¿Dónde están los “guarimberos”?

Al amanecer del 27 de enero de 2019, funcionarios del grupo élite Fuerzas de Acciones Especiales llegaron a Tacagua Vieja, un barrio ubicado al borde de la carretera que comunica a Caracas con el litoral central, y allanaron la casa del líder comunitario Julio Reyes buscando “guarimberos”. Desde entonces, la zozobra marca sus días.

Ilustraciones: Douglas Doquenci Torres

 

Julio Reyes no daba crédito a los rumores. Se comentaba que un contingente de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), cuerpo élite de la Policía Nacional Bolivariana, allanaría Tacagua Vieja, el barrio ubicado a la orilla de la carretera Caracas—La Guaira, donde vive junto a su esposa y sus tres hijos, dos chicas de 17 y 15 años, y un niño de 6. Pero él ignoró eso que decían. Desde los 14 años, cuando incursionó en el mundo de la política, las amenazas han sido parte de su vida y se han instalado, como la revolución, en su cotidianidad.

Por eso, este 27 de enero de 2019 no pensó que la primera visita que recibiría en su hogar sería la de los hombres de las FAES, quienes convirtieron en realidad el mayor temor de su familia.

—¿Tú crees que puedan meterse en la casa? —le había preguntado su esposa días antes, el 23 de enero, apenas llegó de la concentración en la que el diputado Juan Guaidó, líder del parlamento, juró como presidente encargado de la República.

—¡No, chica! Siempre dicen lo mismo y no pasa nada —le respondió Julio.

Estaba confiado y esa seguridad se la daba el hecho real de que no salió a protestar la tarde del 21 de enero cuando mujeres, muchachos y niños tocaron cacerolas sobre el puente de El Limón, en la carretera Caracas—La Guaira, para rechazar el régimen de Nicolás Maduro. No se sumó porque sospechaba que esa manifestación podía derivar en hechos de violencia, como en efecto fue, y le tocó ver a través de redes sociales cómo reprimían a sus vecinos.

Fue entonces cuando comenzaron los rumores en Tacagua. Que si van a venir a buscar a los opositores. Que si el Consejo Comunal, a través de las listas de los Consejos Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), tiene identificados a quienes protestaron, como estaban haciendo en otros barrios de Caracas. Que si no van a dar más bonos a los que tengan el carnet de la patria y vivan en la Caracas—La Guaira. Todo tipo de comentarios surgieron.

Pero esta vez no solo serían rumores.

Las noches de los días siguientes al 21 de enero, los vecinos no se atemorizaron y salieron nuevamente a protestar: el 22 y el 23, habitantes del barrio El Limón y de Tacagua manifestaron su descontento cerrando el viaducto que comunica a la capital del país con el litoral central. La respuesta fue la represión de la Guardia Nacional y las FAES. Julio, que lleva adelante trabajos comunitarios en el sector, quería salir a acompañar a su gente. Pero su familia le pidió, una vez más, que no lo hiciera.

Él, como sabía que esos días eran cruciales, siguió haciendo activismo fuera de su comunidad. El 23 de enero fue convocado para dar un discurso en representación de los líderes de zonas populares, desde la misma tarima en la que minutos después Juan Guaidó sorprendió a todos con su juramento. Bajo el sol brillante de aquella tarde, frente a la multitud eufórica que llenó la Avenida Francisco de Miranda de Caracas, Julio alzó la voz en nombre de Catia, la parroquia caraqueña a la que pertenece Tacagua:

—¡Hubo un cabildo en Catia! Se hizo un cabildo en Catia a pesar de que muchos tenían miedo. ¿Saben por qué se hizo? Porque hubo unión en Catia, porque nos unimos todos los vecinos, porque se unieron las organizaciones sociales, se unieron los sectores, nos unimos todos los partidos políticos. Porque fueron las juntas comunales y las juntas vecinales las que dijeron: “Catia no se calla más”.

Julio sueña con ser el primer alcalde de lo que hoy es una parroquia.

—Tengo total certeza de eso —insiste—. Cuando Catia se convierta en municipio, yo voy a ser el primer alcalde. Sé que la gente de mi parroquia despertó y que ahora, con Dios de la mano, vamos a salir adelante —suele decir.

Su carrera como administrador le ha sido útil para organizar las labores y los fondos de las dos fundaciones que mantiene allí: Catia posible y Motivando Venezuela. A través de estas recauda ayudas para los más necesitados, reparte alimentos e insumos, y procura rescatar el sentido de pertenencia de la gente hacia su zona. En la carretera Caracas—La Guaira todos lo conocen, saben a qué se dedica y han seguido sus pasos desde que militaba en Primero Justicia, hasta ahora que es dirigente nacional del partido Nueva Visión para mi País (Nuvipa).

Pero también hay quienes ven su liderazgo con malos ojos. Tacagua Vieja, ubicada a unos 20 minutos por carretera del palacio de Miraflores, fue —como toda Catia— un bastión del chavismo hasta que en las elecciones parlamentarias de 2015 la mayoría votó por la opositora Marialbert Barrios. Esto, sin embargo, no amilanó a los seguidores de la revolución, quienes saben que en el sector funciona una Red de Articulación y Acción Sociopolítica (Raas), impulsada por el Partido Socialista Unido de Venezuela como una forma de organización para la “defensa integral de la nación”, cuyo objetivo es identificar a “enemigos históricos” y unirse para enfrentarlos.

Quizá fue así que llegaron a Julio. Alguien debió dar las coordenadas exactas de su casa.

El 27 de enero, Julio se despertó a las 5:30 de la mañana, montó café en la estufa y, al revisar su celular, vio un mensaje en el cual uno de sus familiares, que también vive en el barrio, le avisaba que las FAES habían llegado a la zona. Que lo mejor era que se quedara en casa, que no saliera.

Eran casi las 8:00 de la mañana cuando frente a su vivienda se estacionaron 10 motos de alta cilindrada con dos hombres sobre cada una de ellas. Iban vestidos de negro y llevaban la cara cubierta.

—¡Mi amor! Afuera están los policías —alcanzó a decirle Julio a su mujer, antes de que ella se entregara a una crisis nerviosa que la hizo llorar sin control.

Él pudo mandar una nota de voz a un dirigente del partido en el que milita y le dijo que los de las FAES se iban a meter en su casa, que se lo iban a llevar. También le dio tiempo de despertar a su hija de 15 años y darle el celular para que lo escondiera entre las sábanas donde dormía.

Julio sabe lo que debe hacer. Estar en la política desde los 14 años lo ha curtido. Tiene, como muchos otros líderes opositores, protocolos de seguridad, listas de números de emergencia, mudas de ropa en su oficina y amigos que siempre están dispuestos a ayudarlo. Por eso no temía por él, sino por el trauma que la situación les podía generar a sus hijos, sobre todo al más pequeño, a quien llaman “Julio Jr”.

—Cuando haces oposición a una dictadura, así funcionan las cosas.

Los funcionarios saltaron la reja de la entrada de la casa, cruzaron el porche con pisadas tan fuertes que él todavía puede recordar el sonido. Comenzaron a patear la puerta con fuerza.

Le pidió a su esposa que abriera, que él no tenía nada que esconder y ella obedeció. Él se paró detrás de “la jefa de la casa”, como le gusta llamarla, y apenas halaron la puerta, lo primero que se asomó fue una pistola que se posó en la frente de Julio y lo hizo retroceder. Todo ocurrió con su hijo de 6 años guindado a una de sus piernas.

Entraron cuatro de los hombres que habían llegado en las motos. Dos de ellos sentaron a Julio en un mueble sin dejar de apuntarlo con un arma, mientras los otros dos revisaban su casa.

—¿Dónde están los guarimberos? ¿Quiénes son? —le preguntaban sin parar. Es el término con el que se ha dado por identificar a quienes trancan calles con barricadas. Son los que protestan, de acuerdo a la narrativa oficial, vulnerando los derechos de los demás.

Los hombres entraron al cuarto de sus dos hijas. Revisaron todas sus cosas, voltearon sus gavetas y cofres, pero a ellas no las tocaron. Mientras, en la sala, el hijo de Julio no paraba de llorar y de gritar. Era un llanto de terror. De desespero. Los funcionarios se dieron cuenta. Uno de ellos bajó su arma por un instante, se levantó el pasamontañas, se agachó, le mostró su cara morena al niño y le dijo:

—Tranquilo, que nosotros somos amigos.

El policía se levantó y con el dedo hizo una seña a sus compañeros. Salieron inmediatamente de la casa sin decir nada más. Saltaron la reja de nuevo, activaron a los otros funcionarios que rodeaban la vivienda, subieron a sus motos y se perdieron en el barrio.

Todo pasó en 15 minutos.

Afuera se escuchaba un escándalo. Eran sus vecinos que habían salido a respaldarlo a él y a su familia cuando se enteraron del allanamiento.

 

Julio no entendió por qué no se lo llevaron. Está seguro de que fue Dios quien metió su mano para que el horror durara poco; que fue Dios quien le quitó en instantes el miedo a morir y a ser detenido.

Pero la zozobra se disiparía solo un rato. Volvería para instalarse en su día a día.

La visita de las FAES le costó salir de su hogar. Julio no ha vuelto a dormir en casa. Su esposa y los niños pasaron unos días con un familiar y él se ha visto obligado a quedarse en casas de amigos, en hoteles, en su oficina para evitar que la gente que ama corra peligro. Eso sí, denunció el allanamiento en sus redes sociales y, con ello, le puso rostro a los ataques de los hombres de negro en los barrios de Caracas, donde las historias suelen quedar escondidas tras el miedo.

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Periodista formada en la Universidad Central de Venezuela y forjada en los buenos tiempos del diario Últimas Noticias. Soy reportera de comunidad y procuro visibilizar lo que ocurre cerros arriba. Contar violaciones de Derechos Humanos e historias que demuestren que las buenas personas aún existen son mis intereses.

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