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Caminaron por las calles que habían recorrido

Después de siete años de relación, dos novios se separan por la migración con la promesa de reencontrarse más adelante. Pero el tiempo y la distancia fueron haciendo mella en el cariño y en los planes futuros. Ella quería, al menos, un buen cierre. 

ILUSTRACIONES: MADELEINE HERNÁNDEZ

La penúltima vez que Ana había visto a Esteban, ambos lloraban a mares. Se despedían en la planta baja del edificio de él, antes de que se fuera al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía para enrumbarse a Ecuador, donde viviría a partir de ahora. 

Habían cumplido siete años juntos. Pero en esa madrugada de 2018, él migraba sin ella. La promesa era que se reencontrarían más adelante, para continuar su vida en común.

Se conocieron cuando ella tenía 20 y el 22, en la fiesta de cumpleaños de una amiga común, en un apartamento de playa en La Guaira, a una media hora de Caracas.

Esteban se le acercó a Ana en el salón de fiesta y como tradición básica de cortejo, la sacó a bailar. Esa vez, reggaeton. Él llevaba una camisa naranja, que era una de sus favoritas. “Pensé que si le gustaba así como yo me veía, le gustaba en serio”, dice ella al recordar que en aquel entonces usaba ortodoncia, llevaba lentes y no tenía el cabello planchado porque se había bañado en la piscina, lo que consideraba “su peor momento”.

Después de bailar, se sentaron cerca de la piscina. Ana no recuerda de qué hablaron, pero sospecha que ella fue quien habló más y él escuchó. El primer beso vino en el ascensor, justo cuando se cerraron las puertas.

Semanas después, de vuelta en Caracas, Esteban la invitó a salir. Resultó que eran “parroquia”: vivían a cinco cuadras o una estación del Metro de distancia. 

Cuántas veces caminaron ambos ese trayecto ida y vuelta. Porque comenzaron un noviazgo, que fluyó muy bien. Vinieron las presentaciones a los amigos, a la familia, y el cariño que no paró de crecer. Esteban era aventurero, y Ana más tranquila, pero con él se dejó llevar. Se sentía segura.

Cuando tenían un año juntos, acamparon en Mochima, frente al Caribe. En esa ocasión, él apareció con dos anillos de acero inoxidable. Uno para él y otro para ella. No se los quitaron nunca más. 

Ana pensó que él sería su felices para siempre.

Y con razón, porque Esteban era de esos hombres que resolvía, que sabía hacer un poco de todo. Una de las amigas de Ana lo catalogaba como “un macho alfa”, y otra resumía que era “de los que lleva la cavita pa’ la playa”. Y con esa identidad se quedó.

Durante los primeros años de la relación, él batalló por encontrar su vocación. Trabajó en el sector de seguros, fue asistente administrativo, arreglaba una que otra computadora porque era bueno para la tecnología. Entre las cosas que más le gustaban estaba tomar fotos y recorrer Venezuela, por lo que cuando consiguió un trabajo en una institución del Estado que le permitía hacer ambas cosas, pensó que había dado en el clavo. Sin embargo, como sucedía en los puestos de la administración pública, lo que le pagaban no era suficiente para cubrir lo básico, para sentirse tranquilo. Entonces renunció. 

Después vino el trabajo en un archivo fotográfico, que también le gustaba, pero en el que tampoco ganaba lo suficiente. 

Constantemente le insistía a Ana que emprendieran, que compraran ropa para vender o incluso que montaran un carrito de perro calientes para así sortear la crisis económica que se profundizaba en el país: el gobierno había comenzado a restringir el acceso a divisas, los productos básicos comenzaban a desaparecer de los anaqueles y luego la nación entró formalmente en hiperinflación. 

Pero ella, a diferencia de él, tenía una profesión que la absorbía. Que fuese una workaholic, por cierto, fue motivo de muchas peleas.

Entonces, se asomó la idea de migrar. Muchos amigos y familiares de los dos lo habían hecho. Solo en 2017 casi 1 millón 500 mil venezolanos habían dejado el país, según las Naciones Unidas. Una cifra que no dejaría de aumentar en millones a lo largo de los siguientes años. Esteban, que ya tenía 29 años, veía en esa decisión la oportunidad de lograr estabilidad financiera, de ayudar a sus familiares. Ambos eran los principales proveedores en sus hogares.

Pero Ana acababa de cambiarse a un trabajo que le gustaba y donde ganaba más dinero. Pese a que continuaba la crisis nacional, sentía un respiro en su nuevo espacio laboral. Y la verdad es que a ella le costaba mucho verse haciendo otra cosa, lo que seguro le tocaría hacer si se iba del país. Tenía miedo. Pero no solo era eso. Pasaba que su mamá atravesaba por un episodio depresivo, y no se hallaba dejándola a ella ni a sus hermanos menores.

“Me voy primero y después te mando el pasaje”, propuso él. 

A ella se le hizo un nudo en el estómago. Se preguntó si era lo correcto quedarse, pero él no trató de convencerla.

“Está bien”, dijo Ana. 

Y con ese acuerdo mutuo, se despidieron. 

Vinieron muchas videollamadas y mensajes. Luego menos videollamadas y menos mensajes. Así transcurrieron siete meses. Llegó su aniversario número ocho y durante los primeros minutos de conversación telefónica, Ana cayó en cuenta de que lo había olvidado y él lo notó enseguida. 

Llevaban ocho meses de relación a distancia. 

Meses después, Esteban asomó que ya no estaba seguro de lo que sentía y Ana entró en pánico: “Si quieres que me vaya mañana, me voy mañana”, le escribió mientras lloraba, pero él respondió que “ya no”.

Luego de ocho años juntos, vinieron cinco años de mucho silencio. 

Cinco años donde se convirtieron en extraños. En algún punto, Ana le escribió una carta (correo) larguísima, con mucho amor, esperando construir “un mejor cierre”, pero nunca tuvo respuesta.

“Hoy viajo a Caracas”, fue el mensaje de Esteban que sorprendió a Ana en junio de 2023, tres años después de aquella carta. 

De inmediato recordó aquel momento en que lo había tenido de frente por última vez.

Pasaron los días y Esteban no le proponía un encuentro. Ana le sacó conversación dos veces, hasta que él le dijo que quizá, si ella no estaba muy ocupada, podrían reunirse.

“Yo sí quiero verte”, le respondió Ana. 

Entonces, acordaron encontrarse el miércoles siguiente.

Él la buscó en su actual trabajo. Ella se distraía viendo su celular cuando alzó la mirada y lo vio: estaba igual a como lo recordaba. Caminaron por las mismas calles que antes habían recorrido. Ana bromeó sobre cómo con cinco años fuera del país Esteban seguía con más ubicación espacial que ella.

Llegaron a un restaurante chino, donde tantas veces estuvieron, solos y con amigos. Esta vez se sentaron frente a frente. Ella se había preparado su mejor pinta. Él la miraba poco, se veía nervioso. 

Con medio tobo de cervezas encima, Ana sacó su celular. Pretendía buscar unas notas que había escrito esa mañana con muchas de las cosas que había querido decirle durante todo este tiempo. Comenzó a decir que su historia merecía más, un mejor cierre.

Él le leyó las intenciones y le dijo que lo dejaran “fluir”. Minutos después, en un juego de manos, cual mago, asomó el anillo. “Lo guardé”, le dijo. 

Ella buscó en su bolsillo trasero y sacó el suyo. Ambos sonrieron y ella decidió no decir nada de lo planeado.

Esteban acompañó a Ana a casa, como lo había hecho otras tantas veces, y se despidieron con un abrazo.

Prometieron volver a verse antes de que él regresara a Chile, donde vive ahora, cosa que finalmente no pasó. Pero al menos ahora Ana tiene un nuevo recuerdo de la última vez que tuvo frente a Esteban. Un final más parecido a lo que ella creía que merecían.


*Los nombres de los protagonistas de esta historia fueron cambiados. 

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Periodista venezolana con enfoque en derechos humanos y diversidad. Me gusta contar historias, el periodismo de investigación y las bases de datos. Actualmente coordino la Unidad de Contenidos Especiales de Crónica Uno.

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