Ellos sabían que entrarían de cualquier modo

Como si se tratara de las réplicas de un terremoto, el apagón general de los primeros días de marzo fue sucedido en Maracaibo por una serie de saqueos que dejaron unos 500 comercios con escasas posibilidades de volver a levantarse. El Hotel Brisas del Norte, en el barrio del mismo nombre, fue uno de ellos. Odalis Vergara, su directora general, hizo todo para evitarlo. Pero, a falta de ayuda de las fuerzas del orden, tuvo que resignarse a ver, desde un puente cercano, cómo destruían 22 años de trabajo.

Fotografías: Fernando Bracho Bracho

 

El miércoles 13 de marzo de 2019, el sol ya no bañaba de la misma forma la recepción, el lobby ni las habitaciones del Hotel Brisas del Norte, enclavado entre los techos de zinc y las calles de arena del barrio del mismo nombre, al norte de Maracaibo. La luz no podía ser la misma. No para Odalis Vergara, quien el día anterior vio cómo, en minutos, su trabajo de 22 años quedó hecho añicos.

El martes, como era habitual, la mujer de 60 años llegó a las 7:00 de la mañana para comenzar su rutina como directora general en el hotel de dos grandes jefes y amigos, que ella ayudó a fundar. Ya de entrada, la jornada se anticipaba muy diferente a la usual: no había huésped alguno y se cumplía el quinto día sin luz, por el apagón general que tenía al país entero en una desconcertante pausa. Pero, aún así, no se trataba de nada que no pudiera olvidar con el tiempo. Lo que ocurriría un par de horas después, sí. Eso sí marcaría esa fecha en su memoria.

La mañana estuvo signada por un único tema de conversación entre ella y los 14 empleados que fueron ese día: la oscuridad de Maracaibo y la cantidad de gente que había llegado a solicitar habitación la noche anterior, pensando que en el hotel contaban con una planta eléctrica que les permitiera dormir con aire acondicionado en una ciudad donde la temperatura puede llegar a los 40 grados. Odalis contó que había rechazado, incluso, a quienes insistieron en quedarse de todos modos. No podía permitirse que alguien durmiera en su hotel en esas condiciones y sin la posibilidad de ofrecerle a cabalidad el servicio cuatro estrellas al que estaban acostumbrados.

Conversaban en el restaurante interno, mientras aguardaban por el desayuno. La vista de la piscina, de formas sinuosas y rodeada de árboles, los animaba. Hasta que la muchacha encargada de buscar los ingredientes para preparar unos sándwiches caminó unos 50 metros en dirección al depósito externo, y se encontró de frente con una escena que la espantaría.

Unos 10 hombres habían invadido el complejo recreacional, constituido por el hotel y un área con 24 habitaciones en forma de tráileres, un restaurante, una pizzería y un jardín infantil. El pequeño tumulto se escabullía entre los remolques con la intención de saquearlos. Era una masa de cuerpos que corría ensopada en sudor y movida por el furor. Habían entrado tras demoler una parte de la cerca de bloques colindante con una cañada.

La empleada alertó a los demás. El aroma a café fue desplazado por un intenso olor a peligro. Y en la mente de Odalis se atropelló el recuerdo de lo que le habían dicho la tarde anterior.

—No se confíe, doña, vamos a entrar de cualquier modo.

La amenaza provino de una persona que venía entre una muchedumbre que pasó frente al hotel, luego del asalto a una cercana fábrica de refrescos Pepsi. Ningún punto cardinal de la ciudad se había salvado. La Cámara de Comercio de la capital zuliana contabilizó luego un total de 500 establecimientos saqueados entre lunes y martes. Locales de comida, medicinas, electrodomésticos, centros comerciales enteros habían corrido con la misma suerte.

Aún así, Odalis pensó que eran palabrerías. ¿Por qué habrían de saquear un hotel? Frecuentemente, comisiones de cuerpos de seguridad llegaban allí a tomarse un trago en el bar. Esa camaradería formada a lo largo del tiempo le hizo pensar que nada pasaría. Que las fuerzas del orden estarían allí en caso de que los forajidos intentaran entrar.

Sin embargo, estaba intranquila.

Su primer instinto fue ir al Comando Regional número tres de la Guardia Nacional Bolivariana, no muy lejos de allí. En cuanto cruzó el portón de salida del hotel, vio que el tumulto de gente aumentaba. Eran las 9:00 de la mañana.

En el cuartel solo se limitaron a decirle dónde podía alcanzar a la patrulla de motorizados que acababa de salir. Cuando interceptó al pelotón con equipo antimotines, la persona al frente prometió que irían de inmediato a enfrentar a los asaltantes, pero esto no ocurrió. O al menos, ella nunca lo supo. En su lugar, se dirigieron hacia un Makro vandalizado el día anterior. Un equipo de la Región Estratégica de Defensa Integral de la Fuerza Armada Nacional evaluaba los daños. En el supermercado mayorista solo quedaban los carteles con los precios rotulados. Se habían llevado hasta una parte del techo.

Odalis los siguió hasta ahí, insistió en que necesitaba ayuda, pero no la dejaron pasar. En su mente corría una película de delincuentes ocupando una por una las 85 habitaciones de los cinco pisos del hotel. Y comenzó a desesperarse.

Un oficial accedió a hablar con ella. Con su porte marcial, su alta estatura y su voz firme, pareció querer transmitirle seguridad.

—¡Cálmese, vamos a tomar el control de la situación! —le dijo.

Ella recobró en algo la calma. Imaginó que sus intentos de procurar ayuda no serían en vano. Volvería con la guardia y sacarían a los asaltantes. Entonces, dio marcha atrás.

Al regresar, encontró una tanqueta de la GNB en el puente de hojalatas que cruzaba la cañada y comunicaba con el hotel. Se mantuvo cerca, sin atravesar el puente, observando cada movimiento.

De repente, se escucharon disparos. Ella se animó, los guardias comenzaban a enfrentar a los ladrones, pensó. Miraba como una madre ve a su hijo luchar por la sobrevivencia, con una mezcla de esperanza y angustia. Pero algo iba mal. Lo presentía.

Detonaciones. Silencio. Detonaciones. Gritos. Detonaciones. Y el vehículo militar seguía a la mitad del puente, sin moverse. De él no salía ningún funcionario. En los alrededores tampoco se veía ninguno. Los refuerzos no llegaban. Otra vez disparos. ¿Quién los hacía? Odalis jamás lo sabrá.

Con miedo, desconcertada, la mujer apreciaba la fachada del edificio, impecablemente pintada de beige, y se entregaba a la idea de que el negocio emprendido hacía más de dos décadas estaba por completo a merced de los invasores.

Sí, era el mismo proyecto que en un principio le pareció utópico cuando se lo bosquejaron sus dos jefes. Ella era su mano derecha y, por lo tanto, un apoyo importante para ellos. Planeaban erigir el hotel donde no había más que maleza. El lugar no se caracterizaba por ser turístico y tenía un talón de Aquiles: el terreno estaba en el centro de una barriada popular. Empresarios y comerciantes unánimemente decían que era una locura.

—Por eso es que los barrios no progresan —escuchaba responder a sus jefes—, porque no se les brinda una oportunidad. Hay que ayudar a limpiar esa mente, apostar porque esto sea una fuente de trabajo, un lugar donde los colegios y la gente tengan donde celebrar sus fiestas.

Odalis se convenció de que funcionaría. Al igual que ellos, quería romper el estigma sobre los barrios. Comenzaron con 48 remolques acondicionados como habitaciones para camioneros y pronto el negocio ganó popularidad. Luego, apostaron por algo más grande, construir un edificio de cinco pisos para alojar a ejecutivos y familias provenientes de otras regiones del país y extranjeros, principalmente de Colombia.

El Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela (Bandes) les rechazó el crédito tres veces, entre 2000 y 2002. Menudencias con el papeleo, así que la construcción no fue fácil. Solo consiguieron el financiamiento de una parte, la otra correría por cuenta propia. En 2010, tras la inauguración, se encontraron sin dinero para pagarles a los empleados. Y en medio de cada complicación, estaba Odalis cargada de optimismo y confiada en el futuro.

Rezó día tras día para encontrar soluciones. Le hizo hasta promesas a Dios pidiéndole que acelerara respuestas a sus súplicas.

El tiempo conviviendo con la comunidad de Brisas del Norte la hacía sentir segura. Nunca temió por robos o vandalismo. Incluso, los fines de semana se alegraba por la presencia de las familias vecinas en la piscina. Ella, oriunda de Colombia, no tenía hijos, pero llenaba su vida de sentido con la crianza de tres sobrinos y el cuidado de hotel.

Comenzaron con 12 trabajadores. El grupo fue creciendo hasta llegar a 60, que era los que tenía en su nómina ese martes 12 de marzo, en su mayoría residentes de los alrededores.

Mientras se producía el saqueo, dentro de las instalaciones permanecían solo dos empleados, entre los que estaba Leonardo Pinzón, otro de los directores. A unos metros del puente y sin poder hacer nada, Odalis temblaba de pavor pensando que algo les pudiera ocurrir.

Pasadas las 10:00 de la mañana, ambos escaparon a través del patio de una casa y fue cuando ella pudo conversar con Leonardo.

—¿Se metieron en el bar? —le preguntó.

—En todos lados.

—¿Y en la piscina?

—También. Son más de 100 personas.

Algunas sombrillas de palma las habían desprendido y quedaron torcidas en el piso de concreto. Una de ellas flotaba en el agua como una barcaza huérfana.

—¿Queda algo? —quiso saber Odalis, buscando a qué aferrarse.

—No están dejando nada.

Los comentarios y videos que le hacían llegar los mismos vecinos por Whatsapp la desalentaban aún más. Ella quería correr y detener lo que sucedía. Plantarse frente a la turba.

Ninguna autoridad llegó al Hotel Brisas del Norte. La tanqueta de la Guardia Nacional no se movió del puente. A las 2:00 de la tarde, resignada, Odalis dio media vuelta y se marchó a su casa. Llevaba un nudo atravesado en la garganta.

A la mañana siguiente, su ilusión era llegar y encontrarse con que se habían robado solo el mobiliario. Pero lo que vio le hizo parecer que no estaba en el lugar correcto, que había llegado a un hotel devastado en Siria, en Afganistán. Cada centímetro había sido arrasado.

Tramos del techo de yeso guindaban como lámparas sin forma. Las ventanas rotas en el suelo. Mesones de mármol sin mármol. Pisos alfombrados sin alfombra. Puertas con lectores inteligentes con los artefactos desprendidos. Calentadores de agua arrojados en medio de los pasillos. Ascensores violentados. Piezas de baño tiradas en las escaleras. Una lluvia de papeles caídos en cada rincón.

Aquel no era el hotel que Odalis dirigía.

El llanto se volvió una pulsión incontrolable. Se mezcló con gritos, con rabia, con impotencia. Odalis no era capaz de comprender cómo tantos años de trabajo podían haber desaparecido en menos de 24 horas.

Han pasado dos semanas y la misma pregunta la acecha. ¿Quiénes podían haber hecho todo aquello? ¿Por qué? Mientras narra su historia, mantiene su mirada en una de las ventanas del frontis del hotel. El vidrio tiene 17 impactos de pedradas. Ella está en trance recordando.

—Estaba segura de que podíamos pararlos, de que nos ayudarían —dice, recogiendo su cuerpo.

Viste con una camisa gris identificada con el nombre del hotel, pantalón negro y zapatos marrón claro.

Otra lágrima se le escapa.

La situación fue tan asfixiante que sufrió una crisis de nervios y tuvieron que hospitalizarla por varias horas.

Hasta la fecha no sabe a ciencia cierta de dónde eran los saqueadores, ni cómo se llevaron aires acondicionados de toneladas sin que alguien los viera, o cómo sabían dónde estaban las llaves del agua que cerraron antes de desmantelar los baños. No se atreve a plantear hipótesis porque sufriría aún más.

De la tropa de vándalos no hay ningún detenido. Tampoco ha habido algún ente gubernamental que se comunique con ellos para conocer su situación.

Ella ha ido todos los días al hotel, no sabe muy bien a qué. De los dos propietarios, solo uno ha tenido la fuerza para acudir una vez, suficiente para no querer regresar más. El otro, aquejado por el Parkinson, hasta los momentos no ha visto el lugar; Odalis teme que el impacto empeore su condición.

—Nos dejaron como para no levantarnos más —se repite—. Además, si no tuvimos amparo cuando lo necesitamos, ¿a dónde lo vamos a buscar después?

 

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"Pienso con los dedos armado con 27 letras". Licenciado en Comunicación Social, egresado de la Universidad del Zulia. Mi trabajo va orientado a escribir, describir y contar las historias que día a día bullen en una realidad a veces inverosímil.

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