La ruta del hambre

Comienza en el estómago. Cuando no hemos comido, ese órgano, que almacena y procesa los alimentos, expulsa hacia el intestino delgado los restos de comida que en otros momentos no se han digerido del todo, para que el cuerpo aproveche sus nutrientes.

Los intestinos se llenan de aire y producen un sonido llamado borborigmo: sentimos el abdomen crujir como una bestia furiosa.

Y, mientras, ocurren otras cosas. Se genera la hormona ghrelina, que envía señales al hipotálamo, donde se regula el apetito, para recordar que es hora de comer. Hay un bajón energético producto del descenso de glucosa —el azúcar de los alimentos que se transforma en energía— y, para intentar compensar ese desbalance, el páncreas secreta glucagón.

Sudamos, nos mareamos, nos duele la cabeza, vemos borroso, sentimos que estamos a punto de desmayar.

Si en ese momento no comemos, el organismo comienza a consumir glucógeno, un tipo de glucosa que se almacena en el hígado para usarla como fuente de energía en momentos de escasez. Pero este recurso dura poco: al cabo de seis horas, si todavía no hemos probado bocado, el cuerpo, para proveerse de más energía, empieza a descomponer sus grasas. Y si luego de 72 horas seguimos sin ingerir alimentos, ya sin glucógeno y sin grasas, busca acabar con las proteínas.  

Y allí vienen los problemas.

El hambre es el cuerpo quejándose, autodevorándose, tomando de cualquier rincón lo que necesita para seguir funcionando. Es “ganas y necesidad de comer”, como define el Diccionario de la Real Academia Española; y es también cuando a muchos a la vez les urge saciarse sin tener cómo. La segunda acepción dice: “Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada”.

Escasez de alimentos, carestía, miseria generalizada. Esas palabras han resonado en Venezuela durante el último lustro. Aunque en 2015 el Instituto Nacional de Nutrición dejó de publicar la Hoja de Balance de Alimentos —un instrumento que permite ver cómo fue la disponibilidad de alimentos en un país y su expresión en términos de energía y nutrientes durante el año anterior—, informes de distintas organizaciones nacionales e internacionales han revelado que Venezuela atraviesa una profunda crisis: la población no tiene permanente acceso a suficientes alimentos para satisfacer sus necesidades y preferencias. Eso se llama inseguridad alimentaria.

La Encuesta Nacional de Seguridad Alimentaria, desarrollada en todos los estados del país por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas, entre julio y septiembre de 2019, estimó que 9 millones 300 mil venezolanos viven en inseguridad alimentaria moderada o severa: una de cada tres personas (32,2 por ciento de la población) necesita asistencia en ese sentido.

“Si la cantidad de la energía alimentaria en el país se dividiera entre 2 mil 100 calorías —que es lo que establece la norma internacional— solo podrían comer, a ese nivel ideal, unos 20 o 21 millones de personas. Es decir, quedarían por fuera unos 9 millones, porque la comida no alcanzaría”, explica la nutricionista Susana Raffalli, experta en seguridad alimentaria.

El dato de la encuesta del PMA llevó al país a un ranking indeseable: el Reporte Mundial sobre las Crisis Alimentarias 2020 ubicó a Venezuela en el 4to lugar entre las peores 10 crisis alimentarias del mundo. Solo detrás de las que experimentan Yemen, el Congo y Afganistán; y seguida por las de Etiopía, Sudán del Sur y Siria. “Los niveles de inseguridad alimentaria aguda aumentaron cuando los venezolanos que permanecieron en el país sintieron el impacto de la hiperinflación y no pudieron satisfacer sus necesidades esenciales”, dice el documento.

Ese crítico panorama se acentuó con la aparición de la pandemia de covid-19. Raffalli estima que en noviembre de 2020 eran unos 12 millones de venezolanos en el perímetro de la inseguridad alimentaria. Y el informe Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe, publicado en diciembre de 2020, advierte que: “Países como El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras y Venezuela, que presentaban niveles de inseguridad alimentaria y pobreza elevados antes de la pandemia, afrontan un mayor riesgo de que su situación empeore en los próximos meses”.

Nunca, en su historia contemporánea, Venezuela había atravesado por una turbulencia alimentaria de tal envergadura, dice Ocarina Castillo, antropóloga, doctora en ciencias sociales e investigadora de la gastronomía nacional. Todo lo contrario. Durante décadas, gracias a una sustanciosa renta petrolera, este fue un país de alacenas abundantes, que producía, pero que sobre todo podía importar lo que necesitaba para satisfacerse.

Ahora, tantas mesas vacías o austeras son la consecuencia del prolongado deterioro de la economía y, por consiguiente, de la cadena alimentaria del país. El camino de los alimentos a la mesa está lleno de unos baches cada vez más pronunciados. Campos expropiados e improductivos, escasez de insumos agrícolas y de combustible, carreteras inseguras, industrias cerradas u operando a mínima capacidad, servicios públicos precarios, escasez de gas doméstico, uso de los alimentos como herramientas de control político y social…“Detrás de lo que comemos, cómo lo comemos, cómo se sirve, dónde, en qué contextos, hay un resumen de nuestra cultura, de nuestra memoria, de nuestros valores, de nuestra geografía, de nuestra simbología, de nuestro entorno social. La realidad alimentaria tiene que ver con todas las etapas de producción: desde la siembra, pasando por la distribución, la transformación, la despensa, hasta que los alimentos llegan a la mesa”, sostiene Castillo.

Y en esa ruta, convertida en una desoladora cuesta, hay venezolanos que tratan de subsistir o ayudar a los demás, aunque tengan todo en contra. Es: 

 La Vida de Nos recorrió 15 estados del país y mostró esta realidad a través de 17 historias en distintos formatos publicadas entre el 31 de octubre y el 19 de diciembre de 2020. Una ruta con sus estaciones:

Que la tierra puede ser generosa

Gustavo Nouel es ingeniero agrónomo. Hace una década daba clases en la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado, pero lo que ganaba como profesor no le alcanzaba para vivir. Por eso renunció con la esperanza de algún día volver a las aulas a enseñar que la tierra puede ser generosa, y la oportunidad le llegó en el estado llanero de Barinas. 

Quieren ver el reverdecer de sus tierras

Rolando Sosa heredó de su padre el Fundo San Luis, ubicado en Calabozo, estado Guárico, en los Llanos venezolanos. En 200 hectáreas sembraba pasto, maíz y criaba reses. En diciembre de 2008, unas personas entraron a la finca argumentando que esas eran unas tierras ociosas, y que estaban dispuestas a aprovecharlas.

Mi vocación es al servicio

A través de su cuenta de Twitter, seguida por más de 16 mil 600 usuarios, Alfonso Morales no para de expresar su pasión por el trabajo en el campo. Desde Bailadores, el pueblo agrícola del estado Mérida donde nació y creció, cuenta la historia de cómo descubrió que cultivando la tierra podía servir a los demás.

 

Gregoria jura que el caballo presentía lo que iba a pasar

En San Simón, un campo del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, Gregoria Zapata y Jesús Manuel Umbría siembran ají, frijol y maíz. Tenían tres caballos y una yegua que usaban para labrar la tierra y como medio de transporte. Una madrugada, cuando despertaron, ya no estaban.

Escuchar el rugido de los camiones

Desde muy niño, Alcides aprendió de su padre el negocio de distribuir cosechas. Cada mañana, salían en un camión a recorrer mercados de Caripe, el pueblo del estado Monagas en el que vivían, y de otras localidades cercanas. Sentían que ese oficio siempre les daría prosperidad.

¿Será que la felicidad siempre se acaba?

Luis, un joven veterinario de 29 años, estaba a cargo de la finca de su padre en Chometa, un pueblo del estado llanero de Barinas. El 20 de agosto de 2020, luego de vender unas reses en Caracas, salió de regreso a casa junto a su amigo Jhon. Pensó que estaba bien acompañado.

 

El amargo destino de Santa Clara

En el 2010, el gobierno de Hugo Chávez expropió nueve centrales azucareros del estado Yaracuy, en el centro-occidente venezolano. Uno de ellos fue el Santa Clara, el cual producía al menos 840 mil toneladas de caña de azúcar al año, pero que bajo la administración del Estado se desmoronó. Hugo Gilberto Sequera fue su gerente de recursos humanos y cuenta en esta historia lo que vivió puertas adentro.

Después de 20 años decidí retirarme

Pedro Pérez comenzó a trabajar en Protinal Proagro en el año 2000, cuando era una industria próspera que al mes producía toneladas de embutidos y pollos. Tiempo después fue testigo de cómo el hambre se instaló en esa empresa de alimentos.

 

Producimos galletas y eso es lo que le puedo fabricar

Durante años, el artista plástico Jesús Pernalete se ha dedicado a combatir el hambre de sus estudiantes en Barquisimeto, estado Lara, a través de proyectos y fundaciones con los que les ofrecía un plato de comida caliente. Con la agudización de la crisis en Venezuela, imposibilitados de continuar con su misión, debieron buscar alternativas para ayudar a los niños a vencer la desnutrición.

Los sabores de las entrañas de la selva

Luego de formarse como chef en Caracas, Nelson Méndez regresó a Puerto Ayacucho, la capital del estado Amazonas, en el sur de Venezuela, donde nació y creció. En 2016, cuando ya la crisis económica impedía que la gente pudiera alimentarse adecuadamente, se propuso crear una escuela gastronómica para promover los sabores de la selva.

Sonrió al sentir que la vida volvía a su cocina

Durante el paro petrolero de 2002, José Gregorio Araujo inauguró un pequeño restaurant familiar de comida italiana en Sabanetas, un pueblo montañoso a las afueras de la ciudad de Trujillo, en Los Andes venezolanos. Luego de 18 años, el negocio tuvo que reinventarse para poder seguir a flote.

Sé que esto que estoy atravesando no será eterno

Cuando su padre murió de sida, José Enrique García tenía 13 años y abandonó los estudios para trabajar. Con lo que ganaba, ayudaba a su madre a levantar a sus dos hermanos menores. Ahora vive solo con ellos en La Baldosera, un sector peligroso de San Felipe, estado Yaracuy, en el noroccidente venezolano.

Miranda les sirvió comida caliente 

Miranda y Paúl fundaron una organización en Cumaná, en el oriente venezolano, para formar líderes comunitarios. Tres años después se dieron cuenta de que muchos a su alrededor tenían hambre: varios voluntarios habían perdido entre 10 y 15 kilos. Entonces decidieron hacer algo.

En medio de todo Yovanna es su esperanza

Fay Ellen Hernández se le murió un hijo por desnutrición y teme que ahora uno de sus nietos, que está bajo de peso, corra la misma suerte. Como los alimentos que recibe cada dos meses en una bolsa CLAP rinden para apenas cinco días, el resto del tiempo ella hace cuanto puede para que en casa nadie se acueste sin comer.

Soñó que una fila de gente esperaba por ella

Unos niños hambrientos en un salón de clases. Familias indígenas de Delta Amacuro, en el extremo este de Venezuela, que solo comen mangos para rendir la poca comida que tienen. Una pandemia que llega para complicar lo que ya era complicado. Arlys Obdola convirtió su negocio en un programa que intenta paliar la crisis alimentaria que atraviesa el país.

Todos los días se pregunta qué les dará de comer

Marimar vive con sus morochos de 11 años y un nieto de 10 meses en Las Bateas de Maurica, un caserío cercano a Barcelona, la capital del estado Anzoátegui, en el oriente venezolano. Con frecuencia se levanta por la mañana sin tener certeza de si comerán algo durante el día.

Entre todos llenaron la cesta azul

Sudeban bloqueó las cuentas bancarias de Alimenta la Solidaridad, organización que mantiene 239 comedores en 14 estados del país, en los cuales comen a diario 25 mil niños en situación de riesgo. “Mi sonrisa, Mi esperanza” es uno de los 40 que funcionan en Petare, el barrio más grande de Latinoamérica. Lo coordina María Angélica, una joven de 31 años que siempre soñó con ser cocinera y quien, junto a la comunidad, ha procurado que los fogones no se apaguen.

#LaRutaDelHambre  

Dirección editorial: Albor Rodríguez y Héctor Torres

Coordinación general y edición: Erick Lezama y Martha Viaña Pulido

Coordinación editorial: Heberlizeth González

Narradores: Marian González, Aitxza Pérez, Paula Rangel, Miguel Gamboa, Vanessa Leonett, Ricardo Tarazona, Carolina Azavache, José Carlos Cordero, José Luis Guerra, Rossana Battistelli, Raúl Vejar, Heberlizeth González, Samir Aponte y Génesis Guerrero

Fotografías: Yovany Ramírez, Aixtza Pérez, Luis Boada, Miguel Gamboa, José Julián Bravo, José Carlos Cordero, Ricardo Tarazona, Laura Purroy y Ronald Peña

Ilustraciones:Walther Sorg, Carmen Helena García e Ivanna Balzán

Edición: Reinaldo Cardoza, Nilsa Gulfo y Bianile Rivas

Edición visual: Iván Ocando

Edición audiovisual y locución: Carlos Carrillo

Diseño gráfico y montaje: Daniel Salazar

Comunicaciones: Paola Lessey, Oriana Lozada, Liamir Aristimuño y Heberlizeth González

La Ruta del Hambre es un proyecto editorial y formativo que emprendió La Vida de Nos como parte de la consolidación de la red de narradores creada con su programa LVN Itinerante y LVN Itinerante Universitaria.

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Organización dedicada a fomentar la memoria y la identidad, a través del arte de contar historias que ayuden a comprender la Venezuela de hoy.

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