Abrazando una muñeca de trapo de su niña

La noche del sábado 9 de marzo de 2019, en medio del apagón nacional que había iniciado dos días antes, la periodista Heberlizeth González se topó, a las afueras del Hospital Central de Valencia, con una mujer que cargaba en brazos a su hija muerta. Colgó en sus redes sociales la entrevista que le hizo y esta no tardó en viralizarse. Fue lo que hizo que Gitsy recibiera apoyo para enterrar a Gitverlis, su niña.

Fotografías: Heberlizeth González

 

La noche del sábado 9 de marzo de 2019, el país llevaba ya dos días a oscuras. Y paralizado. Eran poco más de 48 horas que parecían muchas más. El apagón general que inició el jueves 7 de marzo seguía prolongándose. En medio de la incertidumbre, no podía quedarme en mi casa: soy periodista y debía informar qué estaba pasando. Cerca de las 7:00 de la noche, guardé en una vianda dos pastelitos, llené un termo de agua y le pedí a Carlos, mi esposo, que fuéramos en nuestro auto a dar una vuelta.

Luego de cargar la batería de mi celular, vi que en las redes sociales circulaban informaciones que me estremecieron. Que si había tantos muertos en el Hospital Universitario de Caracas, que si tantos más en el Hospital Manuel Núñez Tovar de Maturín. Todo producto del apagón. Por eso le dije a Carlos que tomara la avenida Lisandro Alvarado para ir a la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera de Valencia — el Hospital Central de Valencia, como también se le conoce por ser el más grande del centro del país— para saber cuál era la situación allí.

Llegamos. No había fallecidos. A las afueras todo estaba a oscuras, pero adentro la planta eléctrica funcionaba. Me quedé allí hasta las 10:00 de la noche, y cuando nos disponíamos a irnos a nuestra casa, la luz del carro alumbró a una mujer que caminaba en la penumbra.

Vi que llevaba algo en sus brazos. No podía divisar bien qué era. Me pareció que era una niña. ¿O era una adolescente? Carlos se detuvo cuando estuvimos cerca de la señora. Me asomé a la ventana y le pregunté:

—¿Hacia dónde va, señora? ¿Qué lleva en sus brazos? ¿Es una niña?

—Voy a dejarla en la morgue. Sí, es mi hija. Sí, está muerta.

En ese instante, con esas palabras, comenzó esta historia: Gitverlis sin vida paseaba en los brazos de Gitsy, su madre.

Los brazos de Gitsy ya estaban acostumbrados a cargar con los 10 kilos que pesaba su hija adulta. Hacía cuatro días había cumplido 19 años, pero lucía menuda y frágil, como una niña. “Mi niña, mi niña”, la llamaba Gitverlis. Nació el 5 de marzo del 2000. Ese día, Gitsy también tuvo que caminar mucho con su hija: no la cargaba en los brazos sino en su vientre, viva. Después de andar kilómetros, la mujer llegó al Hospital Central de Valencia, adonde casi por dos décadas tendría que continuar llevándola con la vida menguada. Tenía los dolores de parto y estaba a punto de expulsar a la bebé. Una doctora introdujo un paño por la vagina de Gitsy para detener el alumbramiento hasta que pudieran atenderlo. Y horas después, la criatura nació. Tenía la piel, las uñas y los labios amoratados. El parto con demora le marcó para siempre el curso de su vida: al cabo de un año sería diagnosticada con parálisis cerebral, según le explicaron a Gitsy, producto de la “mala praxis” durante el nacimiento. Desde entonces comenzaron los tratamientos y las terapias para procurarle una mejor calidad de vida.

Algunas de esas terapias se las hacía en un Centro de Diagnóstico Integral (CDI) cercano a su casa. Hasta los 12 años de edad, cuando en medio de uno de esos procedimientos, un médico cubano inexperto le fracturó la cadera. Y no volvieron más.

Por su condición, Gitverlis requería un régimen especial de alimentación. No podían faltarle vitaminas, proteínas y suplementos. Pero por falta de dinero, Gitsy no se los volvió a comprar. Ya en 2016 había dejado de consumir Pediasure y por proteínas solo podía darle lentejas. Últimamente solo llenaban el pipote amarillo que usaban como alacena, con los productos que le daban —con retraso— los Comité Local de Abastecimiento y Producción (Clap). Cada vez era más cuesta arriba mantener una dieta balanceada. Porque no era solo Gitverlis. Gitsy tenía otros hijos: una joven de 17 años, uno de 16, y uno más de 14.

La noche del 8 de marzo de 2019, Gitsy caminaba por las oscuras calles de Valencia con la niña en brazos y el menor de sus hijos adolescentes. Caminaban sin rumbo fijo, en medio de la oscurana que ya había comenzado, tratando de encontrar algo para comer. En un punto de la caminata, un joven les regaló un perro caliente. Aquel aperitivo callejero fue la cena de la familia: cada uno le dio un mordisco. Gitverlis quedó con hambre. A las 10:00 de la noche, Gitsy le dio un cambur que le habían regalado más temprano en una frutería. Quizá fue la mezcla entre el repollo del perro caliente y el cambur, en un estómago que había estado vacío por mucho tiempo, lo que le produjo a la joven una indigestión.

Esa noche, Gitverlis comenzó a descompensarse. Tenía el abdomen distendido. Eructaba, vomitaba. Veía a los ojos de su madre como pidiendo ayuda. Gitsy, quien la conocía tan bien y se dedicaba enteramente a atenderla, sabía que algo andaba mal.

Al amanecer del 9 de marzo, la madre comenzó a recorrer centros de salud para que atendieran a su hija. Visitó dos CDI y un ambulatorio. Siempre le respondieron lo mismo:

—No podemos atenderla. No tenemos luz.

La única esperanza que quedaba era llevarla al Hospital Central de Valencia. Pero llegar hasta ahí era difícil. Las calles de las zonas populares del sur de la ciudad, donde vivían, permanecían con barricadas: la gente protestaba por el apagón.

Quizá por instinto materno, la mujer tenía el pálpito de que la vida de Gitverlis comenzaba a apagarse, como el país. Y no se quedó con los brazos cruzados: cargó a su hija y se enrumbó, a pie, al Hospital Central, a más de 9 kilómetros de distancia de donde se encontraba.

Mientras caminaba, al borde de la carretera, una señora detuvo su vehículo y le preguntó a dónde se dirigía.

—Mi hija está mal. La llevo al médico, al Hospital Central. La he llevado a otros centros, pero no la han atendido porque no hay luz.

—Súbase, señora. Yo la llevo.

Ya era de noche cuando llegaron. El día había pasado demasiado rápido.

Los signos vitales de la joven eran tenues, muy tenues. Trataron de reanimarla en el piso de la emergencia de adultos, pero el aparato no respondió, aunque estaba conectado a la planta eléctrica.

Gitverlis estaba muerta.

Dicen que el cerebro tarda en asimilar las pérdidas. Quizá por eso Gitsy no se inmutó con la noticia: recogió a su niña del piso y, como le indicaron en la emergencia, la llevó a la morgue del hospital, a metros de allí. En la morgue no la recibieron porque ningún médico había certificado la muerte, así que regresó con el cuerpo en brazos a la emergencia de adultos. Pero nada. La solución que le sugirió un médico fue que la llevara a uno de los CDI por los que había pasado antes de ir al hospital, para que allí “formalizaran la defunción”.

—¿Caminando? ¿En esta oscurana? ¡No doctor, yo no puedo!

—Entonces llévela de nuevo a la morgue de este hospital —respondió el doctor, que siguió su camino.

Gitsy fue una vez más a la morgue, pero le insistían en que no aceptaban el cadáver sin una certificación de muerte. Sin saber qué hacer, se fue entonces a la emergencia de niños. Pero allí le dijeron que no podían recibir el cuerpo, porque Gitverlis, de 19 años, ya no podía ser atendida en ese servicio.

Entonces volvió por tercera vez a la morgue.

Y fue cuando la vi.

 

Me bajé del carro y comencé a grabarla con mi teléfono mientras la entrevistaba. Sentí una sensación extraña. Las piernas me temblaban. La miraba a través de la cámara y, a cada tanto, quitaba la vista del teléfono para verla directamente. Estaba desconcertada ante la imagen de la mujer con la piel pegada a sus huesos cargando a su hija muerta. Serena, sin llanto. Me dijo, entre otras cosas, que vivía en la manzana I de Trapichito, una barriada al sur de Valencia.

Un trabajador se percató de la escena e interrumpió la entrevista.

—Señora, venga, que le van a recibir a su hija.

Gitsy, con pasos apresurados, fue tras él. Y, en efecto, dejó el cuerpo de su hija en la morgue.

Tomé el camino de regreso a casa. Hice una parada en un lugar estratégico, donde llegaba algo de señal, y subí el video a mis redes sociales. Lo que vino después fue una avalancha que no me esperé: medios de Colombia, México, Perú, Estados Unidos, Panamá, Alemania, Francia e Israel, entre otros países, replicaban el material. Recibí decenas de mensajes de agencias de noticias, periodistas y seguidores de mis redes. Eran demasiadas preguntas, una tras otra: “¿Es cierto?”, “¿Lo grabaste tú?”, “¿Podemos publicarlo dándote los créditos?”, “¿Podemos contactar a la señora para ayudarla?”. Mucha gente, como yo, estaba sorprendida ante la entereza de la mujer en medio de aquella escena de terror. “Ella no está bien”, “en algún momento necesitará drenar”, “es demasiado fuerte”.

Y hubo quienes dieron por sentado que el material era un montaje, una fake new. Y no los culpo, porque realmente parecían imágenes de realismo mágico. Nada más en mi cuenta de Instagram, el video alcanzó muy pronto más de 50 mil reproducciones.

 

Desde que la entrevista se hizo viral, me sentí comprometida con esta familia. Sabía que la señora no tendría cómo pagar los gastos fúnebres. Por eso el 10 de marzo, aun durante el apagón, fui a Trapichito. No sabía exactamente dónde vivía, pero preguntando llegué. Iba para orientar a un grupo enviado por un político que, me dijo, estaba dispuesto a asumir los gastos del funeral, pero al que luego le perdería la pista. Hablé largo rato con la mujer. Durante esa conversación me confirmó que no contaba con dinero para pagar el velorio ni el entierro. La Alcaldía de Valencia podía costear el sepelio, sin velorio.

Conmovida, le prometí que Gitverlis, la “ojos de búho”, como le decían por cariño sus vecinos, tendría su velorio.

Pensé que a través de las redes sociales podía conseguirles ayuda. Hice una publicación diciendo que la familia necesitaba dinero. Y esa misma noche me comenzaron a llegar mensajes de solidaridad hacia la madre: muchos estaban dispuestos a colaborar.

De poco en poco se llena el pote, pensé.

“A nadie le falta Dios”, me escribió Francisco, un venezolano común, dueño de una funeraria, para comentarme que se haría cargo de todo.

Gitverlis ya tenía casi 24 horas en la morgue. En su casa se preparaban para los trámites legales al día siguiente. Eran las 9:00 de la noche. Yo regresaba a mi casa con mi esposo. El sur de Valencia seguía encendido con manifestaciones de calle. En la Avenida Aranzazu había protestas. Tomamos la Sesquicentenario, y allí también protestaban.

Fue entonces cuando me percaté de que dos tanquetas de la Guardia Nacional y un jeep rotulado nos seguían.

—Somos prensa. Somos prensa —grité para que los vecinos escucharan. Creía que identificándome con una credencial de prensa estaría a salvo. Pero resultó ser al revés: ser periodista me puso en peligro. A Carlos lo bajaron a golpes del carro.

Lo primero que hice fue resguardar mi teléfono, donde tenía todo lo que había grabado sobre la muerte de Gitverlis.

—O entregas el teléfono o lo mato —me dijo un funcionario que apuntaba a Carlos con su fusil.

Lo golpeaba una y otra vez.

El capitán que comandaba el pelotón y ocultaba su apellido, fue muy franco:

—La orden es matar a quien sea.

Pensé que nos dispararían y entregué el celular, luego de lo cual un sargento me gritó.

—¡Dame la maldita clave!

Cuando pudieron acceder a los archivos de mi celular, borraron todas las grabaciones que tenía. Me lo devolvieron, pero nos quitaron otro celular que teníamos en el carro. Entonces nos dejaron ir.

Esa noche me costó dormir. Sentía miedo, pero a la vez esa firme convicción de seguir con mi labor de informar. Descansé un poco y, al día siguiente, volví a la casa de Gitsy, para contarle que Francisco iba a correr con todos los gastos del funeral.

El 13 de marzo volví. Casi a mediodía, la urna blanca estaba en la sala de la vivienda. Francisco, junto a su ayudante, prestó sus servicios sin cobrar nada. El ataúd estaba adornado con flores. Junto a Gitsy estaban vecinos, amigos e incluso algunos políticos. Una vecina llegó con una pequeña corneta y puso la canción de El Chavo del 8, la serie de televisión favorita de Gitverlis: “Qué bonita vecindad. Qué bonita vecindad. Es la vecindad del Chavo. No valdrá medio centavo, pero es linda de verdad”.

La música conmovió a Gitsy. Su serenidad se esfumó y, frente a la urna, se desplomó. Estalló en llanto.

—¡Mi niña, mi niña! ¡Levántate, mami. Levántate! —gritaba.

Ella me ha contado después que cada cierto tiempo esas escenas vuelven a su mente. Rememora lo que vivió una y otra vez. Todas las noches duerme abrazando una muñeca de trapo de su niña. Dice que la extraña mucho. Durante 19 años fue su prioridad. Ahora no encuentra qué hacer con tanto tiempo libre. Le pesa la ausencia de ese cuerpo frágil que cargó durante todo ese tiempo.

 


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Licenciada en Comunicación Social. Me formé para ser ventana de quienes no son escuchados y la mejor forma es contando historias.

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