La segunda guerra de Alexandra

Jun 24, 2017

Hay 5.586,26 kilómetros de distancia entre San Juan de la Rambla, en Tenerife, y Roca Tarpeya, en Caracas. En el primer punto se encuentra Alexandra Jukisz. En el segundo, presa en el Sebin, está su nieta Andrea González. Desde el 17 de agosto de 2015, y sin juicio todavía, es señalada de planificar un atentado contra la hija de Diosdado Cabello. La única prueba en su contra es la palabra de un “patriota cooperante”, arrestado días antes por descuartizar a una mujer.

Fotos: Alejandra González / Archivo familiar

 

Son las 7 de la noche en Caracas, y medianoche en Tenerife. La señora Alexandra Jukisz se sienta junto a su nieta Alejandra, frente al computador portátil. Detrás, colgado en una pared blanca, se ve un moderno y enorme reloj de números negros. La hora que marca perdió importancia para ella desde hace casi dos años, cuando su otra nieta, Andrea González, fue detenida por un señalamiento que excede los límites de su comprensión: la supuesta planificación de un atentado contra Daniela Cabello, hija del entonces presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello.

—No sé cuándo fue la última vez que dormimos ocho horas —contó Alejandra más temprano, también por Skype.

Están tan lúcidas, que solo las ojeras de la abuela de 69 años podrían delatar el tiempo que ha pasado desde su última noche confortable.

Andrea y Alejandra González tenían 6 y 4 años de edad cuando se mudaron con los abuelos, tras la separación de sus padres. Vivieron en San Antonio de los Altos, en el estado mirandino, donde se asentó la familia en los años 60. Venían de los Valles del Tuy, adonde llegaron mucho tiempo atrás, huyendo de Ucrania y de la Segunda Guerra Mundial.

Luego vino la otra huida, de la inseguridad en Venezuela. Andrea y Alejandra tenían 14 y 12 años, cuando la familia decide establecerse en San Juan de la Rambla, una localidad de unos 5 mil habitantes en la isla española de Tenerife, donde nació el abuelo. El papá de las muchachas se fue a Inglaterra cuatro años después.

Pero Andrea resolvió volver a Venezuela.

—Dany y Andrea se conocieron en el colegio, antes de mudarnos a Tenerife. Siguieron hablando durante años por internet, hasta que mi nieta decidió irse con él. “Tú ya eres mayor de edad”, le dije. Les iba bien. Ella era repostera, hacía tortas, y él estaba estudiando para ser ingeniero.

Al principio, el plan era irse por unos meses. Pero pasaron años. Dany inició una empresa y estaba haciendo la tesis para la universidad. Querían emigrar por la situación del país, pero no tenían prisa. El Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional los detuvo antes.

El joven de quien hablan es Dany Abreu, novio de Andrea. Vivieron juntos desde el día que ella regresó de Tenerife hasta el 17 de agosto de 2015, cuando ambos fueron detenidos.

Primero fue ella. La buscaron en su residencia en la mañana, para pedirle que declarara por el asesinato de Liana Hergueta, una mujer de 53 años cuyo cuerpo encontraron desmembrado el 7 de agosto anterior. En la tarde, Dany recibió una llamada de Andrea, desde el Sebin, en la que le pedía que fuera a recogerla. Llegó y entró por ella. Y nunca volvió a salir del curvo edificio de Roca Tarpeya.

—De la familia de mi mamá solo mantenemos el contacto con una tía, que vive en Venezuela. Fue quien nos avisó. Ella saludó a Andrea temprano ese día, y mi hermana le dijo que iba al Sebin a atestiguar por el caso de Liana. “Avísame cuando regreses a casa”, le pidió mi tía.

Eso nunca pasó.

 

Liana y Andrea eran vecinas y amigas. Cuando Liana fue estafada por Carlos Trejo –un joven a quien conoció en movilizaciones opositoras un año antes–, Andrea, en respaldo, denunció al timador por las redes sociales. Por eso la llamaron a testificar: porque ese podía ser el móvil del asesinato.

Para Alejandra, que dejaran a su hermana detenida debía ser una equivocación. Pensaba que pronto se percatarían de ello y la dejarían libre.

—No podía creerlo. Hasta ese día no sabía realmente cómo funcionaba la ley en Venezuela. Pensé: “Los van a soltar, y al funcionario que se equivocó lo van a juzgar por eso”. Eso es lo que pasaría en España. Entendí que sería distinto cuando comenzaron a pasar los días y vi las declaraciones de Tareck El Aissami, donde le atribuía a mi hermana algo tan grave.

 

Era 27 de agosto.

“Queremos informarle a toda Venezuela los avances de la investigación relacionada al caso de la parapolítica de la derecha venezolana, luego de los horrendos acontecimientos y del crimen bestial que se cometió contra la ciudadana Liana Hergueta. La captura y detención de Carlos Trejo (…) y la captura también de José Pérez Venta, autor material de este crimen, alias el descuartizador”. Eso dijo El Aissami, mientras mostraba fotos de los implicados, a través del canal del Estado.

Lo que sigue a las declaraciones del entonces gobernador del estado Aragua son fragmentos de un interrogatorio realizado a un titubeante Pérez Venta, quien acusa a Andrea de planificar un atentado contra Daniela Cabello. Lo hace en medio de muletillas y miradas perdidas, y no es capaz de precisar el monto en dólares que, supuestamente, le pagaría la joven para ejecutar el plan, sino hasta la tercera vez que el interrogador menciona el pago.

Culmina el video y El Aissami profundiza en la denuncia.

“Dany Abreu Abreu y Andrea Susana González de León, su pareja, son quienes planifican y ordenan este horrible atentado (…) Ahora uno entiende por qué la reciente campaña que se desató contra el camarada Diosdado Cabello Rondón, acusándolo de ser el responsable de un cartel del narcotráfico. La justificación era crear una matriz de opinión para luego salir y decir que había sido un ajuste de cuentas. Pérez Venta confiesa (…) y queremos decirle al país que tanto Andrea Susana González de León, como su pareja, Dany Gabriel Abreu Abreu, han sido capturados y están a la orden de la justicia venezolana”.

Todo ocurrió en menos de un mes. Liana Hergueta es encontrada muerta el viernes 7 de agosto de 2015. Entre el lunes 10 y el martes 11 siguientes arrestan a José Pérez Venta y a Carlos Trejo. A Andrea y a Dany los detienen el lunes 17. Y el anuncio de El Aissami se produce 10 días después.

Andrea y Pérez Venta se habían conocido en una marcha opositora. Y solo los vincula una llamada telefónica, hecha por él, en la cual le dice a Andrea que buscaba a Liana Hergueta para apoyar su denuncia de haber sido estafada por Carlos Trejo.

No hay más.

La palabra de un asesino es, aún hoy, casi dos años después, la única prueba conocida por la defensa de Andrea González y Dany Abreu.

 

Tras una reunión familiar —entre Alejandra, su papá y su abuela— y consultas a los abogados, llegaron a una decisión inesperada: la abuela Alexandra sería quien viajaría a Venezuela a tomar las riendas del caso de su nieta.

“Yo me voy, porque no es lo mismo que los metan presos a ustedes a que me detengan a mí. Que sea lo que Dios quiera” —recuerda Alejandra que les dijo.

Así fue. La señora se embarcó en un viaje desde Tenerife a Caracas, con escala en Madrid. El 1 de septiembre, a las 6 de la tarde, ya estaba en Venezuela. Y, al día siguiente, en El Helicoide.

Junto a la mamá de Dany, Isabel Abreu, la señora Alexandra comenzó a ir cada mañana a la sede del Sebin.

—Estuvieron días negándonos que los muchachos estaban ahí, pero la camioneta de Dany estaba estacionada afuera.

Andrea y Dany estuvieron 10 días encerrados en una oficina, sin poder bañarse, con las luces apagadas. Con ellos estaba preso Alejandro Zerpa, quien había sido señalado por Pérez Venta como testigo del asesinato de Liana Hergueta y, tras la acusación, había acudido voluntariamente para aclarar su situación. También estaba Betty Grossi, la dueña del apartamento donde ocurrió el crimen, y quien había denunciado al asesino por apropiarse arbitrariamente de la vivienda. E, igualmente, aunque en otro punto del edificio, estaba Pérez Venta, preso en una cárcel política pese a que su delito es de los que se purgan en las cárceles comunes. Todos estaban y todos siguen ahí.

Fue el 28 de agosto cuando los novios leyeron en la prensa de qué se les acusaba. Más tarde, fueron presentados ante un juez. Los trasladaron de la oficina a una celda y fueron separados.

A estas alturas ya era del conocimiento público que José Pérez Venta y Carlos Trejo eran, en realidad, “patriotas cooperantes”, que es como el gobierno llama a sus informantes. Y que habían permanecido, durante el fragor de las protestas antigubernamentales de 2014, infiltrados en el movimiento opositor. Por su testimonio habían apresado –un año antes de que detuvieran a Andrea y a Dany– a la químico Araminta González, en cuyo apartamento estos hombres durmieron por dos semanas, haciéndose pasar por perseguidos políticos del régimen. Dijeron haber visto ahí elementos para fabricar explosivos y Araminta González fue arrestada el 24 de julio de 2014. La delación arrastró también a Efraín Ortega, José Luis Santamaría y Vasco Da Costa, quienes continúan presos.

 

—Todos los días rogábamos para que nos dejaran entrar. Llorábamos. No sabíamos cómo estaban.

El cuerpo de Andrea comenzó a apagarse. La caída de sus defensas y las condiciones de insalubridad le provocaron afecciones pulmonares, y debieron recetarle antibióticos. Deprimida, la joven manifestó su deseo de matarse. Y solo entonces, los funcionarios consideraron las peticiones de la señora Alexandra de que la permitieran verla.

Era ya 17 de noviembre. Habían transcurrido dos meses y medio desde que la señora había llegado a Venezuela.

—Ellos se me acercaron y me dijeron que sí, que esta vez la vería. Entré, la miré primero por unos cristales y me saludó. Cuando la tuve enfrente, lloraba ella y lloraba yo. Desesperada ella y desesperada yo. Teníamos tanto tiempo sin vernos. La abracé y la besé. Ella solo me decía: “Abuela, tú sabes que jamás haría eso. Sabes quién soy”. Yo solo quería que la chiquita recostara su cabeza en mi pecho.

La voz de Alexandra Jukisz se quiebra, y su mano se mantiene un rato ahí, en su pecho. Alejandra, a su lado, la abraza.

—Después de media hora, dejaron entrar también a Isabel, la madre de Dany.

Isabel Abreu había intentado entrar en otra oportunidad, sin permiso. “Mamá, me van a castigar”, gritaba Dany, mientras ella le lanzaba besos desde lejos, a través de los cristales.

Las visitas se convirtieron en el pan de cada día para ambas mujeres, y en el sustento emocional para los dos jóvenes. De repente, habían pasado cuatro meses, cinco, seis… Nada en El Helicoide cambiaba. Pero afuera, la vida seguía su curso de forma amarga, sobre todo para la señora Alexandra.

—Mi abuelo tiene Alzheimer. El doctor nos había advertido que cualquier cambio en su entorno podía afectar su salud. En esos meses sin mi abuela, la enfermedad avanzó mucho. Y mi abuela tampoco encontraba en Venezuela las medicinas que toma para el corazón.

—La realidad es dura y duele. No sabía qué hacer. “Abuelita, vete que él te necesita más que yo”, me decía la chiquita.

Regresó a Tenerife con la consciencia de que el daño que les habían causado era irreparable. Alejandra no pudo relevarla. Los abogados le recomendaron no hacerlo. Al igual que Andrea, tiene las nacionalidades venezolana y española, y eso la hacía vulnerable si la tomaban contra ella. Su tío Vladimir, quien reside en el país, quedó a cargo.

—Mi esposo no habla, por la enfermedad, pero sabe que algo malo pasa. Cuando hablamos de la chiquita, se le salen las lágrimas. Si yo tuviera 20 años menos, estaría en Venezuela marchando.

Seguramente también estaría presente para celebrar el 31 cumpleaños de Andrea, el 24 de junio. O los 33 años de Dany, el 8 de agosto.

—Mi hermana protestaba pacíficamente. Dejó de hacerlo el día que murió Bassil Da Costa. Ella estaba a unos metros de dónde cayó. Escuchó la detonación que lo mató y jamás lo olvidó. Desde ese día, solo iba a concentraciones en San Antonio, cerca de su casa. ¿Vivía cerca de Diosdado? No, él era quien vivía cerca de nosotros. Mi familia llegó a ese lugar hace más de cuarenta años. ¿Acaso tenemos la culpa de que él haya puesto su casa ahí? ¿Teníamos que irnos a otro sitio y no lo sabíamos?

Luego de tres audiencias diferidas, el 27 de enero de 2016 se ordenó la realización del juicio, pero la titular del tribunal dejó su cargo antes. Recién este 21 de junio de 2017, les avisaron intempestivamente a los abogados que se iniciaría la apertura del juicio.

—Cuando salgo me siento culpable. ¿Qué derecho tengo yo de hacer esto o aquello, cuando mi hermana está presa? Hablamos por cartas, y su entereza me da fuerza. A veces me presenta amigos, que me escriben párrafos enteros contándome cosas. “Hola, soy amigo de Andrea” –relata y sonríe–. A veces trato de que tengamos charlas que la distraigan. Una vez le pregunté sobre una receta de una torta que le queda buenísima, y en la siguiente carta me mandó toda la explicación.

Vuelve a sonreír, pero el rostro se le ensombrece en segundos.

—Uno sabe lo que les hacen. A Andrea y a Dany, gracias a Dios, no los torturaron, por su doble nacionalidad. Dany también es portugués…

—Yo todavía no lo sé –interrumpe la abuela–. Tuvimos tres meses sin poder verlos. Cuando la vi, ella tenía miedo. Tuve que comprarle tapones para los oídos, para que pudiese dormir. De noche, escuchaba torturas. Escuchó una violación también. No estoy segura de que nos les hayan hecho nada. Esto es un infierno, y uno no puede hacer nada. Solo rezar para que sea Dios quien la ayude. ¿Cuándo va a salir la chiquita de ahí?

—Cuando se vaya esta gente, abuela. Ella es una presa política.

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Jugaba a ser reportera desde que aprendí a leer. Luego, coqueteé en mi imaginación con cinco profesiones más. Pero la vida me quería periodista. Lo supe a los 12 años. Nací el día que empecé a cubrir deporte menor y las comunidades me enamoraron. Ahora aprendo a contar sus historias.

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