No quería encariñarme con ella

Jul 13, 2019

Un mediodía de junio de 1998, la periodista Vivian Ariza se disponía a trasladarse a la redacción en la que trabajaba, cuando se topó a una mujer con su hija en brazos. Al acercárseles, supo que la niña se llamaba Saraí, tenía un año, y estaba severamente desnutrida y deshidratada. Desde ese momento no descansó hasta saberla recuperada y a buen resguardo.

Ilustraciones: Carmen Helena García

 

Tráfico y bullicio. Bullicio y tráfico. Ya estaba acostumbrada al caos que cada mediodía envolvía la céntrica avenida 5 de Julio de Barcelona, en el estado Anzoátegui. Como parte de mi rutina, tomaba a diario esa ruta para llegar al periódico en el que trabajaba como periodista. Un día de junio de 1998, bajo un sol abrazador, esperaba transporte en una de las paradas al borde de esa vía y me percaté de algo que alteró esa rutina: a metros de mí estaba una mujer con una niña en brazos. La señora estaba evidentemente angustiada. No por curiosidad, sino por genuina preocupación, me le acerqué y le pregunté si podía ayudarla. Me dijo que la niña, su hija, se llamaba Saraí. Que tenía un año y estaba muy mal.

—¿Por qué no la lleva al médico?

—Ya la llevé. Estuvo hospitalizada en el Luis Razetti. Pero me dijeron que me la llevara a la casa.

La mujer me mostró un informe que describía que Saraí tenía “desnutrición severa y deshidratación”. La niña pesaba poco más de cuatro kilos, tenía solo dos dientes y su cabello era muy escaso. No caminaba, no jugaba, no lloraba. Me acerqué más y, debajo de las mantas en las que estaba envuelta, la vi. “¿Cómo es posible que tenga un año?”, me pregunté. Me pareció muy pequeña, muy frágil. Pero sus ojos, bien abiertos, me decían una cosa: que estaba viva.

Sentí una súbita necesidad de hacer algo, por lo que le pedí a aquella mujer que me permitiera ayudarlas.

Alteré el recorrido habitual que hacía todos los días. No me monté en ningún autobús, no llegué al trabajo, no llamé para saber de mi hija que estaba en una casa de cuidado diario, no almorcé en la sala de redacción. En contra de todas mis rutinas, paré un taxi y me fui con la señora que acababa de conocer a la sede del Instituto Nacional de Nutrición, a pocas cuadras de la parada de autobuses. Si el problema de Saraí era nutricional, pensé, en esa institución pública podrían ayudarnos.

—Esto no es un hospital, aquí no se atienden emergencias —nos dijo una obrera cuando llegamos a la puerta.

No quería dejarnos pasar, quizá porque estaba en su hora de almuerzo. Pero yo insistí. Una doctora del instituto vio la escena desde su oficina. Se acercó, le expliqué por qué estábamos ahí, y nos hizo entrar. Examinó minuciosamente a Saraí y después de leer el informe médico que le habían dado a su madre en el hospital, su cara cambió. Me dijo que estaba muy mal.

—Ayúdenos, doctora, ¿qué podemos hacer? —le imploré.

La doctora le suministró dos onzas de leche. Seguramente era el único alimento que recibía en mucho tiempo, así que Saraí lo rechazó inmediatamente y vomitó.

Por indicación de la doctora, fui a la farmacia más cercana a comprar una fórmula láctea especial. Esa sí la toleró. Y la especialista nos recomendó seguir alimentándola con esa leche y nos advirtió que, por el estado en el que estaba, debíamos seguir estrictas medidas de higiene.

Entonces volví a sentir que no podía abandonarlas a su suerte.

Le pedí a la doctora que me prestaran el teléfono de la institución para llamar a otras personas que pudieran apoyar a aquella madre. Al primero que contacté fue al comisario Ramón Hernández, de la Policía Municipal de Bolívar, a quien había conocido en mis coberturas periodísticas en la ciudad y siempre me pareció un hombre atento, empático y amable. Cuando escuchó la historia, no dudó en poner a disposición una patrulla de la policía para trasladarnos a la casa de Saraí. Allí fuimos la madre, la niña, una funcionaria del Instituto Nacional de Nutrición comisionada por la doctora, y yo.

Era un rancho. Al llegar, observamos la precariedad de servicios en la que vivían y la trabajadora de nutrición indicó que esas condiciones no garantizaban las normas mínimas de higiene que se necesitaban. Era un sector de El Viñedo, en el límite con Cruz Verde, dos barriadas con cientos de historias que llenaban a diario las páginas de sucesos de los periódicos locales. Llegar allí hubiese sido muy difícil sin la colaboración de la policía.

Esa misma tarde también llamé a Ingrid y a Karelia, mis jefas de entonces, para justificar mi ausencia. Les conté lo que estaba pasando. Y no solo entendieron, sino que se sumaron a la tarea de ayudar a Saraí. Consultaron a médicos y conocidos que trabajaban en fundaciones de ayuda.

Antes de marcharnos, la funcionaria de Nutrición y yo le explicamos a la madre de Saraí lo importante que era mantener aquel lugar aseado. Conversamos un rato y nos contó que su pareja trabajaba en una panadería cerca del lugar donde las encontré. Allí fui, ya en la noche, a buscar al padrastro de Saraí. Hablé largo rato con él y le expliqué el estado de salud de la niña. Le pregunté si tenían familiares que los pudieran ayudar y me dio el número de teléfono de la abuela de la niña.

Era una nueva pista.

 

Al día siguiente, desde la redacción del periódico, llamé a la señora y así fue como Karelia, Ingrid y yo nos enteramos de que la madre de Saraí tenía tres hijos más: a dos los había dejado bajo el cuidado de la abuela que vivía en San Félix, en el estado Bolívar, pero esta no había querido hacerse cargo de la niña. Ninguno había sido presentado en el Registro Civil, o en la prefectura, como se le conocían a esas instancias.

La respuesta de la abuela fue tajante.

—Vean a ver ustedes cómo la ayudan, porque yo le estoy criando dos, no me puedo responsabilizar por esa niña. Ella es bien grande, ella sabe lo que hace. 

Las dos siguientes visitas domiciliarias para hacerle seguimiento a la recuperación de Saraí las haría una funcionaria del Instituto Nacional de Nutrición, trasladada en una patrulla policial que gentilmente puso a disposición el comisario Hernández. Y mientras tanto, mis compañeras y yo no descansábamos buscando alguna forma de proveerle a la niña de mejores condiciones de vida.

Fue en esas búsquedas que llegamos a una casa de la Asociación Benefactora de Ayuda al Niño sin Asistencia (Abansa). Allí estaban dispuestos a dar el abrigo y la atención que necesitaba Saraí. Ingrid logró ponerse en contacto con ellos y llegó con la buena noticia a la redacción.

Al día siguiente fuimos a buscarla bien temprano. Habían pasado cuatro días desde que había conocido a Saraí.

Karelia y yo llegamos al barrio y después de caminar un largo trecho, llegamos al rancho.

Al frente de la vivienda, levantada con láminas de zinc, nos recibió un niño de unos seis o siete años. Estaba al lado de un tambor metálico lleno de un agua de color marrón. Al entrar, en la única cama que había, estaba Saraí envuelta entre sábanas y ropa limpia que yo le había dado el mismo día que la conocí. Pero su condición física era la misma.

Hablamos con la mamá y su pareja. Les contamos de la casa refugio y de que allí podían darle los cuidados necesarios para la recuperación de la niña. Ambos estuvieron de acuerdo en llevarla hasta allá. Sin mucha demora, la mujer sabía que su hija necesitaba ayuda. Tomamos a la niña en brazos y salimos las cuatro: Karelia, la madre, la niña y yo.

El trecho entre Barcelona y Puerto la Cruz, ciudades que parecen una sola porque están muy cerca, me pareció largo. La ansiedad por acortar el camino hasta el nuevo hogar de Saraí, por proveerle de mejores condiciones que le salvaran la vida, alargó el viaje. Sabía que ahí estaría bien.

Al llegar a Abansa, Saraí fue muy bien recibida. La pasaron de brazos en brazos mientras la miraban detenidamente. La realidad había superado la descripción que Ingrid les había dado acerca de su estado físico.

Allí la madre, inexpresiva, de poco hablar, sin resistencia, resignada tal vez o con la esperanza de salvar a su hija, aceptó firmar una autorización que formalizaba el ingreso de la bebé a ese hogar de cuidado para niños desasistidos.

Su destino comenzaría a reescribirse aquella mañana.

Saraí, en hebreo, quiere decir “princesa” y al cabo de un año, en efecto, le hacía honor a su nombre. Parecía otra. Ya no estaba desnutrida. Caminaba, jugaba y lloraba. Era normal, sana, una más de los 22 niños que allí cuidaban con esmero.

Los años siguieron pasando y ella siguió creciendo. Aprendió a leer y a escribir. Nunca pudo ser adoptada porque su mamá, después de un tiempo, reapareció y ella tenía la opción de llevársela cuando quisiera. Entretanto, las visitas a Saraí formaban parte de la rutina de Karelia e Ingrid, quienes se convirtieron en sus madrinas. Mis visitas, en cambio, eran esporádicas, casi anónimas, para llevar algunos insumos a la casa hogar. No quería encariñarme con ella.

Seis años más tarde, el tiempo me dio la razón. La abuela, que se había negado a hacerse cargo de la niña tiempo atrás, la fue a buscar con la mamá. Se la llevó a San Félix, a una ciudad y al seno de una familia que en realidad le eran ajenas.

Y nunca más supe de ella.

Hasta aquel día, 18 años después, que quedó marcado en mi memoria.

Yo seguía yendo esporádicamente al refugio. Y ese día, que puedo recrear en mi mente como si acabara de pasar, me paralicé cuando una de las cuidadoras me dijo una frase que nunca esperé escuchar: Saraí estaba allí.

De inmediato, y sin saber quién era traté, sin éxito, de identificarla. Había pasado demasiado tiempo. Buscaba  su rostro entre todas las jóvenes, pero ninguna se me parecía a ella.

Cuando me la señalaron, sorprendida e incrédula, la saludé.

—Esa señora fue la que te trajo —le dijeron a Saraí.

Ella me miró y sonrió. No hubo abrazos, yo era una extraña. Quise llorar, pero aguanté mis lágrimas.

Hablamos largo rato. Saraí me contó que vivía en una barriada de Puerto La Cruz y que había tenido dos niños. Convertida en madre, y quizás para sentirse en familia, solía ir a aquella casa hogar a colaborar con la limpieza y a hacer actividades con los niños. Su abuela le había contado que fue allí donde ella pasó parte de su infancia. Y aunque no fuera con los mismos niños con los que creció, ni estuvieran los mismos cuidadores de su época, sí era el mismo salón de juegos donde se alimentó, creció, caminó, jugó y lloró.

El mismo salón al que evitaba ir a verla para no encariñarme con ella.

 


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Para escribir sigo la regla de Oscar Wilde: "Tener algo que decir y decirlo". En eso tengo 37 años. Soy periodista nacida en el estado Zulia pero viviendo en el Anzoátegui, desde donde trabajo de forma independiente después de estar 20 años en las redacciones de periódicos regionales. Mantengo intacta la pasión por indagar el hecho noticioso.

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