En la penumbra de un calor que no da tregua

El apagón nacional que comenzó el 7 de marzo de 2019, se prolongó en Maracaibo más que en el resto del país. Fueron, en algunos sectores, siete días continuos sin servicio eléctrico en una ciudad que hierve a más de 30 grados centígrados, y donde los cortes continúan aún hoy. Para sobrellevar esas horas demoledoras en las que todo parecía suspendido, el fotógrafo Iván Ocando Urdaneta se aferró a su hija y su cámara. A través de las imágenes que captó cuando todo estaba oscuro, cuenta cómo resistió.

Fotografías: Iván Ocando Urdaneta

 

Ese 7 marzo de 2019 salí un poco antes de lo habitual de la oficina, con el fastidio que produce el no poder terminar las tareas pendientes. Ese día, a las 4:50pm, se fue la luz y eso me impidió cerrar mi jornada laboral como tenía previsto. En Maracaibo, la ciudad en la que vivo y que hierve a 30 grados centígrados, los cortes eléctricos ya son cotidianos. Lo único que me entusiasmaba de salir temprano era que en casa me esperaba mi hija y podría compartir más con ella.

Llegué a casa, pasé la cerradura de la entrada principal y el chillido de las oxidadas bisagras anunció mi llegada. Al poco tiempo comenzó a oscurecer: levanté la mirada y vi dos luceros iluminándome el camino al comedor.

Una risa pícara amenizó el encuentro. “Papá, papá”, gritó Julieta, mi niña, mientras me acercaba a ella. Salió corriendo con esa expresión que me quiere decir: “Atrápame si puedes”. Le sigo el juego: la persigo. Siguió anocheciendo sin luz. Julieta no entendía por qué no encendíamos las luces. Comenzó a llamarnos con voz temerosa. Era la primera vez que sufría un apagón de noche. Yo solo pensaba:

—Que esto pase rápido.

 

Aquella fue una primera noche terrible: no sabíamos nada, las comunicaciones fallaban, prácticamente no existían, los teléfonos estaban descargados. No esperábamos que durara toda la noche. Amaneció y nos enteramos, con la poca señal que nos llegaba, que se trataba de un apagón nacional. Decidí salir a cargar mis equipos todo lo que fuera posible, y a tratar de obtener mayor información de lo que estaba pasando. La soledad inundaba aquellas calles, el desconcierto y la desesperación se paseaban por las aceras.

Nadie tenía certeza de nada. Volví a casa.

 

Pasamos la segunda noche sin electricidad. Me despierto, veo y siento cómo las sombras y el sol juegan en el cuarto, y de repente el nombre de Guido Orefice, el personaje de La vida es bella, vino a mi mente como una epifanía y declaré: es hora de dibujarle una realidad más vivible a Julieta… “La vida es bella”, me repito.

Tercer día. Observo que la “normalidad” se instaura en la ciudad, es como si nunca hubiésemos tenido servicio eléctrico continuo. Me pregunto si a esto es a lo que debemos acostumbrarnos. Si es así, yo me niego. Mi hija y mi cámara —a quien llamo Andrés Eloy— me sostienen y me empujan a no acostumbrarme. Hago fotos.

Cuarto día. Ya Julieta está cansada de los mismos juegos y del calor. De un calor que no da tregua y que resulta demoledor. Mi hija se levanta de la cama. Tiene un objetivo en su mente y, a pesar de mis llamados de atención, nada la detiene. Sigue sus pasos, llega al televisor y presiona el botón de encendido: Tom y Jerry hoy no vendrán a jugar.

Quinto día. Las simbologías de estos días emergen. La paciencia se agota. En mi mente solo me repito: “Resiste, resiste, esto tiene que acabar”. Aún no hay información exacta de lo que está pasando.

En la noche de este quinto día, regresa el servicio eléctrico a dos cuadras de mi casa. Pero en mi residencia, en La Fusta, todavía estábamos en penumbras.

La luz no regresaría sino hasta día y medio después.

Otras entregas:

¿Nos tomas fotos porque damos lástima?

Nos hemos entregado a una fase zombie


Esta historia fue producida dentro del programa La vida de nos Itinerante, que se desarrolla a partir de talleres de narración de historias reales para periodistas, activistas de Derechos Humanos y fotógrafos de 16 estados de Venezuela.

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Una angelita negra y la fotografía marcaron un antes y un después en mi vida. Adicto a las sensaciones y simbologías ocultas en la cotidianidad que metaforizan la existencia. Constructor de un imaginario basado en el inconsciente. No todas las historias son contadas con palabras.

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