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Al menos la casa ya no estaba vacía

Ago 12, 2023

En 2016 se fue una; en 2017 la otra: las dos hijas menores de Carmen migraron a Ecuador y ella se quedó sola en la casa que habían compartido. Al tiempo, un médico la diagnosticó con depresión, pero ni los psicofármacos que le mandaba le permitían descansar. Las hijas la apoyaban como podían. En 2021 decidieron venir a Venezuela. Cuando la segunda regresó, vivieron una historia de terror que contamos en Caminos a ninguna parte, nuestro primer documental animado.

ILUSTRACIONES: CARLOS LEOPOLDO MACHADO

Una casa vacía, silenciosa, demasiado grande para ella. A mediados de 2017, Carmen Vázquez se quedó sola en su hogar, al norte de Mérida, y se sentía nostálgica. Evocaba los tiempos en los que tenía a su familia cerca. María Daniela y María Fernanda Camacho, sus hijas, estaban ya a 1 mil 958 kilómetros de Venezuela, en Quito, Ecuador. Intentaban acostumbrarse al ajetreo, al clima de la ciudad y a su nueva vida. Al migrar, habían dejado sus carreras universitarias a medio terminar y a su madre.

Carmen lloraba cada vez que hablaba con ellas por teléfono. Sollozaba, se sonaba la nariz y al día siguiente, cuando volvía a conversar con ambas, fingía que la ausencia no la angustiaba. 

La secuencia se repetía una y otra vez. 

Llamar, sonreír, colgar, llorar, llamar, sonreír, colgar… 

—Mamá, pronto volveremos a abrazarte —le decían ellas. 

En 2016, María Daniela migró por tierra con dinero prestado. Tenía 21 años, y ansias de escapar de la crisis económica venezolana: de la escasez y la incertidumbre. En 2017, tras la violenta represión que ese año desataron las fuerzas de seguridad del Estado en contra de las protestas ciudadanas que rechazaban el régimen de Nicolás Maduro, María Fernanda, de 25 años, siguió a su hermana. Carmen, entonces, comenzó a sentir que todo a su alrededor perdía tonalidades. El verde de Mérida se tornó gris, y el cielo adquirió un azul desgastado. Ella trabajaba como funcionaria en las oficinas del Servicio Autónomo de Registros y Notarías (Saren) y se sumergió en su rutina laboral acaso para ignorar su soledad.

Para los padres los hijos no crecen, solía reflexionar. Imaginaba a sus muchachas en Quito y, a veces, pensaba que debía protegerlas. Y si bien sabía que no era la única madre que sufría en Venezuela por la migración, se preguntaba si habría alguna cuyo dolor superara al suyo. En ese entonces, la Organización Internacional de Migraciones estimaba que más de 58 mil venezolanos se habían desplazado hasta Ecuador.

Angie, su hija mayor, también vivía en Mérida y la visitaba cuando podía. Pero su propia dinámica familiar no le permitía estar con su mamá en sus momentos oscuros. A finales de año, Carmen fue al médico por una hernia discal cervical. Luego de atenderla, el doctor la remitió a psiquiatría, por síntomas de depresión. 

Los reposos de la madre de las Camacho se extendieron. Primero por unos días, después por semanas y finalmente por meses. Fueron ordenados por especialistas del Hospital Universitario de Los Andes, quienes también le prescribían sertralina y clonazepam para que pudiese dormir bien y llevar una vida más o menos tranquila. A pesar de que los medicamentos debían hacerla descansar, el insomnio no cedía: podían pasar hasta tres noches despierta, llena de recuerdos, de momentos borrosos del pasado.

Los reposos siguieron extendiéndose.

En 2018, María Fernanda anunció que estaba esperando un bebé y, por primera vez desde su partida, Carmen se sintió alegre. Con el dinero que le enviaron desde Ecuador, compró un boleto y se fue a Quito en agosto de ese año. 

Allá abrazó con fuerza a sus hijas. 

El embarazo de María Fernanda era de alto riesgo. Al bebé, Moisés, lo sacaron del vientre materno en una cesárea de emergencia, en octubre de 2018. Apenas respiraba. Tenía solo la mitad del corazón formado, algunas arterias invertidas, el labio leporino y un cromosoma de más. Los médicos del Hospital Pediátrico Baca Ortiz les dijeron que el recién nacido tenía más de 11 afecciones, y le prometieron a María Fernanda hacer lo que estuviera a su alcance para salvarlo.  

Carmen contemplaba a su nieto, diminuto e inconsciente, y pedía un milagro. En diciembre, Moisés fue sometido a una operación para instalar una válvula en su corazón.

Debido a las leyes ecuatorianas de permanencia en el país, Carmen tuvo que regresar a Venezuela a principios de 2019. Dejó a su hija con un bebé que no podía respirar por sí mismo (sino a través de una bombona de oxígeno) y que se alimentaba por una sonda. 

Un par de meses después, Moisés murió. 

Carmen no salió de casa hasta que el año terminó. Renunció a su trabajo. Solo se levantaba de la cama para llamar y consolar a María Fernanda. 

El desempleo la hundió aún más en la desdicha. 

En los tres años siguientes, Carmen pensó en mudarse a Quito, pero nunca materializó el plan porque sus hijas vivían con esfuerzo y no podían recibirla con comodidades; y porque en Mérida le quedaba un hermano ciego, que necesitaba de sus cuidados. En 2020, aprovechando su experiencia en el Saren, comenzó a dedicarse a gestionar trámites sencillos de los vecinos y amigos cercanos, pero eso no le dejaba mayores ingresos. En 2021, intentó relacionarse con los amigos y salir de casa a dejar que el aire frío le pegara en la cara. Entonces recibió una gran noticia: sus hijas volverían a Venezuela, una para renovar el pasaporte y la otra para visitar. 

Sintió que las energías perdidas en los últimos 1 mil 95 días le volvían al cuerpo.

Abrazó nuevamente a María Fernanda, que llegó en el primer trimestre de ese año. Luego ella fue a buscar a María Daniela, que ingresaría a Venezuela por tierra en abril. El papá de ambas también fue a recogerla.

Hacía demasiado tiempo que Carmen no preparaba un almuerzo cuantioso. Esperándolas, cocinó por horas. Ansiosa y emocionada, batía, freía y cortaba vegetales. Arregló una mesa, invitó a amigos cercanos, dio las gracias a Dios y se obligó a tener paciencia, porque debían llegar a las 2:00 de la tarde. 

El reloj marcó las 4:00 y las muchachas no llegaban.

La preocupación le nubló la mente. Sabía que cruzar los 140 kilómetros desde el Puente Internacional Francisco de Paula Santander a Mérida no les llevaría más de tres horas, a menos de que algo hubiese sucedido. Las llamó un par de veces, pero ninguna atendió. 

Imaginó entonces los peores escenarios. 

Hiperventilando, pidió otro milagro al cielo, recordando que el último, el de su nieto, no se le había concedido. Al anochecer, el norte del estado sufrió un corte eléctrico y Carmen gimió en la oscuridad. Un auto se acercó entonces, y de él salieron sus hijas con los rostros deformados de espanto. 

—Ay, mamá —lloró María Fernanda. 

María Daniela repetía, lacónicamente, que quería volver a Ecuador. 

Desconcertada, Carmen las rodeó con los brazos y les preguntó qué había ocurrido en el camino de regreso. La historia que le contaron fue aterradora. Se preguntó otra vez si habría alguien cuyo dolor superaría alguna vez al de su familia. Una familia golpeada una y otra vez. Esperaba que no.

Pero, al menos, la casa ya no estaba vacía. No estaba sola. Aunque habían roto el silencio del hogar con llanto y no con risas, sus hijas regresaron al fin. María Fernanda y María Daniela habían hallado la forma de volver a sus brazos, a salvo. Era todo lo que necesitaba.

La historia de lo que vivieron las hermanas Camacho al regresar es parte de Caminos a ninguna parte, el primer documental animado de La Vida de Nos 

 


A solicitud del personaje, hemos cambiado su nombre real por Carmen Vázquez.

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Cronista y escritora caraqueña. Vivo de contar las historias de los demás, que es la mejor forma de entender este mundo o, por lo menos, de darle sentido. Ucevista, de mi amada Escuela de Comunicación Social.

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