Sobre esas segundas oportunidades

Una malformación congénita le provocó a María Verónica una hemorragia en la fosa posterior del cerebro. Desde el día del 2014 en que eso sucedió, todo cambió para ella: fue operada varias veces, estuvo 45 días en coma y por poco le diagnostican muerte cerebral. Luego de cuatro años, escribió su testimonio para La vida de nos, y allí da cuenta de cómo ella y sus familiares se aferraron a la fe para recuperarse.

Fotografías: Jesús Daniel Querales / Álbum familiar

 

Mi hermana María Victoria y yo hemos compartido todo, comenzando por el vientre de mi madre. Somos gemelas y juntas vestimos orgullosas el uniforme tricolor de la Selección Nacional de Esgrima Juvenil, hasta hace cinco años.

Hasta que tuve que volver a nacer.

La pedana es la pista donde los esgrimistas hacen sus desplazamientos. Con el florete, que era nuestra especialidad, nosotras pisamos varias alrededor del mundo representando a Venezuela. No sabía que el más difícil y complejo combate tendría lugar en una distinta, que yo llamo la pedana de la vida. En ese combate, las acciones que determinarían los puntos a favor o en contra tenían como árbitro a Dios. Y logré subir al pódium, el lugar reservado para los campeones.

Es sobre esta segunda oportunidad de vivir que quiero contarles.

Desde el día de mi accidente hasta que volví de nuevo a mi hogar, no recuerdo nada. Lo que sé, me lo contaron esos testigos que, segundo a segundo, me acompañaron durante mi estado de coma sin dejar que la soledad me secuestrara: mi familia, el personal que me cuidaba y los que me mantuvieron en sus círculos de oraciones haciéndose presentes aún en la distancia. Fue en noviembre de 2017 cuando supe lo que me pasó. Reunidos en familia, mis padres, mis dos hermanos y yo, lloramos ese día con el relato de lo sucedido.

Mi papá es docente de educación media y mi mamá es médico intensivista. Vivimos en un conjunto residencial en la zona centro-oeste de Barquisimeto, muy cerca de la Iglesia San Agustín. El 8 de octubre de 2014, con 21 años cumplidos, me preparaba para asistir con mi hermana a la universidad, donde estudiábamos la carrera de ingeniería electrónica en computación. Para María Victoria y para mí los estudios tenían la misma prioridad que el deporte.

Luego de tomar el desayuno, comencé a sentirme mareada. A eso le siguió un fuerte dolor de cabeza y pesadez en los miembros superiores, especialmente en el brazo derecho. Mucho tiempo después sabría que lo que estaba ocurriendo no puede decirse de otro modo: era una hemorragia cerebral en la fosa posterior por malformación congénita arteriovenosa.

Este adversario nació y vivió conmigo. Muy astuto, silencioso, traicionero, incisivo y mordaz, nunca se manifestó, pero cuando lo hizo casi cumple su cometido.

Me ingresaron de emergencia al centro de salud más cercano, la clínica IDET de Barquisimeto. En su condición de médico, mi mamá comenzó a vigilar las primeras medidas de atención, y dejó claro que no me hicieran nada sin su consentimiento. Luego del diagnóstico inicial decidieron trasladarme a la Clínica Oído, Nariz y Garganta, conocida como ONG, para hacerme una tomografía y corroborar así la gravedad de mi cuadro clínico.

El resultado fue una nada alentadora imagen que reflejaba la presencia de una hemorragia cerebral, por lo que era necesario que me sometieran a una intervención quirúrgica rápida. Acordaron trasladarme a la Clínica Canabal, ubicada apenas a 5 minutos de allí. Al llegar, me sacaron de la ambulancia directo a la sala de imágenes para que me hicieran otra tomografía, esta vez con contraste. Pero el contraste contiene yodo, sustancia a la que soy alérgica. Mi mamá se los advirtió, así que no pudieron hacérmela.

Fue un momento de gran tensión y apremio. El tiempo corría en mi contra y por esa pequeña arteria se fugaba la sangre que gota a gota se llevaba mi vida.

Me cuentan que al verme la cabeza totalmente rapada todos sintieron un gran impacto. María Victoria, agarrada de mi papá, le dijo:

—¿Qué pasó con mi hermana? ¿Y su cabello? ¿Por qué está así?… ¡Esto se ve muy mal!

El neurocirujano Carlos Angulo, gran amigo de la familia que me estaba atendiendo, les fue franco:

—Oren mucho. Es una operación muy difícil y delicada. Que Dios me permita ser el instrumento de salvación de esta hija. Prácticamente voy a ciegas.

La misericordia de Dios atendió esos angustiosos ruegos y tras seis largas horas salí del quirófano. Cauterizaron la arteria, el derrame se detuvo y me limpiaron los coágulos de sangre.

La cirugía había sido un éxito.

Estuve hospitalizada casi por tres meses. De estos, fueron 45 días en coma dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos. Me practicaron otras seis intervenciones quirúrgicas. Padecí una infección urinaria y una meningitis que me mantuvieron en un estado clínico muy grave. Es decir, era una paciente con pronóstico reservado. Si me recuperaba, la preocupación entonces sería cuál iba a ser mi calidad de vida.

A los pocos días de entrar a la UCI fue el cumpleaños de mi mamá. Ese día, como siempre, mis familiares se mantuvieron en las áreas permitidas hasta que les llegó la hora de retirarse. Compartieron una cena, sumidos en una profunda tristeza, dado mi delicado estado y mi forzada ausencia. Cuando se disponían a descansar, una inesperada llamada los hizo regresar a la clínica: me había complicado; estaba muy grave.

Al llegar, los médicos reunidos les informaron a mis padres algo que hubiesen querido no escuchar nunca:

—María Verónica está muy comprometida. Tiene las pupilas midriáticas, paralíticas, ambas se encuentran dilatadas y no se contraen ante el reflejo de la luz; no hay ningún tipo de respuesta neurológica. Tiene inestabilidad cardiovascular. Se está enclavando.

Enclavando. Curiosa palabra. Es el término médico para indicar un daño irreversible del tallo cerebral y que, naturalmente, compromete la vida del paciente.

La evaluación me ubicaba en un puntaje muy bajo en la escala de Glasgow, el método que permite medir el estado de conciencia de las personas en coma. Yo tenía un puntaje inferior a esa escala, que va del 3 al 15. Establecieron un lapso de 24 horas para seguir observando, evaluando y, en el peor de los casos, determinar la posibilidad de mi muerte cerebral.

Mi madre médico, que comprendía muy bien lo que sus colegas acababan de  informar, expresó:

—Juan de Jesús, Dios nos la dio y Dios nos la quitó.

Pero mi padre respondió:

—No es hora de llorar sino de orar. En ese puntaje tan bajo que nos dicen tus colegas está el espacio en el que trabaja Dios. María Verónica está viva.

Fue entonces cuando los médicos invitaron a mi hermana para que pasara a la sala de cuidados intensivos  y tratara de captar alguna señal o respuesta mía que ellos no podían percibir.

—No la va a ver como el día de ayer —le advirtieron—. Tenga mucho valor. Trate de no llorar. Llámela por su nombre y apriete sus manos.

María Victoria entró, me besó, tomó mis manos y me dijo:

—Verito, necesito saber de ti. Sé que me estás oyendo. Aunque sea un poquito, haz el esfuerzo para poder sentirte. No voy a permitir que me abandones. Tienes que luchar.

Al salir, mi hermana les aseguró a mis padres que yo sentía y que quería hacérselos saber.

Después los médicos se reunieron, me evaluaron y luego les dijeron a todos:

—Tranquilos, calmen las angustias. No sabemos qué pasó… pero esa morocha está respondiendo. Es una guerrera. Hay ciertas manifestaciones de respuesta a los estímulos. Familia, es hora de que repongan fuerzas y energías, regresen a sus casas.

Aquella había sido una larga noche de vigilia y angustia.

Por encima del conocimiento científico, objetivo y preciso, entre las luces de alarmas de los monitores y los exámenes reflejando mi gravedad, la fe mantenía encendida la lumbre de la vida.

 

Luego de 72 días me dieron de alta. Salí en camilla, con poco peso —caquéctica—, una sonda urinaria, una traqueotomía —aunque respirando voluntariamente— y un gastrostomo. Estaba confinada a una cama clínica, sin poder hablar y con la parte derecha del cuerpo paralizada.

¿Cómo me sentía? Horrible. No quería verme en el espejo. Muy confundida, le temía a la imagen de la otra María Verónica que cohabitaba en mi cuerpo. Me sentía abatida e insegura.

Pero mi familia se dedicó a mí. Un equipo de fisioterapeutas y psicólogos me ayudaba en mi recuperación, que fue un proceso lento, exigente, agotador, para vencer las dificultades físicas y espirituales. Nadie se rindió y no dejaron que yo lo hiciera. Fui adquiriendo peso y fortaleciéndome. Me deprimía al verme en silla de ruedas, luego en andaderas y finalmente con el bastón. No sonreía y no saludaba a nadie.

Hoy estoy convencida de que la única manera de volver a ver la luz, entre tanta oscuridad, era encender el interruptor de la fe que Dios había sembrado en mi corazón. Era necesario culminar el más difícil de los combates. Tenía que abatir a esa rival que convivía conmigo.

Así logré ganar y la verdadera María Verónica, la alegre, feliz, retadora, ambiciosa, cristiana, amiga y familiar volvió a tener el control. Permanecí cuatro meses con el gastrostomo sin poder deglutir y tardé ocho meses para comenzar de nuevo a hablar. Como los bebés, comencé a gatear para poder luego caminar. Me sometí a un programa de ejercicios y terapias para el fortalecimiento de mis músculos y huesos, recibí terapia ocupacional y luego terapia del lenguaje.

 

Luego de cuatro años, me comunico muy bien. Controlo el acto de deglución y mis esfínteres. Camino sin ayuda de ningún recurso terapéutico: subo y bajo las escaleras en el edifico donde vivo con mi familia. Hago natación. Continúo con mis estudios de inglés e inicié un curso para obtener el certificado de coaching ontológico —como se denomina al agente de cambio que basa sus objetivos en la naturaleza propia del ser humano— dirigido al ámbito personal o empresarial. Estoy trabajando en el área de las redes sociales. Asisto a la fiesta dominical de todos los cristianos, llevando mi testimonio de vida, de esta prueba de fe que superé. Estoy escribiendo en mi blog “La pedana de la vida”, con la intención de editar un libro y hacer un pequeño documental dirigido a la familia, a los jóvenes estudiantes y a los atletas.

Mi hermana, alejada del mundo deportivo de alta competencia, se dedicó a sus estudios. Acaba de finalizar su carga académica. Estando con ella en la universidad, acompañándola en la presentación de su tesis de grado junto al jurado calificador, el comentario general era el siguiente: “Las dos se graduaron con notas sobresalientes. Una en la Universidad Yacambú con una calificación de 20 puntos en su proyecto y otra en la Universidad de la Vida, donde es muy reducido el número de aspirantes que salgan sobresalientes”.


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Chica dedicada a vivir, disfrutar y valorar cada minuto de vida. Mi pasatiempo favorito es continuar haciendo mis ejercicios de recuperación y además lo complemento con la pasión que descubrí por las redes sociales; llevar redes, hacer logos, entre otros.

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