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Se refugió en el mismo lugar del que escapó

Nov 18, 2023

En mayo de 2015, Helena Riera Silva se fue de Venezuela como quien huye de un sitio que ya se le había vuelto demasiado hostil. En Chile, su país de acogida, se sintió libre. Al poco tiempo comenzó a pensar que quizá ese no era su lugar definitivo. Pero allí, un poco extraviada, comenzó a fraguar su futuro.

FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR


—El grabado es una técnica que se utiliza desde hace cientos de años, desde la Edad Media, como una manera artesanal de imprimir dibujos o documentos…

Helena Riera Silva estaba ante una decena de niños de 8, 9 y 10 años que la escuchaban. Ese es uno de sus grupos de lectura y arte. Se llama CLAN: Club de lectura y arte para niños. El nombre se le ocurrió un día mientras caminaba y hablaba consigo misma. Aunque la idea de ese espacio había estado revoloteando en su cabeza durante años, sabía que tenía que dar un paso más. O varios. Podría decirse que nada la entusiasmaba más que este proyecto que comenzó a pensar estando lejos de casa pero que ahora, ya en tierra fértil, tendría donde echar raíces. 

Helena creció en Carora, a una hora y media de la ciudad de Barquisimeto. Cuando tenía unos meses de nacida, la librería de su mamá fue saqueada en medio del Caracazo, una ola de protestas en rechazo a las medidas económicas adoptadas en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Unos años más tarde, desde la literatura, conoció algunos períodos represivos de la historia: la Cuba de Castro o la Alemania de Hitler. Entre El arca de Schindler y Mafalda, se hizo una idea clara. 

Al crecer, Helena quiso ser comunicadora social y se fue a Caracas a estudiar en la Universidad Católica Andrés Bello. Al graduarse, tenía muy claro que quería probar suerte afuera: poco después, en 2012, se fue por casi siete meses a Irlanda a estudiar inglés. Allá se dio cuenta de que la calidad de vida en el exterior podía ser mejor que la que llevaba en Venezuela. Volvió unos días antes de las elecciones presidenciales en las que se enfrentaron el entonces gobernador de Miranda, Henrique Capriles, con Hugo Chávez, que aspiraba a la reelección.

Ni en esa ni en las votaciones del año siguiente, tras la muerte de Chávez, Helena vio el cambio que esperaba. Y comenzaron las protestas.

En 2014, algunos dirigentes de la oposición venezolana lideraron una ola de manifestaciones conocida como “La Salida”. Helena, como miles de jóvenes que protestaron, veía que era posible un cambio: que una ventana se abriera ante lo que comenzaba a percibir como una suerte de claustrofobia dictatorial. Al cabo de unos meses, la crisis en Venezuela se agudizó. Según datos oficiales, 42 personas fallecieron ese año durante enfrentamientos con las fuerzas de seguridad del Estado. 

Helena, definitivamente, quería volver a irse. 

Su miedo a quedarse atrapada en Venezuela y vivir todo aquello que leyó en los libros sobre Cuba y Hitler desembocaron en un plan migratorio: se iría a Chile, a donde habían llegado poco más de 54 mil venezolanos. 

Uno de sus cuatro hermanos mayores había emigrado seis meses antes a Santiago de Chile. Él ya estaba trabajando como recepcionista en un hotel y, aunque el apartamento en el que vivía era pequeño y todavía no tenía muebles, ahí la acogió. Como pudo, improvisó una mesita de noche con cajas de las cosas que había comprado al llegar. Eso, junto a la colchoneta en el piso en la que dormía, era toda su habitación.

En Santiago volvió a experimentar la sensación que tuvo en Irlanda. Podía caminar de noche. Podía comprar comida. No se iba la luz. Se enamoró de los parques de la ciudad, el transporte público era ordenado. Era justamente el idilio que imaginaba, lo que estaba buscando al salir.

Pero el deslumbramiento no duró mucho.

Con el paso de los meses, Helena comenzó a ver grietas en esa nueva vida. Todo le provocaba rechazo. En realidad no se acostumbraba. El calor de su Carora natal distaba mucho de las prolongadas temporadas de frío en Chile (cosa que ya había sentido en Irlanda, pero en aquella oportunidad lo soportaba porque sabía que no duraría mucho tiempo). 

Además, Helena no soportaba estar tan lejos de su familia, sobre todo de sus sobrinos: Carmela y Paula, ambos de 1 año; y Eleazar y Julia, de 6. Pensaba que se estaba perdiendo el crecimiento de los pequeños. Le daba mucha nostalgia ver los videos que su mamá le enviaba acaso para que se sintiera más cerca. Como uno en el que Carmela estaba parada, en la escalera de su casa, viendo un nido de aves que reposaba sobre las ramas de un árbol: “Mira, el pararito, el pararito”.

Ese nido de pájaros era un universo que ella quería volver a contemplar.

Una mañana, mientras viajaba en el metro para ir a su trabajo, se lo escribió a unas amigas con las que aún hablaba en un grupo de WhatsApp:

“Odio esta ciudad, odio este trabajo, odio mi vida”.

Desde que estaba en Venezuela, Helena quería acercarse profesionalmente al arte y la literatura. Así, a pesar de que a veces tenía el ánimo nublado, en Chile se decidió a cursar un diplomado de literatura infantil. Le gustó, lo disfrutó. Y dos años más tarde, presentó una propuesta en una biblioteca de una municipalidad de Santiago para hacer círculos de lectura con niños en distintos cafés literarios y plazas de la ciudad. No importaba que fuera algo gratuito: era su primera aproximación a cualquier actividad creativa y eso la emocionaba.

Pero entonces comenzó la pandemia de covid-19. Por aquella época de confinamiento, arrancó un posgrado de arte y educación en la Universidad Central de Chile. Eso la llevó a preparar un proyecto pedagógico para desarrollar la creatividad a través del dibujo. Ella, que ya venía haciendo reuniones esporádicas con sus amigas, decidió que era un buen momento para formalizar las actividades y ofrecerlas como talleres, principalmente para adultos. Produjo dos o tres en un espacio literario de una municipalidad. Quería hacerlos con más frecuencia. 

Había pasado el tiempo. Tenía siete años y nueve meses como migrante. Encadenaba momentos buenos pero siempre tenía desazón por estar lejos. Claro, cuando sentía que su motivación disminuía, surgía algo que le animaba: algo como el proyecto de los talleres, algo como su pareja, algo como una cafetería propia que logró montar. 

Pero también surgió algo que marcó definitivamente su experiencia migratoria. Si bien las visitas de sus padres a Santiago la acercaban a un mundo que parecía lejano, el desconsuelo comenzó a formar una cara que ella no imaginó. En 2019, en uno de esos viajes, su papá falleció en Chile y transformó el luto migratorio de Helena en uno más profundo: en un peso que, para ese momento, resultaba difícil de descargar con alguien más, y que siguió llenando su mochila de tristeza. Entonces el sentimiento de vacío continuó creciendo.

En enero de 2023, su tía abuela María cumplió 90 años. Helena quería ir para celebrar con la familia. Para verlos y abrazarlos. Sabía que el país continuaba sumergido en una crisis humanitaria, política y social. Que en su casa no llegaba el agua con regularidad desde hacía cuatro años. Que los cortes de electricidad no paraban. Que todo estaba caro y cambiar dólares —que ya no rendían tanto como en 2015— seguía siendo un dolor de cabeza. Pero las fotos de algunos amigos reencontrándose con su familia la llenó de envidia. Y aumentó sus ganas de ir. 

Como su pasaporte estaba vencido y el costo del pasaje Santiago-Valencia era alto, optó por viajar en avión hasta Riohacha, Colombia. Desde allí, debía dirigirse hasta Maicao y trasladarse por una trocha para llegar al estado Zulia. 

Iba con dos hombres y, en el camino, se encontraron decenas de alcabalas militares y civiles que los detenían. Una y otra vez. Demasiada corrupción que no recordaba después de tanto tiempo. Aun así, llegar a Venezuela fue como un analgésico que calmó su necesidad de huir. O mejor dicho, le ayudó a esconderse en el mismo lugar del que casi ocho años atrás había escapado. 

Se sentía como si ella fuera la brisa caliente, como si los curarires de la carretera le recordaran a dónde pertenecía. El joropo, la música de Simón Díaz, la literatura, Aquiles Nazoa. Disfrutar de lo próximo. Helena supo entonces que su regreso a Chile sería breve: iría a cerrar la cafetería y retornaría a Carora, donde sus planes tenían tantas o más posibilidades de prosperar que en Santiago.

Allá, antes de volver definitivamente, tratando de comenzar a ordenar su nueva vida, se le ocurrió hacer un tuit: 

“Hola, amigos. Estoy por devolverme a Venezuela (fuertes declaraciones). Cualquier dato de trabajo, se agradece. Estudié comunicación, tengo un diplomado en literatura infantil y un magíster en arte y educación. Lavo, plancho, cuido muchacho y les juro que jamás les montaré cacho”, cerraba con el tono jocoso que caracteriza su cuenta. 

Recibió más de 1 mil respuestas:

“¡Bienvenida a tu casa! Un abrazo generoso y con olor a mar”.

“Te doy un consejo antes de tomar esa dura decisión: mi hermano regresó a Venezuela hace cinco meses (estaba relativamente bien en Perú) y anteayer me enteré de que se devolvió a Perú porque no está nada fácil la situación. Piénsalo mejor”.

“Te irá bien, no hay lugar como el hogar”.

“No sé por qué te devuelves… Puedes buscar otro país. Tú eres una persona profesional y lamentablemente en Venezuela ahora tendrás menos oportunidades que afuera. Insiste en otro país”.

Sus familiares y amigos recibieron a Helena con el ánimo que necesitaba, con mucha calidez. Y comenzaron a aparecer oportunidades: uno de los directores del Club Torres de Carora se enteró de que Helena había vuelto y le propuso desarrollar actividades para niños. Y casi al mismo tiempo, una directora de la Esquina del poeta, un centro cultural ubicado en el casco histórico de la ciudad, también supo sobre los talleres que pocas veces pudo llevar a cabo en Chile. En menos de mes y medio había conseguido formalizar lo que en Santiago había sido esquivo. 

Fue así que nació CLAN, el club de lectura y arte para niños que siempre imaginó, y que logró establecer a su regreso. Tenía miedo de enfrentarse a las dificultades diarias que nunca faltan. No sabía si le iría mejor o peor. Pero estaba convencida de que lo hacía en el lugar adecuado.

—Consiste en hacer un dibujo en una matriz en la que se graba con un cuchillo, con un lápiz muy afilado, con algo que rompa la superficie. Que deje una marca —continuaba Helena ante los niños que escuchaban aquella sesión sobre grabados.

Ese, su clan de creatividad, la escucha con atención.

Para ella, el tiempo fue como el uróboro, la serpiente que se muerde su propia cola.

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Soy un periodista andino con sangre zuliana. Creo en el poder de la escritura como un trampolín hacia la creatividad. Consumo las noticias de Venezuela y echo el cuento de ellas en el newsletter de Arepita. Todos los días trato de contar un trocito de historia del país. #SemilleroDeNarradores.

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