La familia no se cansa de esperar

Gabriela Sánchez pensaba que no podría volver a concebir. Pero un día supo que estaba embarazada de su segundo hijo. Su esposo y ella decidieron llamarlo Gael Isaac. Solo estuvo con ellos unas pocas horas. Una mujer vestida de enfermera entró a la habitación del Hospital Universitario de Mérida y se lo robó.

Fotografías: Elis Huiza/Álbum familiar

 

De lunes a viernes, de 8:00 de la mañana a la 1:00 de la tarde, una camioneta o un camiónse detiene a un lado de la plaza Bolívar de Mérida, por la avenida 4, frente a la basílica menor de la ciudad. Lleva cornetas que sueltan canciones evangélicas. Los vehículos están rodeados de pancartas y afiches que dicen: Devuelvan a Jael Rivas, niño robado en el hospital, Dios te ama. Devuelvan a Jael,  Jael, te amamos

La escena se repite a diario. 

Se ha vuelto cotidiana. 

En esas pancartas hay un error. El niño no se llama Jael. Su nombre es Gael. La confusión surgió por los mensajes que circularon en redes sociales cuando se conoció la desaparición de un recién nacido en el Hospital Universitario de Mérida: la gente compartió la etiqueta #DevuelvanaJael. Pero para Gabriela Sánchez y Juan Rivas, padres del pequeño, ese error es irrelevante: lo importante es que aparezca su hijo.

 

Mucho antes de estos días de vértigo, un día de noviembre de 2018, un predicador evangélico de una misión cristiana que estaba de paso, se le acercó a Gabriela entre la multitud y le dijo:

Vas a tener un niño que será codiciado por las garras del diablo. Pero la próxima vez que yo vuelva estarás de nuevo con tu hijo.

Gabriela se sorprendió. Sobre todo porque después de dar a luz a su hija, Amaranta Valentina, no había podido concebir de nuevo. Llegó a quedar embarazada otras dos veces, pero tempranamente sufrió abortos espontáneos. Primero le ocurrió con unos morochitos y luego con un niño. 

Junto a Amaranta y su esposo Juan, Gabriela vive en una casa construida con ladrillos de adobe en el sector La Toma, muy cerca del pueblo de Mucuchíes, en el páramo merideño. Allí las montañas se pierden de vista en la niebla espesa, se ven hectáreas repletas de frailejones a metros de la carretera, se ara la tierra con bueyes. Los habitantes reciben a las visitas con una gentil sonrisa y una taza de café caliente para el frío.

Gabriela supo tarde que estaba embarazada. No le había crecido la barriga. Cuando sintió mareos, migrañas y antojos por primera vez, decidió ir al médico para chequearse. Bajó del páramo con Juan y fue a la ciudad de Mérida a hacerse un ultrasonido. En la clínica los doctores la examinaron y le dijeron que en su vientre había un mioma uterino. Debía operarse a la brevedad posible.

¿Un mioma? preguntó, incrédula. 

Como no quedó convencida, al día siguiente decidieron ir al ginecólogo para buscar una segunda opinión. La doctora que los atendió le hizo un nuevo ultrasonido a Gabriela y les dijo que el asunto no era de operación, sino que Gabriela estaba esperando un bebé: tenía 6 meses de embarazo. Era un varón. 

Todos en la familia se alegraron. 

Al bebé lo llamarían Gael Isaac. 

 

El embarazo transcurrió sin contratiempos. El 2 de julio de 2019, con nueve meses de gestación recién cumplidos, Gabriela y Juan fueron a la ciudad, al Hospital Sor Juana Inés de la Cruz, a un control rutinario. Ella no sentía ningún síntoma de que el trabajo de parto estuviera por comenzar. El centro médico les quedaba a dos horas en bus. 

Cuando llegaron el doctor la examinó.

Gabriela, usted tiene 4 dilataciones —le dijo—. Debe ir al hospital universitario, el bebé viene en camino.

El doctor se refería al principal centro de salud del estado. Él no podía atenderla allí, pues no había cómo hacerlo. Y además porque no era obstetra. Lo ideal era que el parto lo atendiera un especialista, sobre todo en caso de que se complicara. 

La pareja tomó un taxi de regreso a su casa en La Toma para buscar cosas que necesitarían. Metieron en un bolso ropa para Gabriela, para Juan y para el bebé. Guardaron también algo de comida. Fue entonces cuando ella comenzó a tener dolores. Se apresuraron y se dispusieron a devolverse, pero se percataron de que no había gasolina en las estaciones de servicio del páramo y no tenían cómo bajar.

En aquellos días, la gente pasaba hasta ocho días en largas colas en las gasolineras para poder llenar el tanque. Y ese 2 de julio no fue la excepción. De modo que Juan y Gabriela pensaron por un instante quedarse en Mucuchíes y tener a Gael allá. Pero recordaron lo que les dijo el doctor: “El bienestar del bebé y el de Gabriela era lo que podía estar en riesgo en caso de algún improvisto”. 

Enyeberth, el hermano mayor de Juan, se ofreció a llevarlos. Lograron llegar al hospital en poco tiempo. Tras ellos, gracias a que los vecinos les hicieron el favor de llevarlos, llegaron también la señora Vicenta, mamá de Juan, algunos primos y otros allegados. 

 

A las 10:36 de la noche del 2 de julio nació Gael Isaac Rivas Sánchez. Pesó 2 kilos 950 gramos. Nació “blanco y grandote”. Al menos eso dicen quienes lo vieron envuelto entre las cobijas.

Al día siguiente, a las 9:30 de la mañana, subieron a Gabriela al piso 3. Juan y su suegra estaban allí cuidándola. Pero una enfermera les advirtió que solo podía quedarse un familiar por paciente, y que las visitas empezaban al mediodía. Estaban muy agotados y vieron que Gabriela descansaba. Así que salieron un rato para aprovechar y preparar el almuerzo en el apartamento donde se alojaban en Mérida. Al regresar con la comida, a eso de las 12:20 de la tarde, notaron que algo andaba mal.

¡Gabriela, Gabriela! ¿Y el niño dónde está?! —preguntó la señora Vicenta.

Ella les respondió lela, con la voz cansada, la mirada perdida. Parecía otra. 

La enfermera vino, me cumplió el tratamiento y se lo llevó.

Salieron nerviosos y desconcertados a preguntar. 

Luego, llegó apresurada una enfermera y gritó:

¡¿Qué pasó, Gabriela, que me asustaron?!

La abuela del niño la interpeló: 

¡¿No se da cuenta de que ella está drogada?!

Gael no estaba en la habitación. 

Corrieron de un lado para otro, sin saber a dónde ir o qué hacer. No entendían lo que pasaba, los funcionarios de seguridad buscaron en todos lados y no hallaron pistas. 

El niño tenía 12 horas de nacido. Dejaron a Gabriela con una prima y se fueron a poner la denuncia en el Cicpc. El cuerpo policial inició las investigaciones. Pero los días pasaron y no hubo novedad. 

Horas después la madre recobró la conciencia. Nunca tuvo certeza de si la habían drogado. Es lo que ella supone por el letargo en el que estuvo envuelta esas horas. Cuando volvió en sí no entendía qué pasaba. La situación superaba cualquier escenario para el que estuviese preparada. Era insólito que le hubiesen arrebatado a su hijo. 

La familia, confundida, buscaba la manera de encontrarlo. Se movían a donde fuese necesario, contactaban con quien los ayudara en el proceso, preguntaban, declaraban. Sentían rabia, impotencia, desesperación, todo a la vez.    

Gabriela solo tuvo su bebé en sus brazos 30 minutos, y Juan no llegó a conocerlo.

Todos, como familia, tomaron la decisión de continuar la búsqueda junto con los organismos competentes. El Cicpc digitalizó un retrato hablado de la mujer que se vistió de enfermera para raptar al recién nacido. Está pegado a los postes y paradas de Mérida: blanca, de ojos grandes, labios gruesos y cabello negro, puede ser cualquiera de las mujeres que caminan por las calles la ciudad. Lo que la distingue, según declararon los testigos, es un corazón tatuado en su antebrazo derecho.

La familia insiste en preguntar a los oficiales encargados sobre los avances en la investigación. Cada día se levantan con la convicción de que están más cerca de Gael. Hablan con tanta convicción que así se siente.

Las autoridades aclaran que no fue el primer intento de rapto por parte de la secuestradora esa mañana. Ese mismo día, en la habitación en la que estaba Gabriela había otras dos madres con sus hijos. La mujer disfrazada de enfermera intentó llevarse a un bebé con una excusa que no convenció a los familiares. Sin dar mayores explicaciones, seguramente para no exponerse, la raptora salió del cuarto. 

Y se topó con Gabriela y Gael.

No hay crimen perfecto —les han dicho en el comando.

Hasta ahora, se han hecho dos pruebas de ADN como parte del caso. La primera se le aplicó a un niño que entró desde Colombia en brazos de una mujer que no traía documentos que lo identificaran. El bebé cumplía con el perfil del bebé raptado. Los resultados indicaron que no era Gael. 

La prueba para realizar este tipo de estudio les costaba 150 dólares en una clínica de la ciudad; la familia cree que de seguro lo pagó un “ángel” porque ellos no tenían los recursos para hacerlo. Al poco tiempo, se hizo otro examen a un bebé que les presentó voluntariamente y de buena fe una pareja casada, pero tampoco era Gael.

Todos los días 2 de cada mes, se organizan para recordar a Gael con más vigor. Para recordarles a todos en el pueblo que la familia no se cansa de esperar. Una vez, le dieron varias vueltas a la plaza Bolívar de Mérida con pancartas y sonido mientras al unísono y con fe pedían por la salud y bienestar del niño. En otra ocasión, se congregaron en la plaza para orar con los feligreses de la iglesia evangélica. Desde la plataforma del camión, los pastores imploraban a Dios por el pronto regreso del bebé, entretanto los asistentes con la mano al cielo bajaban sus caras para secarse las lágrimas.

Su fe en Dios es lo que los mantiene firmes en el compromiso que han emprendido. Eran católicos, pero en medio de esta difícil situación son los cristianos evangélicos quienes los apoyan fervorosamente en sus necesidades y los encomiendan en sus oraciones. 

Tengo esperanzas en que mi hijo va a aparecer. Lo sé porque lo siento en mi corazón. Dios sabrá recompensar con su divina misericordia a una madre que ama a su hijo —dice Gabriela y eleva al cielo sus manos, unidas en señal de petición.

De las personas que se acercan a hablarles en la plaza, la mayoría les dan ánimos y los motivan a perseverar. Aunque ha habido quienes creen que lo que hacen está mal, que han perdido la vergüenza y que perturban el espacio de los demás. Alguna vez les reclamaron preguntándoles si no les daba pena con Dios por estar frente a la iglesia “bochinchando”.

De lunes a viernes, cuando salen de la plaza Bolívar, visitan por las tardes comunidades de la ciudad con panfletos bíblicos para pedir por el regreso del bebé. Y los fines de semana van a la iglesia a orar. Amaranta, de 9 años, la hermanita mayor de Gael, los ayuda a repartirlos cuando los acompaña. A veces, les dice a las personas:

Estoy buscando a mi hermanito que se lo robaron. Ayúdennos a conseguirlo.

Ahora se quedan en Mérida en un apartamento propiedad de Enyeberth. Han encontrado apoyo y alientos en Richard, el otro hermano de Juan que los motiva y los invita a seguir adelante con fe en que Gael pronto aparecerá. Ninguno olvida las palabras que le dijeron a Gabriela un día de noviembre en 2018.

No suben con frecuencia a sus casas en el páramo. Cuando Amaranta está en clases van una vez por semana a buscarla y luego la suben de nuevo. Se limitan a recoger cosas que necesiten, como ropa y comida, que les sirva para continuar en la rutina forzada en la que viven. 

La señora Vicenta, abuela de Gael, en medio de la crisis de los primeros días pensó en amarrarse a un árbol de la plaza Bolívar porque no podía creer por lo que pasaban, alguien los tenía que escuchar. Incluso pensaba que podía apelar así a la persona que hizo aquello. De hecho, aún espera que quien hizo el robo llame o se acerque para decirles dónde está el niño. Nadie de la familia quiere problemas ni tampoco van a tomar represalias, lo único que les importa es Gael.

Juan es un hombre aguerrido y taciturno, pero sensible. Habla cuando es estrictamente necesario. Una vez, entre lo poco que habla, dijo:

Si se da la felicidad incomparable de conseguir a Gael, no es que solo vamos a quedarnos con eso. Vamos después a darle las gracias a Dios todo el tiempo por lo que nos quede de vida.

Juan y Gabriela tienen en La Toma una vaca y dos becerras. Gabriela dice que una de las becerras es de Amaranta y la otra se la guardan a Gael para cuando esté más grande. En su casa tienen leche de la vaca y de las cabras de su abuela. Cuando vuelvan a estar con él y tenerlo entre sus brazos, van a dársela para que crezca sano y fuerte. 


Esta historia fue producida dentro del programa La Vida de Nos Itinerante Universitaria, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para estudiantes y profesores de 16 escuelas de Comunicación Social, en 7 estados de Venezuela.

 

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Estudio cuarto año de Comunicación Social en la Universidad de Los Andes. La vida se compone de las pequeñas cosas que no vemos o dejamos pasar, cierra los ojos y abre el corazón. #SemilleroDeNarradores

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