que lo mantenía estable. Luego de ver a su padre al borde de la muerte, sufrió un trauma que, probablemente, lo llevó a perder la memoria. El 21 de octubre de 2018 salió de la casa de su hermana Nora, en Guanare, estado Portuguesa, y nunca más ha vuelto. Desde ese día, ella no descansa tratando de dar con su paradero.

Fotografías: Bianile Rivas

 

Nora Valbuena se aventuró a imaginar cómo debía verse Antonio José, para reconstruir su posible identidad actual. Como no logró hacerlo ella misma con un programa que encontró en Internet, llamó a Rosa, una amiga que está en Perú, muy hábil en el manejo de programas de digitalización de imágenes. Le envió una foto reciente de su hermano y un boceto a color de cómo se lo imaginaba: lo proyectó agotado y deslucido, como quien ha caminado sin parar. Pero eso sí, con ese brillo en sus ojos verdes aceituna, y con la prominencia de unos pómulos que definen un rostro largo, con nariz perfilada y orejas al aire.

A Rosa le tomó un día hacer la primera prueba y se la mandó a Nora, quien se la devolvió para que hiciera ajustes: visualizaba a su hermano con barba y un tanto más agotado. Al cabo de tres horas, el retrato estaba de vuelta.

Nora imprimió muchas copias de la imagen y comenzó a empapelar con ellas las paredes de un centenar de lugares: iglesias, reclusorios, albergues, hospitales, calles del hambre, mercados populares, terminales de pasajeros y morgues de todo el centro occidente del país. Al pie de las fotografías, estaban datos telefónicos y direcciones de domicilio.

Más que un cartel, Nora pegaba un grito de auxilio.

 

Antonio José desapareció el 21 de octubre de 2018 de la casa de Nora, en la modesta urbanización El Paseo, al este de Guanare, capital del estado Portuguesa, en los llanos venezolanos. Tenía 48 años y sobrellevaba la pesada historia de ser un paciente con esquizofrenia severa, un trastorno que afecta la capacidad para pensar, sentir y comportarse de manera lúcida. Nació el 1ro de enero de 1971 en Boconó, estado Trujillo, durante las fiestas de Año Nuevo. El médico del pueblo no atendió a tiempo el parto de María, su madre, y como el alumbramiento se demoró, el cerebro del bebé absorbió líquido amniótico.

Fue lo que le sentenció al devenir de una vida azarosa.

A los tres meses, comenzó a sufrir convulsiones. Una noche, le sobrevinieron 23 seguidas en un solo ataque, como si se tratara de la ráfaga de una ametralladora en el hueco de la oscuridad. Los médicos le recomendaron antipsicóticos muy fuertes que quizá no correspondían con su diagnóstico, lo cual le ocasionaría la muerte de algunas neuronas.

Antonio José contaba con el cariño de sus padres y sus dos hermanas. Como único varón, y como persona especial, era sobreprotegido. Pero poco a poco comenzó a asomar repugnancia y rabia: se mostraba iracundo, inquieto, agitado, descontrolado. Cuando pasó al 1er año de bachillerato, quiso entrar en la milicia. Salió aventajado en los exámenes físicos, porque a él la enfermedad no se le notaba: era robusto, 1,71 centímetros de estatura, impecable presencia. Pero la prueba psicotécnica ratificó que tenía debilidades neurológicas; no pudo cumplir con su sueño de ser militar y se refugió en su habitación: pasaba días encerrado. Fue entonces cuando la familia buscó la ayuda de psiquiatras, psicólogos y terapeutas. No era una persona agresiva, pero había que prevenirlo.

Durante 10 años le inyectaron Moditen, una marca registrada de flufenazina, que se utiliza en el tratamiento de la esquizofrenia. El remedio no era el indicado y le hizo ganar 40 kilos, pero era el único que lo mantenía tranquilo. Entre los años 2000 y 2001 estaba bajo un nuevo control médico. Su especialista, el psiquiatra Alí Polanco, le fue combinando diferentes medicamentos de acción prolongada.

Ya entonces se asomaba la escasez de fármacos en Venezuela. Hubo que probar con lo que ofreciera el mercado, genéricos o de marca registrada. El último recurso fue probar Leponex, un medicamento alemán de venta controlada, cuyo uso extendido puede conducir a un conteo negativo de glóbulos blancos. Su componente activo, la clozapina, se utiliza para tratar la esquizofrenia y el trastorno bipolar.

Lo tomó durante ocho años. Lo interrumpió no por indicación médica sino porque Locatel y Farmatodo —las únicas cadenas farmacéuticas que lo importaban— no lo trajeron más. En septiembre de 2018 se tomó las últimas pastillas. En el mercado informal ya se cotizaba en 100 dólares la presentación de 30 comprimidos de 100 miligramos, traída de Estados Unidos. Nora no podía costear eso. Y la salud pública no ofrecía alternativa: en las farmacias de alto costo del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales jamás se ha conseguido.

La interrupción del tratamiento comenzó a pasarle factura.

Se le veía inquieto, trastocaba los objetos, cambiaba el orden de las cosas. Ni su mama ni Nora se percataron de que tenía trastorno de sueño, que a lo mejor no dormía bien. Las convulsiones, que se habían extinguido desde que tenía seis meses de vida, volvieron. En una crisis se cayó y se le hizo una herida profunda en la cabeza. Lo llevaron al médico. Duró 20 días muy inestable. Le ordenaron controlarlo con fenitoína, una fórmula conocida comercialmente como Epamín.

Y fue el inicio de una nueva búsqueda fallida: el Epamín también escaseaba.

El domingo 21 de octubre de 2018, Nora y Belkys preparaban el baño de su padre. El día anterior había retornado a casa, tras permanecer siete días en una unidad de cuidados intensivos. A las 7:00 de la mañana Antonio José ordenó la casa. Sacó las papeleras, quitó las telarañas y limpió la camioneta.

Pero a mediodía, a la hora del almuerzo, Antonio José ya no estaba en casa. Nora pensó que estaba en la casa de algún vecino. Pero no lo vio. Corrió hasta el portón B de la urbanización, porque ya había advertido a la vigilancia que si intentaba salir lo atajaran.

Al ver el portón abierto sintió que había decretado la desaparición de su hermano.

—¿Lo vio salir? —le preguntó al vigilante.

—Sí, hace como 15 o 20 minutos. Me dijo que iba a buscar a su hermana.

En ese instante comenzó para Nora la búsqueda más difícil de su vida. Ese 21 de octubre de 2018 cambió de ruta: sus pasos ya no andarían tras la clozapina sino tras el rastro de Antonio José, quien se desaparecía de su vida.

Sin demora, ese mismo domingo, se acercó al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), en un intento desesperado por reportar la desaparición de su hermano. Estuvo ese día, volvió el lunes, retornó el martes hasta que, finalmente, el miércoles, luego de pasar ocho horas frente a la recepción, le tomaron la denuncia. Los detectives iban y venían. La ignoraban. Le decían que su función no era buscar enfermos mentales. Y que debía esperar en casa que transcurrieran las primeras 72 horas.

—¡Tranquila, ese es muy pila! Ten fe, tu hermano aparece.

Nora pidió al inspector Francisco Navas, un conocido suyo de Boconó, que la ayudara entregando la foto de Antonio José a los policías encargados de las redadas nocturnas. Salió vacía, sin apoyo y con un papel de reciclaje en la mano, impreso con una tinta imperceptible: era la copia de la denuncia, con la cual recorrería todos los centros policiales de Guanare, Acarigua y Biscucuy, y todos los puntos de control vial de la autopista de los llanos José Antonio Páez y de las troncales 5 y 7.

Alertó sobre su búsqueda a todas las organizaciones sociales de esas zonas. Pegó en las paredes cerca de 3 mil carteles con la imagen de su hermano que le ayudó a construir su amiga desde Perú, y notificó por radio y televisión un centenar de comunicados. Todo con recursos propios. Salía en la madrugada en su camioneta Toyota Terio, llegaba al sitio al mediodía, la estacionaba en algún lugar seguro y de allí iba de casa en casa.

Todavía no ha sacado la cuenta de las puertas que ha tocado.

De Boconoito, un pueblo rural en los límites de los estados Portuguesa y Barinas, recibió la primera llamada. Sintió que su corazón saldría disparado por la boca. Le dijeron que estaba en el barrio Los Pinos. Y para allá se fue. Llegó y preguntó por todos lados. La mayoría de los consultados, guiados por la descripción de los carteles, coincidían en que él había pasado por ahí.

—Le dimos cobijo una noche, pero se marchó al amanecer —le dijeron.

Otra llamada la recibió desde Quíbor, un pueblo del estado Lara. Le aseguraban que habían visto a alguien parecido a Antonio José por allá. Nora fue hasta el sitio, lo recorrió y tampoco lo encontró.

Los médicos tratantes le habían confirmado la probabilidad de que Antonio José hubiera padecido un trauma que le pudo ocasionar pérdida de la memoria.

Seguramente fue el 12 de octubre de 2018.

Ese día, su papá, de 79 años, también llamado Antonio José, se cayó del techo de la vivienda contigua a la de la familia en Boconó: sufrió un traumatismo cerebro craneal severo. Quedó inconsciente. Como en Boconó no hay hospitales con unidad de cuidados intensivos, lo llevaron en ambulancia hasta Guanare, en el vecino estado Portuguesa, donde vivía Nora. Llegó a las 3:00 de la mañana, aun inconsciente, con la presión arterial alta.

Los Valbuena forman una familia pequeña. Doña María, Belkys y Nora no contaron con un pariente cercano que se quedara con Antonio José hijo, así que decidieron llevárselo al hospital. Durante el viaje, en un carro que secundaba a la ambulancia, él hablaba acelerada y descontroladamente. Era evidente que ver a su papá en ese trance lo desorientó, lo confundió.

Como en todos los hospitales públicos del país, durante la madrugada, la sangre y la violencia se apoderaron de la sala de emergencia. Llegaba gente abaleada, tiroteada, herida, con dolores y gritando. La madre y las hermanas de Antonio José amanecieron al pie de la camilla concentradas en su padre; y él, inadvertido, en cuclillas y con la mirada perdida, en un rincón de la sala, como digiriendo todo el horror que estaba presenciando.

Vinieron, luego, las horas azarosas para el ingreso del anciano a una unidad de medicina crítica en un centro médico privado. De los siete días que el padre permaneció en la UCI, tres fueron las noches de insomnio para Antonio José. Por eso tuvo que volver al médico, esta vez a un neurocirujano. Una tomografía arrojó que tenía una falla de oxígeno cerebral y que había que duplicarle la dosis de antipsicóticos para calmarlo y hacerlo dormir.

Don Antonio recibió el alta médica el 20 de octubre. Salió usando pañal y sin poder caminar. Nora se lo llevó a su casa en la urbanización El Paseo. Antonio José parecía haber recobrado la serenidad. Ella no percibió que detrás de esa aparente calma él escondía el impacto de haber visto a su padre al borde de la muerte.

 

A 18 días de la desaparición de su hermano, Nora recibió una llamada en su casa. El interlocutor parecía ebrio. Insistía en que era el captor. Solicitaba un encuentro para entregar a su rehén. Ella decidió no prestar atención y en lo inmediato no volvieron a llamar. Pero a las 2:00 de la madrugada recibió una videollamada desde un número con el código +57. La contactaban desde Colombia. No le dijeron nada: solo dejaron ver un video que mostraba unas manos y los pies de tres personas cargando armas 9 milímetros. Se les oía el murmullo y el traqueteo de la disposición de las balas.

Después, los mensajes comenzaron a llegar.

—Tenemos a Antonio José Valbuena Torres.

—Él mismo nos dio tus números.

—Pórtate serio.

Los sujetos hablaban como si se estuvieran comunicando con un hombre, lo que le indicaba a Nora que los presuntos captores no estaban claros de a quién le estaban enviando las advertencias. Decidió no conversar con ellos. No respondió llamadas, repasó todos los mensajes y apagó el teléfono.

Al día siguiente, caminó hasta el Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (Conas), de la Guardia Nacional. Permaneció ocho horas en la recepción: llegó a las 8:00 de la mañana y eran las 3:00 de la tarde y aun no encontraba oídos para su drama. Le advirtieron que allí tampoco buscaban desaparecidos.

—Eso que usted cuenta no se puede llamar extorsión. Usted no respondió, debió hacerlo y pedir una evidencia de vida —alegó el director.

—¿Tenían que haberme mandado un dedo? —preguntó ella.

—Como mínimo, una prenda de vestir.

Para despedirla, el funcionario se excusó por no tomar en serio la videollamada.

—Fue desde un número telefónico registrado en el extranjero, a eso no tengo acceso. Además, son asuntos de soberanía.

 

En otra ocasión, Nora recibió una llamada a su teléfono local. No estaba en casa y sus vecinas Lucinda y Raíza contestaron. Le avisaban que había un muchacho deambulando por el caserío Las Matas. Aseguraban que lo tenían en una vivienda campesina, que no se quería salir, que se trasladara en la Toyota Terio para facilitar la aprehensión. Las dos mujeres partieron en otro vehículo. Hicieron el recorrido con miembros del consejo comunal. No vieron a nadie. Nora supone que eran malhechores que, aprovechándose de su dolor, querían su camioneta.

A Nora no le asombran los cadáveres apilados en las neveras de las morgues. Siente un alivio cuando encara la muerte. En cinco oportunidades ha ido —por cuenta propia— a reconocer cuerpos en las cavas de los hospitales Miguel Oraá, de Guanare, y J.M. Casal Ramos, de Acarigua—Araure. Muertos que nadie reclama: ninguno era su hermano.

Ya desesperada, ha explorado otros caminos.

En diciembre visitó a varios espiritistas. Esteban fue uno: le practicó siete sesiones, incluida una especial del día de Navidad a las 4:00 de la madrugada. La recibió con una hoja blanca cubierta de carbón ceniza.

—¡Pasa tu mano con fuerza, refriega! —le decía.

El brujo empujó la ceniza de un soplo y se desveló el mensaje.

—Está vivo, aparecerá.

A cambio, Nora tuvo que desembolsillar 40 mil bolívares, buscar tres pirámides gregorianas, una docena de velones y llevar no menos de cinco empaques de los fármacos prescritos al paciente y lo mejor de su ropa y zapatos.

—Le han puesto un muerto atrás —dictaminó el espiritista—. Se llama Julio César Martínez y está enterrado en Socopó, fosa 805. Es la maldad de una tía, hermana de su mamá, que la quiere ver muerta de sufrimiento. Es un hechizo que lo tiene encerrado y sin lucidez. No lo deja salir.

Pero ni la tumba 805 ni el muerto existen en Socopó. Las pirámides gregorianas son un invento, y las medicinas serían usadas para venderlas a otros incautos. Todo lo descubrió Nora con la misma paciencia con que busca la vida detrás de la tragedia.

Dos días antes, Esteban había dicho que Antonio José deambulaba por La Colonia, un vecindario de la zona alta de Guanare. Hasta allá subió Nora. Vio a un muchacho que coincidía con algunos rasgos de Antonio José —su color de piel, su cabello—, pero no era él.

Doña María, la mamá de Antonio José y sus hermanas, es orfebre. Trabaja el oro y hace manualidades con tela. Desde enero de 2019 dedica su tiempo a la oración y a la elaboración de 12 escapularios para la protección de su hijo. Dice que cuando aparezca se los va a colgar en el cuello. No lo ve del lado de la muerte: lo siente del lado de la vida. Cree que está bajo el cuidado de alguien muy generoso. Cultiva la idea de que Dios, pronto, le enviará una señal.

Nora sobrevivió a un cáncer de mama en 2007 y se aferra a la esperanza de la vida. Dice que lo que ha ocurrido es una prueba de Dios: una circunstancia que la ha empujado a vivir la vida con sacrificio y dignidad. Sueña que ve a Antonio José al recodo de un río, en un lugar cercano, debajo de un puente al que todos llaman Figueredo. Él le cuenta las anécdotas de su travesía, y lo hace como quien se fue niño y retornó hombre.

—Usted no me encontró. Yo estaba aquí mismo, debajo del puente, comiendo pescado. Me bañaba.

Y concluye:

—Si salía, perdería mi tesoro.

 


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Periodista venezolana, egresada de la Universidad del Zulia. Cuento historias en @ElPitazoTv. Escribo sobre los que dan su vida en silencio porque su martirio no es noticia.

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