Inspira a un amigo

Recibir/dar ayuda

Sé también protagonista

Historias similares
Padre e hija abrazados - Ilustración: Ivanna Balzán

Solo quería tener a su hija cerca

Feb 11, 2023

Un padre llega una noche a su casa, en Lima, y se encuentra con que su cuñada se ha llevado a su hija. Poco tiempo después descubre que no están en Huancayo, en el centro de Perú, sino en Chile. Al no dar con ellas, decide él mismo cruzar el desierto de Atacama, el más árido del mundo, en la frontera entre Perú y Chile, para buscarla. 

Hombre viendo habitación vacía - Ilustración: Ivanna Balzán
ILUSTRACIONES: IVANNA BALZÁN

Cuando Miguel estaba llegando a su casa en Lima, aquella noche de agosto de 2021, y vio que la vivienda estaba a oscuras, no podía imaginar que su cuñada se había llevado a Chile a su hija de 3 años. Desde afuera, miró con suspicacia. Después vio el reloj: eran las 9:00 de la noche. A esa hora, su pequeña Dulce siempre estaba despierta. Y las luces siempre estaban encendidas.

Entró sin vacilar. Encendió las luces y miró a su alrededor: todo se veía normal. No notó que al borde del clóset no estaban los zapatitos de la pequeña; tampoco que dentro de la gaveta faltaba su ropa; ni que el peluche de Minnie Mouse que nunca soltaba tampoco estaba sobre la cama.

Aun así, tomó el teléfono e hizo la llamada.

—Hola. ¿Dónde están? —le preguntó a su cuñada.

—Estoy en Huancayo. Me vine a casa de mi hermano para conocer a su bebé. Regreso mañana.

—¿Y la niña?

—Está aquí conmigo. Está bien.

Huancayo queda en el centro de Perú. Miguel estaba a siete horas de ahí. Sin embargo, nada le parecía extraño: tras la muerte de su esposa a causa de covid-19 —que había ocurrido cuatro meses antes—, la hermana de esta había cuidado bien de Dulce. Pensaba que con ella su niña estaba a salvo, y creía que sin su permiso no la llevaría demasiado lejos.

Las esperó a la mañana siguiente, pero no llegaron. Llamó y la mujer le dijo que llegarían en la noche. En algún momento de ese domingo, un amigo le repicó a su celular insistentemente. Le avisó que su cuñada y su hija no estaban en Huancayo, sino que se habían ido a Chile. Y fue entonces que recordó que ella le había comentado sus intenciones de irse a ese país. 

De inmediato, llamó a su cuñada. Esta vez la notó extraña.

—Sí, aquí está la niña conmigo —le dijo antes de darle el teléfono a la pequeña.

De noche en el desierto de Atacama - Ilustración: Ivanna Balzán

Buscó, desesperado, más pistas sobre aquel aviso de su amigo. Llamó y preguntó a muchos allegados. Así confirmó que ya no estaban en casa de su hermano en Huancayo. Se habían ido a Chile el día anterior. Le escribió y la llamó, pero no contestó más. 

Él le dijo que ya sabía todo, que se había llevado a su niña. 

Ella lo bloqueó. 

Miguel sentía que estaba enloqueciendo. Fue ante las autoridades peruanas. Le tomaron la denuncia y le dijeron que lo llamarían. Fue a la Embajada de Venezuela y le contestaron que no podían hacer mucho. Llegó a las oficinas de Interpol, donde le dijeron que iniciarían la búsqueda. Llamó a sus conocidos en Huancayo y en Chile. Hizo pública la situación en las redes sociales. Esperó una llamada: de su cuñada, de la policía, de alguien.

Nada. 

La desesperación le nublaba el pensamiento. Seguía intentando comunicarse con su cuñada pero no tenía éxito. A diario iba a las oficinas de las autoridades. Solo le decían que debía seguir esperando. Así estuvo tres semanas. Hasta que no soportó más. Reunió dinero y se propuso ir por su hija. 

Contactó a un amigo que vivía en Tacna, una ciudad peruana ubicada cerca de la frontera chilena. Él se ofreció a darle refugio para que estuviera más cerca de su hija. También le presentó a un trochero que podría ayudarlo a cruzar la frontera entre Perú y Chile: el imponente desierto de Atacama, con más de 100 mil kilómetros cuadrados de arena y dunas, el lugar no polar con el clima más árido del mundo.

Miguel entendía que debía sortear peligros, que podría perderse, que podría morir. Pero continuó. A veces cree que fue la adrenalina la que le quitó el miedo.

El trochero, como se le conoce a las personas que llevan a los migrantes por los caminos clandestinos a través de las fronteras, era un venezolano que había cruzado el desierto una vez hacia Chile y había regresado a Perú para buscar a su familia y hacer el viaje junto a ellos.

En realidad, no era un conocedor de Atacama. Era un venezolano más, como muchos que hacen esa travesía. La mayoría completa la ruta desde la frontera con Bolivia, pero sortean los mismos peligros del desierto. Se exponen a vejaciones por parte de grupos criminales y a las inclemencias del clima. Solo en 2021, en la frontera norte de Chile, 21 venezolanos perdieron la vida, según confirmó la agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Fue por esos días que Miguel, el trochero y su familia —dos mujeres y una niña de dos años— partieron desde Tacna, que está a escasa distancia de la zona norte del desierto de Atacama. Planeaban caminar 58 kilómetros a través de las dunas desérticas para llegar a Arica, en Chile.

Miguel tenía 22 años cuando comenzó su viaje. Mientras estaba en Venezuela vivía en Cúa, una pequeña ciudad en la que, a pesar de estar rodeada de montañas, el sol quema con fuerza y la temperatura es alta. Por eso, cuando inició el camino hacia el desierto, no le preocupaba el calor: estaba acostumbrado.

En Tacna esperó un par de meses. Trabajaba y buscaba pistas sobre su hija. Constantemente, recibía datos por las redes sociales. Unos más inexactos que otros. Le decían que las habían visto en Chile, en el terminal de Antofagasta, una ciudad ubicada en un área del desierto que está a 1 mil 300 kilómetros de Santiago. También le dijeron que la habían visto en las calles de la capital chilena.

La encargada de un motel le dijo que se habían alojado ahí. Las autoridades chilenas fueron al lugar —porque él había puesto la denuncia ante la Interpol—, pero cuando llegaron ya no estaban. Finalmente, supo que su cuñada y su hija estaban en Santiago: los nombres de ambas quedaron grabados en la hoja de registro de uno de los autobuses. 

Esa fue la pista clara que esperaba. Miguel estaba listo para cruzar el Atacama y encontrar a Dulce.

Hombre caminando por el desierto - Ilustración: Ivanna Balzán

Aquel día de noviembre, llevaba una chaqueta y un pantalón negro. Un par de morrales con toda su ropa y unos 100 dólares. No tenía ni agua ni comida. El trochero que lo ayudaría a cruzar le dijo que solo serían dos horas de camino. Eran las 7:00 de la mañana.

El sol empezaba a asomarse, pero el clima se mantenía fresco.

A su alrededor, Miguel solo miraba dunas y arena amarilla. El cielo estaba despejado. Caminó unos 20 minutos hasta una estructura de cemento puntiaguda que le pareció un obelisco y que marcaba el límite del territorio peruano. Encontraron unas vías de tren oxidadas y comenzaron a caminar por ellas. Esa sería su brújula. 

Había mucho sol; el calor seguía subiendo.

En el camino, además de arena, había basura, ropa, zapatos. Señales inequívocas de que otros habían pasado por ahí. Seguían caminando con nada más que desierto atrás y a los lados. Pero de frente, a lo lejos, vieron una patrulla fronteriza chilena.

Se quedaron ahí parados. No había hacia dónde correr. Los carabineros, como le llaman a los policías en Chile, ya estaban demasiado cerca. Desde una camioneta Hilux color verde olivo, los interceptaron y les notificaron que estaban cruzando por pasos no autorizados, y que serían devueltos al territorio peruano. En el vehículo montaron todo el equipaje, pero a ellos los hicieron regresar a pie.

Caminaron 30 minutos más, de regreso a suelo peruano. 

Antes de retomar el recorrido habían visto una casita abandonada cerca del paso del desierto. Ahí decidieron esperar hasta la hora del almuerzo de los oficiales chilenos, que el trochero aseguraba era a las 2:00 de la tarde. Las dos mujeres que viajaban con él le dieron agua. En cuanto el reloj marcó las 2:00, salieron de nuevo. Usaron la misma ruta: camino de 20 minutos hasta el límite fronterizo y unos 15 minutos más a través de las deterioradas vías del tren. Pero aparecieron los mismos policías. Esta vez salieron detrás de una duna de arena. Los montaron en la camioneta y los regresaron al mismo lugar. A bordo del vehículo, Miguel solo pensaba que no iba a rendirse, que encontraría la manera de cruzar.

Trató de hablar con ellos y explicarles que estaba desesperado por encontrar a su hija. Los policías solo le dijeron que durante el día era imposible cruzar. Así fue como el segundo intento terminó de nuevo en la casita abandonada de donde habían salido antes. Luego los encontraron unos oficiales de la policía fronteriza peruana, les dieron comida y los dejaron quedarse allí. Miguel lo agradeció, porque solo tenía en el estómago lo poco que había comido la noche anterior.

“La tercera es la vencida”, pensó Miguel. 

Ese mismo día, pasadas las 5:00 de la tarde, volvieron a intentar cruzar el desierto de Atacama. Para evitar que los atraparan, procuraron caminar hacia la costa, bordear el desierto y así cruzar hacia Chile. Caminaron al lado de la carretera, pero los interceptó un vehículo de la policía fronteriza de Perú.

—Señores, sus documentos por favor —dijo uno de los dos oficiales que se bajaron de la camioneta roja.

—¡Mano, somos venezolanos! No tenemos papeles. Yo voy a buscar a mi hija —exclamó Miguel.

—Bueno, si quieren pasar a Chile, denme 50 soles cada uno.

Eso equivalía a unos 12 dólares americanos. Ninguno aceptó pagar. Los policías los subieron al vehículo y los regresaron, una vez más, hasta el centro de Tacna. El grupo se separó. Las dos mujeres y la niña se fueron con el trochero a la casa donde se hospedaban. Miguel volvió con el amigo que le había dado refugio al inicio del viaje. Pero, antes de separarse, acordaron volver a intentarlo al día siguiente, a las 7:00 de la noche.

Se reunirían en el centro del pueblo y tomarían un vehículo hasta la casa abandonada. Sin embargo, ese viaje tampoco fue como esperaban: aún estaban en territorio peruano cuando las autoridades chilenas los vieron desde el otro lado y alertaron a sus vecinos. La policía fronteriza los detuvo y los dejaron en la vivienda abandonada.

Miguel ya no soportaba el cansancio y el miedo. Les rogó que lo dejaran buscar a su hija. El policía, conmovido por su historia, le explicó que a esa hora no podían cruzar porque en Chile hacían cambio de guardia y estaban más atentos. Les recomendó hacerlo a las 11:00 o a mediados de la noche. Y eso hicieron.

Caminaron entre el puesto de control fronterizo, a un lado del desierto, y las vías de tren abandonadas, al otro lado. Era casi medianoche. La arena aún se sentía caliente. A Miguel le llegaba hasta los tobillos y, con cada paso, entraba en sus zapatos deportivos. El cielo estaba lleno de estrellas que rodeaban la luna. No era una luna llena, era una creciente, a la que solo se le veía una cuarta parte. Su luz no iluminaba lo suficiente.

Llevaba consigo una linterna, pero si la encendía podrían encontrarlos de nuevo. No podía ver nada de lo que estaba a más de dos metros de él. Ya estaba pisando la arena del lado chileno. Estaba alerta. Avanzaba, lleno de optimismo, con pasos lentos. Su marcha se detuvo cuando escuchó el ruido de un motor.

Los carabineros estaban en una camioneta negra con las luces apagadas. 

Llegaron como si estuvieran jugando a las escondidas. Miguel quiso cubrirse con una duna, pero no vio que tenía alambre de púas. Se quedó atrapado e inmóvil mientras los oficiales caminaban hacia él.

Les advirtieron que debían regresar, pero no los escoltaron hasta la frontera. En cuanto se fueron, Miguel y el resto del grupo se adentraron más hacia el desierto hasta acercarse a la carretera y al control fronterizo que separa a Tacna de Arica. 

Caminaron por tres horas para acercarse más a la ciudad chilena. Y siguieron, sin detenerse, hasta llegar a la carretera que pasa cerca del Aeropuerto Internacional de Chacalluta, en Arica. Marchaban al borde de la calle y, cada vez que pasaba un vehículo, se tiraban al suelo para que no los vieran.

Antes de iniciar la travesía, el trochero había acordado con sus familiares en Chile que le enviaran un taxi de confianza a la ruta que pasaba por el aeropuerto en cuanto él les avisara. Así podría recogerlos sin que nadie sospechara, porque muchos pasaban por ahí para llevar pasajeros. En 20 minutos el vehículo llegó por ellos. 

Miguel habló con el señor que lo iba a recibir. Se quedó ahí y trabajó para poder irse a Santiago, donde esperaba que su tortuoso viaje acabara.

Un mes después, estaba en Santiago.

Padre e hija abrazados - Ilustración: Ivanna Balzán

Su cuñada decidió llevarse a Dulce aquel sábado de agosto porque estaba segura de que con ella viviría mejor. Tras la muerte de su hermana, prometió hacerse cargo de la pequeña. En Perú el dinero solo les alcanzaba para comer y pagar servicios. Además, Miguel trabajaba todo el día.

Él estaba al tanto de eso. Conocía el apego que sentía Dulce hacia su tía, a quien llamaba mamá, y le preocupaba cuánto podía afectarle que la detuvieran a ella. Por eso nunca consideró denunciar a su cuñada por llevársela. Solo quería a su hija cerca.

Recibía información del paradero de ella constantemente a través de las redes sociales. Cada vez los datos eran más exactos, pero, para despistarlo, su cuñada decidió escribirle.

—Sí, estamos en Santiago. Te voy a entregar a la niña —le dijo y puso a Dulce ante la cámara del celular para que la viera.

Por unos días, dejó que Miguel hablara con su hija por videollamadas. Pero después volvió a bloquearlo. Con esto, él sabía que ella no tenía intenciones de entregarle a la niña.

Durante casi un año, fue a las oficinas de las autoridades para que le ayudaran a encontrar a su hija. Desesperado, viendo cómo el tiempo pasaba, contrató a un detective privado, que le cobraba mucho dinero, así que decidió no seguir con él. 

Miguel recorría Santiago buscándola.

No las encontró. Ellas se habían movido hacia la ciudad de Concepción, a cinco horas de la capital chilena. Miguel lo supo, de nuevo, por los datos que recibía a través de las redes sociales. Su cuñada se enteró que ya la había ubicado otra vez y se puso en contacto.

—Miguel, Dulce está bien. Está estudiando.

—¡Ah! Ya sabes que sé dónde están. Sé dónde trabajas, donde vives y donde dejas a la niña. Tráeme a mi hija o la voy a buscar.

Tal vez porque sintió que no podía huir de nuevo, que él la encontraría donde fuera, ella accedió a llevarle a Dulce. Él le aseguró que por el bien de la niña no tomaría represalias en su contra e incluso aceptó que estuviera con la niña cada vez que quisiera.

Entonces pautaron un encuentro para la semana siguiente. 

Ya había pasado un año desde aquella noche en que llegó a su casa y Dulce no estaba. No sabía si estaba más alta o si se mantenía tan pequeña como la recordaba, pero agradecía que su pequeña, que ya tenía 4 años, aún lo recordara.

El día del reencuentro no podía quedarse quieto. Miraba el teléfono cada minuto esperando el mensaje que le indicara que ya habían llegado, que podía volver a abrazar a Dulce.

Entonces, el teléfono pitó y él salió. Un sonido inundó el lugar. Era suave, agudo e infantil. Y absolutamente alegre.

—¡Papá! —gritó Dulce y corrió hacia él.

Su corazón, que desde hacía un año parecía palpitar más rápido, retomó su ritmo normal. La sonrisa que le era esquiva volvió. La abrazó, con firmeza y ternura, en un gesto que indicaba que nunca más se separaría de ella.

Por ella se iría hasta China caminando.

*Los nombres de Miguel y Dulce fueron cambiados a petición del protagonista para proteger su identidades.

el aula e-nosEsta historia fue producida gracias a una beca de la Fundación para la Cultura Urbana, en el curso Tras los rastros de una historia, dictado por Albor Rodríguez en El Aula e-nos.

7094 Lecturas

Soy licenciada en comunicación social, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Escribo crónicas sobre migración —y algo más— desde 2020.

    Mis redes sociales:

Ver comentarios

Un Comentario sobre;

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *