Petare cambió la vida de Jesús Gianfrancesco

Feb 08, 2018

Es entrenador de fútbol y ha dirigido seis equipos, todos en la parroquia del municipio Sucre. Pero no busca ser solo el hacedor de jugadores talentosos. Jesús quiere más: quiere mejores personas, mejores adultos, que cambien la imagen que tiene la gente sobre la comunidad caraqueña de Petare.

Fotografías: Rayner Peña

 

—¿Quién comanda?

—¡Petare es lo que manda!

—¡Más fuerte! ¿Quiéeen comanda?

—¡Petare es lo que manda!

Cuando Jesús Gianfrancesco vio a su equipo de fútbol infantil desfilar en el acto inaugural del torneo, su corazón se aceleró. Sus ojos, verdes, casi transparentes, se hicieron más brillantes. Y sonrió. Estaba realmente feliz. La Copa América de Petare —llamada así por el torneo de la Confederación Sudamericana de Fútbol que había comenzado apenas tres días antes— iniciaba la mañana de ese domingo de 2015 su calendario de juegos, aquel que con tanta precisión él mismo había diseñado durante semanas. Más de 500 niños estaban ahí, en el Polideportivo Mesuca, para jugar fútbol, y él había sido el planificador. No podía estar más contento.

Si el día que se mudó de Cariaco a la zona 5 del barrio José Félix Ribas, en Petare, le hubiesen dicho que se enamoraría de su nuevo hogar, no lo hubiese creído. Tenía apenas 9 años. Fue una mudanza repentina desde el lugar donde había nacido, en el estado Sucre, donde vivía toda su familia, hacia uno de los sectores más peligrosos de la capital del país y ahora el más peligroso de Latinoamérica. Pero su madre pensó que sería un mejor lugar para criar a sus hijos, en aquellos años 70. O, tal vez, pensó que era la forma idónea para sepultar su pasado.

Las razones de su madre no importaban ya. Si algo tenía claro Jesús ese domingo, es que Petare y su fútbol eran la más valiosa de sus posesiones.

 

Jesús no fue un niño aficionado al fútbol, aunque lo disfrutaba como espectador. Hasta sus 12 años, nunca lo había jugado con regularidad. Ya tenía tres años viviendo en Petare, y quienes lo conocían le habían tomado cariño. En especial, el padre Matías Camuñas, encargado de la iglesia de la parroquia. Fue él quien, ese año, gestionó el ingreso del adolescente en un internado católico en Mérida.

Así, dejando apenas la pubertad, Jesús se mudó otra vez.

En Mérida, cursó sus años de bachillerato en un amplio recinto en el páramo, perteneciente a Fe y Alegría: el Colegio San Javier del Valle. La neblina, el frío, la Sierra Nevada eran distintos a todo lo que conocía, pero le gustaban. La rutina diaria, además de la jornada académica, incluía actividades deportivas. Fue así como el fútbol y Jesús se conocieron.

Los más grandes y con más experiencia le enseñaron a jugar, y lo incluyeron en el equipo. Jesús se lo tomó en serio y se levantaba a entrenar todos los días a las 5:00 de la mañana. Mono, suéter, zapatos deportivos, y al patio. Lo hacía cada madrugada. Pronto, las prácticas mejoraron su técnica y movimientos. La pasión ya la tenía.

Entonces, comenzó a competir en torneos interescolares. Juego tras juego, con triunfos y derrotas, Jesús vio en el fútbol algo más que un deporte. Pensaba que jugaría por mucho tiempo, pero una mañana, a sus 14 años, cambió el rumbo de su potencial carrera. Era, todavía, solo Jesús Márquez y viajó a Barinas a defender su camiseta. El árbitro pitó una falta y sentenció un tiro de córner: él lo cobró.

El silbato sonó y Jesús hizo un saque de esquina. Los rivales forcejearon. Él salió a atacar, pero una patada le hizo perder el equilibrio y cayó. Estuvo lesionado de la cadera durante seis meses. Ese sería su último partido.

Jesús regresó a Caracas a los 20 años. Ya había terminado el bachillerato y anhelaba volver a su hogar, con su mamá, Valentina Márquez. Pero, en 1988, aquel barrio que abandonó en la década de los 70 ya no era el mismo. Petare era cada vez más inseguro. No pudo volver a dormir en José Félix. Ahora era un forastero. ¿Dónde viviría? ¿Qué sería de su vida ahora que no tenía una casa a la cual llegar? Seguro el padre Matías Camuñas sabría qué hacer.

En la casa hogar Domingo Savio, de Palo Verde, estaban buscando a un entrenador de fútbol. Jesús aceptó a cambio de un techo donde dormir. En 1994, el equipo comenzó a vestir una franela y a asistir a competencias, pasando de ser un grupo de pequeños de la casa hogar al Domingo Savio Fútbol Club.

 

Jesús tenía 26 años cuando descubrió la verdad sobre su origen. Él y su hermana eran hijos de un empresario italiano, Tomasso Gianfrancesco. Su madre los concibió durante las jornadas laborales que desempeñaba en el hogar de aquel hombre, como ama de casa. Jesús organizaba cajas viejas en casa de su abuela, en Cariaco, cuando consiguió una carta que se lo reveló. Comprendió entonces el porqué de sus verdes ojos, que contrastaban con su piel morena, y lo diferenciaban de sus ocho hermanos.

El padre Camuñas fue uno de los primeros en saberlo. Jesús estaba curioso, pero no le quitaba el sueño su ascendencia europea. Aunque lo quisiera, no tenía los recursos para viajar y buscar a su otra familia.

Pero eso cambió, repentinamente.

Un intercambio cultural entre Venezuela e Italia permitió que Camuñas seleccionara a un integrante de la parroquia para que viviera un par de semanas en ese país. Se inclinó por un compañero de Jesús, que también trabajaba en las causas sociales de la iglesia, pero días antes del viaje se enfermó. Y Jesús lo sustituiría.

En Italia, hizo amigos fácilmente, como de costumbre. Cerca de la casa donde se alojaba, conoció a Franca Bertini, una anciana sin hijos, de trato cariñoso. Jesús la ayudaba en sus quehaceres, le leía la correspondencia y la acompañaba por las tardes. Franca se prendó de él. Después de su breve estadía, ella siguió, cada verano, durante nueve años, enviándole el pasaje para que la visitara. Confiaba en Jesús y lo llamaba nieto. Cuando no pudo escribir más, fue él —ya bilingüe— quien pasó a escribir sus cartas. Bertini viajó a Venezuela una única vez, durante la campaña presidencial de 1998. La imagen y el discurso de Hugo Chávez le recordaron a Benito Mussolini, y le advirtió a Jesús que no regresaría; tenía un mal presagio.

Fue ella, su abuela italiana, quien lo motivó y financió para que buscara a la familia de su padre, y pidiera su apellido. “Vergogna! Vergogna!”, decía cada vez que tocaba el tema con Jesús. Hasta que un día, llamando a cada Gianfrancesco de la guía telefónica, Franca finalmente acertó.

Una hermana de Jesús conversó con ella, luego con él. Pautaron un encuentro en una estación de tren. Sus tíos lo buscaron. Jesús estaba con su maleta en la parada de transporte cuando dos hombres se acercaron y sin mediar palabra lo besaron en ambas mejillas: “Tienes sus ojos. La misma mirada de tu padre”, le dijeron. Ese día, Jesús conoció a su padre, y meses después era, legalmente, un Gianfrancesco.

Sin embargo, las visitas a Italia siguieron siendo para visitar a Franca. El último verano que compartieron, presintiendo quizás que sería la despedida, ella intentó cambiar su testamento para favorecer a Jesús.

—¿Qué ibas a hacer con tu dinero antes de conocerme? –preguntó él.

—Iba a donarlo a los niños huérfanos.

—Entonces eso harás.

Él estaba en Venezuela cuando murió su abuela Bertini.

Jesús Gianfrancesco llegó a las filas del Deportivo Petare en 2010, cuando el equipo, llamado antes Deportivo Italchacao, fue transferido a esta parroquia, debido a negocios entre los antiguos dueños y la Alcaldía del Municipio Sucre. Para entonces, ya había dirigido los conjuntos Esperanza Juvenil, en 1996; el Andrés Bello, en 1998 y 1999; y combinados petareños desde el 2000. Ese año se graduó también de profesor de educación física en el Pedagógico Siso Martínez.

Como técnico, exige disciplina, puntualidad y respeto. También es el entrenador que después del partido —se gane o se pierda— lleva a los jugadores a comer hamburguesas o al cine. En su juventud, colaboró en la creación de dos casas hogares en el municipio Sucre, y es conocido entre niños que mendigan en La California por ser “el profesor” que los lleva al cine.

No tiene hijos, ni esposa, aunque su relación sentimental más duradera le permitió desempeñar el papel de padre. Pero él no se siente solo. “Yo tengo muchos hijos. Todos juegan fútbol”.

Y a ellos, a sus hijos, dedica cada día de su vida.

En 2012, como parte del proyecto de canteras para el Deportivo Petare, Jesús creó un nuevo equipo de fútbol infantil: Mister Soccer, con sede en el estadio de La Dolorita. En él, niños de siete categorías se inician en esta disciplina, con la oportunidad de ascender al fútbol profesional cuando culminan su fase preparatoria.

Un año después, se alió con la organización no gubernamental Pasión Petare, dedicada a fomentar el fútbol y sus valores, a través del apoyo a las comunidades con dotación, talleres y recuperación de espacios. Junto a ellos, ideó y emprendió la creación de la Liga Municipal Sucre, ahora Liga de Fútbol Menor de Petare.

En 2015, el torneo local ya reunía a 50 equipos —10 de ellos femeninos— y más de 3.500 niños de la parroquia. Para mantenerlos en las canchas durante las vacaciones escolares, se crearon planes de fútbol que incluyen paseos por la ciudad.

Pero en 2016, la crisis económica arreció. Los niños comenzaron a desmayarse de hambre durante los entrenamientos. Jesús lo denunció una y otra vez. En febrero de 2017, Petare Fútbol Club creó entonces el programa “Un ángel de Jesús para Petare”, que promovería espacios de alimentación gratuita para los niños de la comunidad. Y Jesús, recién graduado de gerente deportivo, quedó a cargo.

No es raro verle con empanadas para una familia entera. Tampoco verlo subir —desde su casa en Palo Verde— a las viviendas de sus jugadores —cerro arriba— para darle una mirada a sus condiciones, su vida familiar, sus calificaciones. Donde está él casi siempre hay un niño con uniforme deportivo, que muchas veces Jesús ha costeado. Él mismo viste siempre su franela del Petare FC, como preparado para entrenar cuando sea, donde sea.

—La vida me ha dado muchísimo, y yo quería devolverlo, sin pedir nada a cambio. Cuando estaba chamo, supe que el fútbol era el medio para brindarle a la sociedad mejores personas. ¿Qué hubiese sido de mí si no hubiese aprendido a entrenar niños? ¿Y qué sería de mis chamos sin el fútbol, en un entorno con tanta delincuencia? El fútbol no es solo un juego. Es una manera de aprender a ser disciplinado, responsable. Aleja a los niños de los hábitos dañinos, y los convierte en adultos útiles, en buenas personas. Este es un sitio peligroso, y todos los días la gente lo asocia a la muerte, a los robos. ¡Pero cuánto talento hay en Petare! Petare es más, y yo quiero que todos lo sepan.

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Jugaba a ser reportera desde que aprendí a leer. Luego, coqueteé en mi imaginación con cinco profesiones más. Pero la vida me quería periodista. Lo supe a los 12 años. Nací el día que empecé a cubrir deporte menor y las comunidades me enamoraron. Ahora aprendo a contar sus historias.

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