Lisbeth jamás se cansó de esperar

Jul 21, 2017

El pasado 4 de mayo, Katiuska Salón, una estudiante de Derecho de la Universidad Fermín Toro, de Barquisimeto, se dirigía a su carro cuando fue interceptada por tres mujeres armadas con un punzón. Lo que pensó que era un secuestro concluyó en un tráiler de la Guardia Nacional, donde terminó detenida, acusada de delitos militares. El agravamiento de su condición diabética le permitió recibir una medida de casa por cárcel, 23 días después de su detención.  

Fotos: Jesús Hernández

 

El 4 de mayo de 2017 está tatuado con tinta indeleble en la historia de la familia Salón.

Esa tarde soleada había una protesta en la Universidad Nacional Experimental Politécnico y en varias zonas de Barquisimeto. Katiuska Salón, una estudiante de 19 años, salió de su casa cerca de las 3:00 de la tarde. Iba bien vestida porque tenía una exposición en la Escuela de Derecho de la Universidad Fermín Toro, donde estudia con su hermana Valeria y su cuñada Lisbeth Gámez, pero antes debía llevarle dos botellas de agua a un amigo de la Unexpo.

Comió algo en una panadería ubicada en la avenida Rotaria y caminó un par de cuadras, pero al ver muchos motorizados en la zona decidió devolverse hasta el carro. Ya cerca, tres mujeres la cercaron y amenazaron con un punzón, ordenándole que abriera el automóvil.

Katiuska se negó y comenzaron a discutir. Una de las mujeres le preguntó qué hacía y, cuando ella le respondió que era estudiante de ciencias políticas y derecho, aquella le insistió en que abriera el carro. Ante la negativa de la chica, la insultaron y golpearon, diciéndole que la iban a matar, que la iban a meter presa.

Dentro del carro, continuaron golpeándola y amenazándola con el punzón. Katiuska pensaba que se trataba de un secuestro, hasta que la llevaron a un tráiler de la Guardia Nacional Bolivariana, en la calle 60 con carrera 15, cerca de la casa del Polo Patriótico de la capital del estado Lara y, entre empujones, la pusieron frente a un guardia.

–¡Aquí te traemos a otra!

En ese momento, entendió que estaba detenida. Los guardias le quitaron el celular y uno de ellos comenzó a hacer llamadas. Luego, la obligó a marcar un número que tenían escrito en un papel y a sacarle información al muchacho que contestó del otro lado de la línea. Tuvo que preguntarle su nombre, edad, qué hacía y dónde estaba. El chico contestó todo y ella no podía decirle que no lo hiciera porque la tenían amenazada.

Desde el tráiler, vio cuando de la casa del Polo Patriótico salieron cuatro hombres vestidos de civil que revisaron su carro de arriba abajo. No hallaron más que las dos botellas de agua, libros universitarios, un cuaderno y un celular. Se robaron todo. Además del gato y el caucho de repuesto. Luego se montaron en el carro y salieron, para volver unos 20 minutos después. Allí comenzaron a limpiarlo meticulosamente con un trapo, especialmente las manillas.

Al día siguiente un diario local reseñaría que un carro del mismo modelo que el de la familia Salón –un Optra negro, placa AC325FM– fue usado por colectivos para disparar a los estudiantes que protestaban afuera de la Unexpo ese 4 de mayo, cuando detuvieron al menos a ocho personas.

Katiuska era una de ellas.

 

Para Lisbeth, su cuñada, todo fue muy confuso. Esa tarde había salido de su casa a buscar el boletín de notas de sus hijos. Salió sin celular y al regresar vio que tenía varias llamadas perdidas de un número desconocido. La llamaron de nuevo a eso de las 5:00 de la tarde y, cuando contestó, escuchó la voz de un hombre con acento andino que le indicó, sin más explicaciones, que fuera a la 60 con 15.

Al rato, volvió a llamarla, con la misma instrucción, indicándole que tenían a Katiuska detenida y que debía ir a retirar el vehículo.

Lisbeth tomó un taxi y fue con Valeria. Al llegar vio a Katiuska, pero cuando trató de acercarse, el sargento le dijo:

–Entrégale las llaves y te vas.

Lisbeth quiso saber el por qué de la detención, pero el hombre solo repitió la orden. Cuando preguntó a dónde la llevaban , el hombre no respondió. Simplemente la montaron en un jeep. Katiuska apenas alcanzó a decir que llamaran al Foro Penal Venezolano.

Lisbeth temblaba. No sabía ni llegar a la avenida. Intentaba calmarse mientras pensaba en aparecerse en casa con el carro y sin Katiuska.

Dulce, la madre de Katiuska, recién había salido de una hospitalización. Al ver entrar el carro al estacionamiento, se alegró. Pero apenas Lisbeth y Valeria se bajaron, preguntó por su hija.

Lisbeth le informó que estaba detenida por la Guardia Nacional. Y llamó al número del sargento, que había quedado registrado en su teléfono, a fin de indagar a dónde llevaban la muchacha.

–A la Morán –le respondió el militar.

Las tres mujeres fueron al destacamento 121 de la Guardia Nacional en la avenida Morán. Allí les dijeron que buscaran en el comando de Las Tinajitas o el de La Montañita, pero como no sabían ubicar esos comandos, volvieron al punto de inicio: la 60 con 15.

Ya eran las 6:30 de la tarde.

Luego de algunas evasivas, el mismo sargento que le había entregado el carro a Lisbeth, le aseguró que su cuñada estaba en el destacamento de Las Tinajitas, al oeste de Barquisimeto.

Pero en ese mismo momento, a Katiuska la cargaban en un jeep por todo Barquisimeto, junto a Alejandro Adarfio y un menor de edad, a quienes también apresaron ese día. En el camino los guardias los acosaban preguntándoles quiénes les pagaban. A Katiuska le decían que ella era la cabecilla de los guarimberos en el oeste de Barquisimeto, que ella los financiaba, que era una sifrina, que tenía carro, que estudiaba en la Fermín Toro.

En medio de la presión, el menor de edad, cediendo ante el chantaje de uno de los guardias que les prometió dejarlos ir si cooperaban, afirmó que sí les pagaban, y los llevó a casa de un amigo suyo, que no estaba en ese momento en su residencia. Alejandro intervino y les confió a los guardias que el niño no les había dicho la verdad, y estos, molestos por el engaño, le dieron un cachazo a cada uno en la cabeza. Luego Katiuska supo que Alejandro era autista, una condición que le impide mentir.

Aturdida, Katiuska podía ver dónde estaba, pero los chicos no, ya que los tenían con la cara pegada al piso del jeep. Hasta que llegaron al destacamento de Las Tinajitas.

Allí, mientras permanecían esposados, los acusaron de haber herido a un guardia. De nada sirvió que ellos repitiesen una y otra vez que eran inocentes. Ese fue, de hecho, uno de los cargos que le imputaron a Katiuska y a Alejandro: ataque al centinela. También los acusaron de ultraje al centinela e inutilización de dependencias militares.

En ese destacamento escribieron “la causa” de Katiuska Salón, en la cual se señaló que la detuvieron a las 7:00 pm, cuando supuestamente hirieron al guardia, aunque el grupo de mujeres la embistió a las 4:30 pm. También dice que ella y Alejandro atacaron el tráiler de la GNB de la 60 con 15 a esa hora, aunque el tráiler estaba intacto cuando la sacaron de ahí.

 

La familia Salón llegó al destacamento rural de Las Tinajitas cerca de las 8:30 de la noche. Ahí les dijeron que a Katiuska se la habían llevado a hacerse unos exámenes médicos y los hicieron esperar durante horas dentro del carro.

Y era cierto. Katiuska estaba en el ambulatorio de La Paz, donde fue recibida por un médico que le hizo algunas preguntas. La muchacha tenía las manos muy hinchadas. Preocupada y a escondidas de los custodios, la doctora de guardia llamó a Lisbeth cerca de las 9:30.

–Necesito que te vengas porque los exámenes que le practicamos indican que ella tiene la glicemia demasiado alta. Y es bueno que la veas –le dijo, recomendándole que llegara a la emergencia y no dijera nada.

Cuando Lisbeth llegó, 40 minutos después, ya le habían colocado un suero y la habían conectado a una máquina que monitoreaba su corazón, que latía a 150 pulsaciones por minuto. Katiuska sufre de diabetes tipo 1 y sentía que la solución que le colocaron por las venas le había disparado más la glicemia.

La señora Dulce entró, vio a su hija y se le fue el aliento. El guardia que estaba custodiando a la estudiante iba a sacarlas del sitio, pero la doctora, de origen cubano, intercedió:

–Déjala a ella que es la mamá, para que la muchacha se tranquilice.

Pero el tiempo pasó y no se estabilizaba. Los guardias, impacientes y molestos, decían que se trataba de un “show” de la chica. A las dos de la madrugada, llegó un capitán, alterado, diciendo que ya no podían esperar más, y la doctora le respondió que no la iba a entregar en esas condiciones, porque sería su responsabilidad.

–Le doy media hora para que la entregue, porque si no, voy y busco a un doctor del Hospital Militar para que usted vea que sí me la tiene que entregar.

La dieron de alta una hora después, medianamente estable, y los guardias la devolvieron a Las Tinajitas. A la familia le dijeron que le llevaran ropa limpia a la mañana siguiente.

A Katiuska la sentaron esposada en una silla de plástico, todavía con la vía puesta en el brazo. Los otros dos muchachos durmieron esposados en el piso. Ella no podía dormir. El guardia que los custodiaba tampoco. Y ahí, en medio de la madrugada, hablaron de la situación del país, de las protestas, como dos venezolanos.

–¿Por qué nos hacen esto, por qué nos golpean?

–Por impotencia –le respondió el guardia.

Amaneció.

A las 6:30, Lisbeth ya estaba en Las Tinajitas con ropa limpia y comida para Katiuska, pero no fue sino hasta las 11:00 de la mañana que la dejaron pasar. Podían verse a través de las rejas de la instalación, pero no conversar. En la celda solo quedaban Alejandro y Katiuska. Al menor de edad lo habían liberado.

Lisbeth pasó el día angustiada, a las afueras de la instalación, porque los guardias le advirtieron que su cuñada sería trasladada, ya que ese sitio no era una cárcel. Y así fue. A las 9:00 de la noche la llamaron para informarle que sería llevada al destacamento de Alí Primera. “Para que te acerques y verifiques que llega bien”.

A esa hora, y sin conocer la convulsionada vía de El Cují, Lisbeth fue con una vecina hasta esa comandancia al norte de Iribarren. Al llegar le confirmaron que Katiuska estaba ahí. Al día siguiente volvió temprano para llevarle comida.

Entonces le informaron que la habían trasladado a la audiencia. Ahí empezó la odisea del domingo 7 de mayo.

Lisbeth se dirigió al Edificio Nacional, donde están los tribunales civiles, pero a las 11:00 de la mañana se enteró de que a Katiuska la habían llevado a los tribunales militares.

Cinco horas después, la llamó Abraham Cantillo, un abogado del Foro Penal, diciéndole que le llevara comida. Cuando Lisbeth se apareció, le preocupó ver que Katiuska respondía con monosílabos a sus preguntas. Debía estar exhausta. A las 6:00 de la tarde la sacaron para seguir con la audiencia, mientras afuera, Lisbeth y Valeria esperaban. Los nervios no las dejaban en paz. A veces se les acercaban los papás de Alejandro para saber si tenían noticias, pero nadie sabía nada. La mamá del joven no hacía más que llorar.

Se hicieron las 10:00 de la noche. El reflejo de las lucecitas del aeropuerto Jacinto Lara alumbraba la calle vacía.

Desde la mañana hasta la noche, Katiuska contestó todas las preguntas de la fiscal. Lo mismo hizo con el alguacil y con el juez. Ella no entendía nada de lo que pasaba. Estaba en otro mundo cuando le dijeron que la iban a recluir en la cárcel de Ramo Verde, a donde también enviarían a Alejandro.

Un abogado le preguntó si había entendido, y ella le dijo que no.

–Vas a Ramo Verde –le recalcó.

Katiuska se abrazó a Alejandro y ni siquiera lloró, mientras afuera Lisbeth se enteraba de la mala noticia. Y de una rendija de esperanza: que buscara la carta de residencia de su cuñada, la constancia de estudio, los exámenes médicos que tuviera y el informe de la doctora que la atendió en el ambulatorio de La Paz, para ver si podían evitarlo.

Esa noche, Katiuska volvió a dormir esposada sobre una silla y Alejandro en el piso.

El lunes Lisbeth y Valeria salieron de casa a las 7:00 de la mañana, cruzando Barquisimeto y Cabudare, en medio de las protestas de ese día. Lograron conseguir los documentos que les pidieron los abogados para gestionar la medida humanitaria que salvaría a Katiuska de Ramo Verde. El martes en la mañana, Lisbeth los entregó.

 

Ese mismo día comenzó la rutina diaria de ir a Alí Primera. Allí los detenidos debían bañarse prácticamente juntos. Las mujeres tenían más suerte, porque eran pocas y se bañaban de dos en dos. Les daban un potecito de litro y medio de agua con el que tenían que lavarse en un minuto.

El destacamento se fue llenando con los días. Eran muchos los detenidos por las manifestaciones antigubernamentales. A las mujeres no las golpeaban, pero a los hombres sí. Y dormían de pie en un cuarto pequeño, pintado de blanco. Las mujeres tenían colchonetas.

El jueves en la mañana sacaron a Katiuska y a Alejandro. Se los llevaron antes de que Lisbeth llegara con el desayuno. Le dijeron que los habían trasladado a La Morán, pero cuando llegó ahí no estaban. Espero y esperó, como siempre.

A las 5:00 de la tarde, Katiuska llegó a la Morán. Un guardia, escondido de sus superiores, le pasó el teléfono a Katiuska para que Lisbeth pudiera hablar con ella. Durante dos días no pudo verla, preocupada porque sabía que en La Morán tienen a presos de todo tipo y en una misma celda puede haber homicidas e inocentes.

Esa noche esposaron nuevamente a Katiuska y Alejandro. En la madrugada, un guardia les empezó a lanzar piedras y darles patadas. Y en más de una ocasión golpeó al muchacho. Paró cuando una oficial le llamó la atención, diciéndole:

–Déjalos, a ellos no les podemos hacer nada porque no son detenidos de esta comandancia.

 

Con el paso de los días, la salud de Katiuska se fue deteriorando. Había dejado de tomar el tratamiento para controlar su diabetes porque no lo conseguía en las farmacias. Además, las protestas cada día se ponían más fuertes y a veces los guardias salían heridos. Cuando eso ocurría, se desquitaban con ellos. Los levantaban en la madrugada. No los dejaban dormir. Los obligaban a lavar el baño de los guardias, a limpiarles su cuarto, a ayudar en la cocina. A veces no los dejaban bañarse. Los amenazaban con trasladarlos.

Cada vez que Katiuska oía que había traslados, le decía a Lisbeth: “No me dejes sola”. Y cada vez que Lisbeth escuchaba que había traslados, llamaba a Valeria y se instalaban afuera del destacamento.

En la calle, las protestas, saqueos y robos se intensificaron. La cárcel se llenaba y se vaciaba de pronto. Y Katiuska seguía ahí.

Hasta que un día Lisbeth llegó a Alí Primera y un teniente le dijo:

–Quiero que traigas a un médico. A alguien que revise a tu hermana, porque las custodias me han dicho que ella no hace más que dormir. A veces tienen que moverla para ver si está viva.

Lisbeth llamó a un familiar que es médico. Cuando entró a la celda, Katiuska estaba acostada, bañada en sudor. La revisó y le mandó a hacer unos exámenes porque, en efecto, estaba muy decaída. Se mareaba, le dolía mucho la cabeza, no le provocaba comer y solo dormía.

Con las órdenes médicas, los abogados introdujeron un escrito que hizo posible que a Katiuska le hicieran los exámenes. Y sí, su salud se había ido en picada.

 

Lisbeth tuvo que hacer personalmente muchas diligencias del comando, porque los militares le decían que no tenían transporte. Los abogados la tranquilizaban, dándole esperanzas sobre la medida humanitaria, que finalmente le fue concedida.

Fue un jueves. Lisbeth no sabía qué hacer.

Los abogados le recomendaron no decir nada en casa hasta que no tuvieran la boleta en sus manos. Ella sentía más presión porque quería decirle a su familia que ya pronto iban a tener a Katiuska, con una medida sustitutiva, pero en casa. No quería hacerlo hasta que no ocurriera. Katiuska tampoco sabía nada.

Lisbeth decidió irse a Alí Primera.

Cuando llegó, el teniente le dijo que no tenía noticias de la boleta, que había sido entregada en La Morán, pero que allí no había transporte. Lisbeth esperó afuera todo el día.

El viernes tenían la boleta y a Katiuska la entregaron en la tarde. Desde entonces está presa en su casa. Estuvo 23 días en la cárcel, y todavía su familia está luchando por su libertad plena.

En todo ese tiempo, Lisbeth jamás se cansó de esperar.

 


La vida de nos agradece al Foro Penal Venezolano por su apoyo para la elaboración de esta historia.

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Estudié periodismo en la Universidad Fermín Toro, en Barquisimeto, donde he permanecido siempre. Desde niña me he expresado a través de la escritura y el amor a las letras es una de las pocas constantes que resuenan en mi vida. Todavía quiero ser escritora y pasar en París largas temporadas.

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