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Hombre en la cárcel - Ilustración: Israel González

Le ayudó a encontrar una nueva libertad

Ago 05, 2023

Estaba a punto de terminar de cumplir una condena en el Centro Penitenciario de Yare I cuando Jorge Luis Alfonzo participó en un taller literario que tuvo lugar en la cárcel. Así conoció la poesía. Y así comenzó a escribir, que fue su nueva forma de vida al dejar atrás los barrotes. 

Hombre leyendo - Ilustración: Israel GonzálezILUSTRACIONES: ISRAEL GONZÁLEZ

Es miércoles 26 de febrero de 2014. Jorge Luis Alfonzo Márquez está de vuelta a un lugar que se le hace familiar: el Retén Judicial de El Rodeo II, que está cerca de Guatire, estado Miranda. Hace unos años, él salió de otro penal —el Centro Penitenciario de Yare I, también en el estado Miranda— donde pagó dos condenas, en distintos momentos, por robo agravado, porte ilícito de arma, lesiones graves y lesiones leves.

Ahora todo es distinto: el Jorge que está en El Rodeo trabaja en la Fundación Editorial el perro y la rana, y la finalidad de su visita es participar como facilitador de un taller de poesía. El taller es una experiencia única y maravillosa para Jorge. Ver a esos privados de libertad escuchándolo atentamente, y realizando con dedicación los ejercicios de escritura que les ha asignado, lo llenan de emoción. Por primera vez, enseña todo lo que ha aprendido desde que fue excarcelado.

Le emociona pensar que ellos tendrán una experiencia similar a la que él vive. Piensa que no quiere ser el único al que la poesía saque del “foso donde los huesos se vuelven gelatina”, como él mismo había escrito años antes, en uno de sus poemas.

La historia de Jorge Luis Alfonzo Márquez como poeta y cronista comenzó una tarde de agosto de 2009, a pocos meses de terminar de cumplir su condena en Yare I.

Aquel día, a Jorge le avisaron que un grupo de personas iría a dictar un taller de promoción de lectura y escritura. Él, en primera instancia, sintió desconfianza porque no es común que a la cárcel acuda gente a hacer actividades de esa naturaleza, y cualquiera que vaya puede generar sospechas. 

Jorge no tenía muchas ganas de estar escribiendo, pero finalmente accedió a participar. Allí estaba, sentado junto a otros reclusos, ante un hombre, de voz calmada y grave, llamado Ricardo Romero, que era el instructor.

Ricardo les explicó que la idea era que escribieran acerca de una experiencia vivida o una anécdota que les haya ocurrido. Jorge no estaba entusiasmado, pero al rato, apartado del grupo, empezó a hacerlo. Ricardo se le acercó y le pidió que se incorporara a los demás. 

Él solo sonrió. 

Una hora después tenía un texto: unas líneas que impresionaron a Ricardo. 

Escribir movió cosas en Jorge. Desde ese día, la rutina carcelaria no fue la misma para él. A partir de esa sesión del taller, los encuentros se repitieron semanalmente. En noviembre, ya era capaz de desarrollar textos más sólidos. A finales de diciembre, Ricardo asistió a la última sesión. En esos días era convocado para asumir la dirección ejecutiva de la Editorial El perro y la rana, y sin tanto tiempo libre, ya no podía seguir yendo a la cárcel.

Pero el vínculo entre Ricardo y Jorge se había estrechado y durante los primeros meses del año siguiente, 2010, continuaron hablando por teléfono. Conversaban sobre cómo construir metáforas, cómo crear imágenes poéticas. En ese penal, que en aquellos días era particularmente complicado por el hacinamiento y violencia, Jorge había descubierto algo nuevo: la poesía.

Hombre en la cárcel - Ilustración: Israel González

Seis meses después de aquel encuentro con la escritura, Jorge vivió uno de los días más importantes de su vida: el 22 de marzo de 2010, a las 4:45 de la tarde, cuando el personal de guardia hizo el llamado pase de número (que es el conteo que se hace de los internos), un guardia nacional mencionó su nombre: “Jorge Alfonzo”. 

—Aquí estoy. 

Y en ese instante escuchó lo que él mismo llamaría después: “Aquella hermosa nota musical que durante largos años esperaba con ansias”.

—Estás en libertad —le dijo el guardia. 

Jorge no sabía si gritar, reír, brincar o llorar. 

En aquel momento todo era euforia. Los demás presos empezaron a gritar: “¡Te vas pa’ la calle, viejo!”. Abrazos y apretones de manos iban y venían. Jorge llamó a su casa para informar que estaba en libertad. Después se fue a bañar y, mientras lo hacía, cantaba y daba gracias a Dios por darle la oportunidad de salir vivo y poder reencontrarse con su familia. 

Jorge se vistió y fue hacia la puerta, acompañado por los demás presos, en lo que era un ritual de costumbre para quienes salían de reclusión. Al llegar a la puerta grande, los efectivos de la Guardia Nacional le abrieron. 

Uno de ellos le dijo: 

—En estos días te volvemos a ver de nuevo por aquí, porque ustedes lo que son es unos amañaos.

—Eso es lo que ustedes quieren… —le respondió Jorge entre risas.

Cuando, después de cumplir con trámites burocráticos, el portón se abrió, Jorge caminó, pero no vio a su familia. Llegó a la parada y tomó un autobús hasta el terminal de Yare. A eso de las 9:00 de la noche vio una camioneta, en donde vio a su esposa Nancy Torres, a su hijo y a un amigo de la adolescencia. 

A Jorge le parecía estar soñando despierto.

De allí se fueron a San Agustín, la parroquia de Caracas donde viviría.

Donde volvería a comenzar. 

Hombre escribiendo con lápiz - Ilustración: Israel González

Poco menos de un mes después de recobrar su libertad, el martes 13 de abril de 2010, asistió al Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), en Altamira, a un taller de poesía al que lo invitó Ricardo. Jorge pudo codearse con escritores de renombre. Conoció a William Osuna, quien era el encargado de dictar el taller; y al poeta y crítico de arte Juan Calzadilla.

Poco después, el viernes 16 de abril, después de una conversación con Ricardo, Jorge comenzó a trabajar en la editorial. En esos días, el gobierno implementaba la política de dar cabida en sus instituciones a personas con alguna discapacidad. Jorge era candidato ideal debido a una lesión en su pierna izquierda que lo hacía tener una movilidad reducida. Pero, sobre todo, porque había desarrollado una gran sensibilidad por la literatura (y por la vida). 

Se sentía otro. 

Comenzó a formar parte del departamento de bienes y servicios de la editorial. Se encargaba de hacer de todo un poco: trasladaba libros en carretillas de un lugar a otro, los acomodaba en cajas para su posterior distribución, reparaba algún desperfecto del inmobiliario que estuviera deteriorado. Sus compañeros se acostumbraron a verlo pasear con la carretilla de un lugar a otro, canturreando boleros de Cheo Feliciano o algún son montuno de Ismael Miranda.

Aquellos primeros tiempos en la editorial fueron intensos en cuanto a escritura. Jorge ejercitaba lo más que podía su músculo poético. Siguió su formación en el taller de William Osuna, quien, junto a Juan Calzadilla, se convirtió en mentor de Jorge.

En junio de 2011, a un año de haber ingresado a la editorial, se realizó el 8vo Festival Mundial de Poesía en Caracas. Una de las novedades que presentó la Fundación Editorial El perro y la rana fue Llanto entre paredes, el primer poemario de Jorge, del cual un crítico expresó: “el libro Llanto entre paredes es uno de los que se presenta para ser conocido por todos aquellos lectores ávidos de poesía humana, real y sensible”.

En aquel poemario había versos que expresaban ese tránsito de Jorge por las cárceles: “las frutas han llegado en guacales / al museo del crimen / la desgracia las mira cara a cara / al ritmo de la muerte / el nuevo domicilio es la muerte o el negativo / de los pensamientos / que destilan maldiciones”. 

Jorge siguió escribiendo a un ritmo frenético. 

Y en 2016 su tesón como escritor dio un segundo fruto: Relojes oxidados. Aquí continuaría con la línea que había iniciado con Llanto entre paredes. Con este poemario empezó a dar entrevistas, y fue invitado a coloquios y talleres.

Ya antes había asistido a aquel primer taller que dictó él mismo, en el Retén judicial El Rodeo II donde, conmovido, quiso inspirar a otros. 

Hombre dando taller en la cárcel - Ilustración: Israel González

Poco a poco fue trabajando en sus memorias, que tituló La garra de la hiena

En 2020, en medio de la pandemia por covid-19, a Jorge se le acentuó una dolencia renal que lo había estado aquejado desde hacía algún tiempo. A esto se le sumaron los problemas físicos derivados de tener una bala alojada en su pelvis que era, en cierta medida, la causante de la lesión que le hacía tener una movilidad reducida.

Jorge había nacido en la Maternidad Concepción Palacios, el 13 de julio de 1960. Ahora tenía 60 años; era un hombre joven. Pero el hecho de haber estado al menos un tercio de su vida en las cárceles venezolanas parecía estar pasando factura a su cuerpo. 

La dolencia no paró de aumentar hasta que el 5 de enero de 2022, Jorge Luis Alfonzo Márquez falleció. Juan Calzadilla, al enterarse de su muerte, expresó su pesar y dijo que había sido un gran poeta, afortunadamente descubierto a tiempo.

Quedaron sus libros como muestra de que la poesía, como dijo él mismo, le había ayudado a encontrar una nueva libertad.

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Hijo de Elizabeth. Cantante, obrero de la música y la literatura. Editor. Soy cumanés, aunque nací en Caracas. Licenciado en letras de la Universidad Central de Venezuela.

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