Francisco dibuja lo que no tiene palabras

May 29, 2018

Un pequeño de 5 años vive en una casa multifamiliar de un barrio caraqueño, donde se cuenta cada bolívar para ver qué se come ese día y los disparos son parte del ambiente habitual. A veces está su madre, a veces no. Su padre ya no está porque la policía lo mató. Aquí se cuenta su historia.

Ilustraciones: Robert Dugarte / Fotos: Francisco Sánchez

 

Es como un hormiguero, construido con ladrillos y zinc hace más de medio siglo, en el que cada núcleo familiar posee su propio espacio cuidado con esmero para que el estigma del barrio no les caiga encima. Son seis casas ocupadas por padres e hijos, tíos y primos, abuelos y nietos, al sureste de Caracas. Allí vive Francisco, de la cuarta generación de los dueños de esa vecindad que delimitan dos rejas, una a la izquierda y otra a la derecha. Es el primogénito de Christian, así como el nieto de Jazmín. Tiene dos hermanos: Alejandro, de 3 años, e Isabel, de 10 años. Él tiene 5 años.

Francisco mira a su alrededor y a los desconocidos sin decir nada más que los estrictos “hola” y “chao” que su abuela le pide que diga por cortesía. Aunque ella lo llama, él no se acerca. Prefiere ver a todos a través de la ventana, en la parte de arriba de una escalera, fuera de la casa, pero dentro del conjunto multifamiliar.

—Él no era así —dice Jazmín—. Era alegre y hacía caso. Ahora nada, no obedece a nadie. Es agresivo. Están jugando todos y de repente le cae a patadas al niño o le jala el cabello a la niña. Hasta a mí me pega. Gracias a Dios que en el colegio no es así. Es como el asistente de las maestras. Que si “no eches papeles en el piso”, “¡siéntate!”, “¡haz la tarea!”. Pasó de ser el niño hiperactivo a ser el papá, el sobreprotector.

El 22 de agosto de 2017, Francisco se convirtió en una estadística y en una probabilidad, al ser el principal testigo de un asesinato.

 

Después de dos horas, aceptó acercarse a un grupo de psicólogos y periodistas que habían venido a visitar a su abuela. Junto a sus dos hermanos subió al piso superior de la casa, por unas escaleras de concreto sin barandas. Arriba están la cocina y la sala comedor de la casa materna de Jazmín. Todos se sentaron en una mesa redonda, mientras la niña buscaba un plato para echar unas galletas. A la voz de “vamos a pintar”, cada niño tomó una hoja y sin chistar empezó su labor.

Alejandro, dicharachero, cantaba “sol, solecito, caliéntame un poquito” y presumía de conocer los números y las letras: a — e — i — o — u; mientras rayaba el papel que tenía enfrente con una mano, con la otra sostenía una galleta. Isabel se reía de su hermanito y lentamente dibujaba un paisaje.

Francisco no hablaba. En silencio tomó un lápiz e hizo las líneas guías de lo que sería su obra. Trazó figuras sin forma reconocible una al lado de la otra, hasta dibujar lo que para él era una mariposa. Blanco y negro, a carbón.

—¿No la vas a pintar, Francisco? —le preguntó su hermana. Sin responder, tomó un color, meticulosamente pintó un recuadro y luego dejó a un lado el creyón. Repitió la acción para cada espacio dentro de la “mariposa”. Despacio, sin prisa. En su lado derecho, formó una perfecta hilera de colores.

—¡Eso no es un tobogán! —le gritó de repente a Alejandro, quien aseguraba que aquella fila sí lo era—. ¿Para ver? ¡Así no es un tobogán! —reiteró para seguir en su tarea de rellenar la “mariposa”.

No fue la primera vez que habló espontáneamente. La primera fue para decir que a un hombre, “por allá”, le habían pegado en el ojo y que tenía un chichón en la cara.

—Después estaba desnudo en la calle acostado en el piso. Y decía ¡déjame, déjame fastidioso! —siguió Francisco, sin dejar de pintar.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Psst. Qué le voy a decir, nada.

Jazmín sabe muy bien de dónde viene esa actitud malhumorada y en ocasiones grosera.

—Él a veces está tranquilo y comienza a gritar: “¡Abuela, abuela! ¿Tú sabes qué le pasó a mi papá? ¿Tú sabes?”. Se pone insistente, te pregunta una y otra vez. Hasta que le respondes. Ahí comienza a echar la historia. La vive una y otra vez.

Ese 22 de agosto el padre de Francisco e hijo de Jazmín murió. No lo hizo naturalmente, sino con una bala certera que desgarró su pecho.

 

Desde que Francisco nació, Jazmín no se ha separado de él. Es el primero de tres nietos, pero ella no parece una abuela. Es una mujer de 40 años, senos voluptuosos, delgada con curvas y tatuaje en el pecho derecho. Usa franelilla, mono y zapatos deportivos. Trabaja como secretaria en un ministerio, a una hora de distancia de su casa. Está emparejada con Esteban, quien trabaja como escolta y suele tener un arma que, al llegar, guarda en el piso superior de la casa.

Aunque su nuera no es de su agrado, Jazmín la recibió desde que su hijo Christian murió. Martha, de 24 años, es la madre de Francisco y Alejandro, y también de Isabel, a quien tuvo con otro hombre a los 14 años. Antes de que Christian muriera, no vivía allí. Según Jazmín, la pareja se peleó y su hijo le pidió a la muchacha que se fuera. Él se quejaba de la poca atención que les prestaba a los niños desde que consiguió trabajo en un bar del centro de Caracas. El hombre decidió dejar de trabajar para cuidar a los pequeños y solo tomaba contratos a destajo como electricista.

—En las mañanas él vestía a Alejandro y yo a Francisco. Siempre peleaba con el mayor porque no le gustaba ponerse las cholas y mucho menos bañarse. “¡Francisco, las cholas!”, eso era todas las mañanas.

Arreglados y peinados, Christian y sus dos chamos tomaban un jeep hacia el colegio, mientras que la niña se iba sola a su escuela.

Jazmín asegura que Christian cocinaba porque desde pequeño le enseñó. Pollo, carne, yuca, arroz. Nada extravagante, porque la familia no podía contar con los “tigritos” de él y los de Esteban, sino solo con su sueldo como secretaria y lo que la madre de los niños quisiera aportar. Así alimentaban seis bocas.

—A veces nos tocaba comer puro arroz y huevo o solo pasta. Es que no alcanzaba para nada.

La precaria alimentación ha continuado. Ella agradece que en la escuela les den almuerzo a los niños. Eso significa para ella un gasto menos, pero una preocupación más cuando no ocurre. Con Christian vivo era más fácil. Si salían temprano porque no había comida en el colegio, él los buscaba y cuidaba de ellos. Ahora Jazmín debe hacer maromas y coordinar con Martha.

 

Los niños comían galletas y pintaban. A boca abierta, Francisco echó una carcajada cuando Isabel le echó broma a Alejandro. Rió por un instante y continuó con su mariposa. La niña, por su parte, ya le había agregado una casa a su paisaje soleado y comenzó a dibujar personas a su alrededor. El más pequeño continuaba con sus manchas de colores con sentido solo para él.

—Yo duermo en el cuarto del medio. Sola. Pero a veces, cuando no puedo quedarme dormida me cambio al cuarto de ellos. Antes dormía con mi mamá —dice Isabel en la mesa.

—Mi mamá no hace nada. Ni limpia, ni compra —soltó Francisco.

—Mi mamá sí compra —le respondió tranquilo Alejandro.

—No, no compra. Quien compra es mi abuela, como siempre.

A punto de terminar su “mariposa”, Francisco se soltó a hablar. Contó cuánto le gustaban los leones, que en su colegio reparaban una tubería, que le gustaba jugar pelota y que en la última Navidad, cuando estaba su papá, le habían regalado una. En diciembre de 2017, Christian ya no estaba.

Francisco volteó la hoja, tomó de nuevo el lápiz y comenzó a trazar líneas que juntas simulaban una casa.

—Ayer vimos una película. Venía un monstruo que se le abrió toda la cara y después le echaban candela. Era una película de monstruos (…) No, no me da miedo. No le tengo miedo a nada. Bueno solo a los monstruos de verdad, como los jaguares. Y a los policías.

Jazmín se ha acostumbrado poco a poco al recuerdo de Francisco de ese 22 de agosto y a sus continuos “por qué”.

—Ahora que bajamos, Francisco me preguntó que porqué no le decíamos a la policía lo que le pasó a su papá. Me dijo que la policía tenía que ir a la casa para que supieran por qué mataron a su papá. Le dije: ¡Francisco, cómo le voy a decir a la policía si fueron ellos los que lo hicieron!

Ella se asombra de la cantidad de veces que él puede mencionar lo que vio. No solo lo dice, lo simula. Una y otra vez. Sin importar quién esté alrededor. Hasta una maestra lo ha escuchado y mirado.

Francisco no es el único que recuerda ese martes o que habla sobre lo que ocurrió en la casa. La abuela lo repasa en su mente y también a viva voz, con cada persona que desee escuchar la injusticia que hicieron “esos basura”. Lo dice sin disimulo delante de los niños.

¡Abuela! Se metieron por el balcón y entraron al cuarto. A mi papá lo golpearon durísimo en la cabeza. Él se agachó y se arrodilló, abuela, pero le pegaban más —el niño se agachó en una esquina de la sala, se puso sobre las rodillas y se llevó las manos detrás de la nuca—. Así lo tenían, abuela.

Luego los policías me empujaron, me sacaron del cuarto y me gritaban: “¡Dónde está la pistola de tu papá!, ¿dónde está?”. Y abuela, yo los subí a donde Esteban tiene guardada la pistola. Pero se molestaron mucho cuando vieron que no estaba. Entonces, por eso, comenzaron a matar las casas.

Después me bajaron. Me pusieron una sábana en la cabeza, pero yo vi, abuela. Yo vi al hombre que mató a mi papá. Estaba sentado en el mueble, ahí estaba el que lo mató. Yo sé que era él, porque lo miraba fijamente. Tenía una camisa de cuadritos anaranjada. Toda mi casa estaba llena de sangre. Abuela a mi papá no tuvieron por qué matarlo.

Cuando el niño le contó esto a Jazmín ella ya sabía que unos funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana, específicamente de las Fuerzas de Acciones Especiales, habían estado en su casa; que su hijo les había suplicado que no lo mataran delante de sus hijos y que aun así le dispararon. A ella ya le habían contado que los policías simularon un enfrentamiento, que sonaban las láminas de zinc y gritaban por las radios que alguien se escapaba y que luego dispararon tres veces hacia las paredes de la vivienda, para luego sacar los proyectiles.

Lo que ella no sabía es que su nieto había visto cómo asesinaron a su papá.

Para ese momento, en que Francisco le narró y dramatizó lo que vivió el 22 de agosto de 2017, el nombre de Christian, de 27 años, aparecía en los periódicos con el sustantivo de “delincuente” y en las minutas de la PNB con el adjetivo de “neutralizados”. Ese día fueron cuatro los que “se enfrentaron a la policía” al ser encontrados por una comisión que investigaba un secuestro.

Estas barriadas se comunican y los policías pasaron corriendo por el callejón donde vive esta familia, justo cuando Christian estaba asomado en el balcón. Un disparo en el pecho hizo que él formara parte de las 509 personas que han muerto en manos de la policía desde mayo de 2017, según los registros de Monitor de Víctimas. Ese tiro, también transformó a Francisco y a Alejandro en huérfanos, dos más que se integran al daño colateral de la categoría “resistencia a la autoridad” y “ejecución extrajudicial”. En total suman 334 niños y niñas sin padres. Esta estadística es solo para Caracas y los registros se tomaron hasta marzo de 2018, los últimos 11 meses, pero día a día sigue aumentando.

—Ahora él ve una moto y se asusta. Escucha un ruido y se sobresalta. Está pendiente de quién entra y quién sale de la casa. Juega con que tiene pistolas y dice que quiere una muy grande. El otro día, estábamos almorzando, agarró un tenedor y dijo: “Abuela, ¿con esto yo puedo matar? Sí, yo puedo matar a un policía”.

Era el momento de entregar los dibujos. A Isabel le dio chance de pintar a toda su familia, incluyendo primas y tíos. Alejandro entregó con orgullo sus manchas y recordó que su color favorito era el del “chupi”. Cuando Francisco se dio cuenta de esto, no se detuvo sino que continuó.

Al lado de la casa pintó un rectángulo alto y vertical y sobre él un círculo. De repente, en un solo trazo sin levantar el lápiz sacó una línea de entre el círculo y el rectángulo, la ondeó por encima del techo triangular, hizo con ella varias piruetas firmes y rápidas, y no paró hasta que el espacio blanco se tornó en una enredadera. Pintó todo esto de amarillo y negro, puso su nombre en la parte baja y entregó la hoja.

Los tres niños ayudaron a recoger los colores de la mesa, la niña ordenó las sillas, el más pequeño fue a buscar agua y Francisco se desapareció por las escaleras.

Era hora de que los extraños se fueran. Pero antes, Jazmín les enseñó los huecos de las balas en las paredes y cedió la palabra a uno de sus parientes para que contara la historia como él la vivió. En esa mini vecindad, pareciera que no se habla de otra cosa.

Francisco hacía como si no escuchaba, pero no paraba de ver a su tío imitar los disparos de los funcionarios, al mismo tiempo que se deslizaba por el pasamanos de una de las escaleras de concreto.

Jazmín abrazó a los desconocidos, en agradecimiento por haberla escuchado. Francisco hizo caso omiso al mandato de la abuela para que se despidiera. Solo subió corriendo los escalones y desde el último peldaño movió su mano en señal de adiós.

Nota de los editores: Los nombres de los protagonistas fueron cambiados para proteger la integridad de los niños.


Esta historia fue desarrollada en el marco del 1er taller de Escritura Narrativa para defensores y activistas en DDHH, organizado por Provea en alianza con La vida de nos.

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Soy periodista y venezolana. Asumo la responsabilidad de ponerle rostro y nombre a las historias que nadie quiere conocer. El reto está en hacer que usted se interese en ellas. Cuando descubrí la palabra oxímoron, me encontré

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